martes, 28 de noviembre de 2017

Por los sueños de los niños

Durante los días de felicidad el tiempo se empeña en correr más rápido de lo normal. Por esta razón, no sé si han pasado días o semanas desde que ocurrió lo que hoy me dispongo a contar, pero con seguridad diría que no han pasado más de dos lunas llenas…

Por casualidad descubrí escondida dentro de una carpeta una historia que escribí hace años. Olvidada en el fondo de una caja arrugada y cubierta de polvo. Y al tocar el folio escrito con  mi pobre caligrafía, sucedió lo que sólo sucede gracias a la magia; me transporté de inmediato a un tiempo pasado, a un aula vacía llena de mesas de color verde, a la pizarra de color verde, una puerta de color verde, y una profesora de… sigamos. Me acerqué hasta ella caminando despacio, mientras rebuscaba en mi mochila con la mano temblorosa, y casi susurrando le ofrecí mi obra de arte forzando una sonrisa que pretendía parecer orgullosa, es que a mí me gusta mucho escribir, le dije. Ella me miró sin verme, cogió el folio desganada y cuando me disponía a salir corriendo de allí, tal y como corría la protagonista de mi humilde relato, su característico grito autoritario me frenó en seco. Me quedé paralizada junto a la puerta mientras ella leía sin apartar la mirada del folio, escuché la carcajada de un dibujo animado dentro de mi cabeza, mi maestra rompió el silencio con un suspiro, un bufido o un sonido que no definiría igual una niña que una adulta. Me lo entregó con la misma vehemencia con la que me lo había arrebatado segundos antes, esta vez mirándome fijamente. Está bien, dijo, si te gusta escribir: escribe, pero que sepas que escribir es algo muy difícil y que no todo el mundo sirve… No me rozó, pero al recordar esto, aún siento el cosquilleo de su sopapo en mi mejilla.

Le di las gracias, aunque todavía no sé por qué.

Salí de allí disimulando mi derrota. Ella era la única persona a la que le había confesado mi pasión secreta, y si nadie más sabía de ello hasta entonces, no había razón para preocuparse por las críticas de los demás. Llegué a casa, guardé el folio dentro de la misma carpeta que recuperé hace unos días, y acto seguido abrí un cuaderno nuevo en el que empecé a escribir el primero de muchos cuadernos que sólo yo leería… Hay más de veinte.

Si hoy recupero esta anécdota, lo hago por mis sobrinos. Y por los hijos de mis amigos. Y por los amigos de mis sobrinos, y los amigos de los hijos de mis amigos. Por todos. Porque los veo crecer, y no hay día que pase que no descubra en sus miradas un brillo nuevo o diferente, porque cogen la raqueta empuñándola con la seguridad de un ganador para días después olvidarla en la bolsa de deportes y cambiarla por un balón, porque los miro mientras pintarrajean en un folio un dibujo imaginado, y les escucho leer cuando se pierden en la historia que cuenta su libro nuevo. Sí, es por ellos, por esos niños que sonríen cuando tocan bien dos notas de la flauta que un día fue nuestra, cuando te reciben haciendo volteretas imperfectas o repitiendo a voz en grito la tabla de multiplicar, y cuando sueltan una carcajada al dar la primera pedalada en su bici sin unas manos adultas que los sostengan… Por las manchas en sus delantales cuando preparan por sorpresa su primer desayuno, y cuando se recrean durante horas haciendo un puzle y dando una lección de paciencia a padres, tíos, abuelos o cualquiera que pase por allí. Por los niños que miran los mapas y se imaginan cómo será el mundo más allá de sus hogares, los que presumen de su perfecta caligrafía, y los que miran con admiración a sus padres pensando que algún día serán como ellos…

Cuando recordé el instante del sopapo que nunca recibí de mi profesora de lengua, lo primero que hice fue pensar en ellos. Y también pensé en aquellos que no tuvieron mi suerte de mantener viva su ilusión secreta,  y que después de más de dos décadas aún siguen soñando con lo que soñaban tiempo atrás. No puedo evitar que una persona como aquella aparezca en sus vidas, y haga desaparecer su ilusión con un simple chasquido de dedos, pero lo que sí que puedo hacer es seguir estando presente en sus días, no animarles a que sean estrellas, ni los más listos de la clase, ni tampoco a que sean los más educados, ni los más guapos… no, eso no puedo hacerlo, pero los adultos tenemos la obligación de estar presentes en sus vidas, de animar y apoyar sus ilusiones, aunque estas signifiquen decorar una sencilla caja de zapatos, no importa, porque un simple gesto cómplice o un aplauso bastarán para que el sueño de cualquier niño no se quede escondido en una caja hasta que sean adultos. Porque seguramente en ese  momento ya habrán perdido la inocencia y la valentía innata en cualquiera de ellos. 
Y sé de lo que hablo.


Tenemos la posibilidad de poner nuestro granito de arena, para hacer de este un mundo mejor, y no olvidemos que este mundo algún día será de ellos. De esos niños que hoy pasean por nuestro lado, y que aún no saben que lo más importante de la vida es respetar, ser buenas personas y soñar, soñar, soñar… 


Dedicado a mis sobrinos y ahijadas. Gracias por recordarme quién soy.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ni siquiera tú

A algunas personas se les llena la boca de frases hechas, creen saber qué es lo bueno para nosotros  y qué es lo que nunca debemos hacer. Ignoran que nuestra alma no siente como la suya, y que aquello que ellos harían en determinadas situaciones, nosotros jamás nos atreveríamos a hacerlo. Personas que intentan encajar dentro de unos zapatos que no les pertenecen, esforzándose para entrar en ellos, o caminando con torpeza porque les quedan grandes. Ellos no saben nada, no pueden saber lo que ni siquiera tú sabes.


Algunos no se cuestionan el porqué ni el cómo, y viven sin otra ilusión que despertar cada día, respirar y volver a despertar. Otros sienten la falta de aire por culpa de la continua inquietud acerca de su mañana o por la nostalgia de un ayer que ya no volverá. No pensar en nada se convierte en una bendición cuando la cabeza no deja de marearse dando vueltas hasta perder la cordura. Cada uno vive como sabe, como puede o como quiere. Y ni siquiera tú sabes decirme en cuál de estas vidas puedo encajar.
Ni siquiera tú, maldito y venerado espejo. Que me recuerdas las arrugas que soy incapaz de disimular, que reflejas el agotamiento de mi mirada cansada y el brillo de mis ojos emocionados. Ni siquiera tú, que llevas años mirándome cara a cara. Tú que me has visto crecer, madurar dando traspiés, y tomar decisiones con mayor o menor acierto. Ni siquiera tú, que has sido testigo de mis lágrimas y de mis sonrisas, que has escuchado mis reflexiones tan absurdas como  acertadas. Ni siquiera tú puedes afirmar conocerme.
Escucho frases atropelladas de los que dicen saberlo todo de mí, olvidan que para la gran mayoría soy una máscara que dibujé en mi rostro para encajar en sus vidas con naturalidad. Qué sabrán ellos, qué atrevida es la ignorancia… Qué querrán de mí, cuando ni siquiera tú eres capaz de pedirme nada mientras gritas que lo haga todo. Cuando ni siquiera tú, espejo inmortal, eres capaz de mostrarme el reflejo real de mi alma. Tan viva a veces, tan misteriosa otras. Y tan ausente.
Ni siquiera tú sabes qué decir, tú que eres la más honesta de todas las voces que me hablan. Ni siquiera tú.
Dime, espejito mágico, ¿cuál es la más pura de todas mis personalidades?

martes, 7 de noviembre de 2017

La normalidad

Hace unos días compartí mesa y mantel con un grupo de conocidos y, después del segundo vino, y de saltar por encima de los independentistas y de los fachas, uno de los comensales sacó el tema de siempre y empezó a hablar acerca de las relaciones:

-No es normal que una mujer joven se enamore de un hombre mayor, está claro cuál es el interés que tiene ella, afirmó. 

-¿Y el interés que tiene él?, despertó a la guerrera que hay en mí, algo tendrá la mujer joven para que él quiera estar a su lado… ¿y si hablamos de un hombre joven y una mujer mayor?, pregunté entonces, ¿eso es más normal? Ni siquiera meditó su respuesta: 

-Eso es porque el chico joven tiene un trauma o algo.

Me serví otra copa de vino y dejé que se llevaran nuestra conversación con el primer plato, pero, tan pronto nos sirvieron el segundo empezaron a hablar acerca de la maternidad subrogada. Una moda absurda y estúpida, según dijeron. Lo que llevó a otro de los comensales, ¿o era el mismo de antes?, a opinar al respecto, y cito textualmente:

-Me parece fatal que los maricones y las lesbianas adopten

Me puso el capote y entré cual Miura, lo sé: 

-Yo creo que lo importante es que el niño sea querido, repliqué, pero… 

-El niño necesita la figura de un padre y una madre, me interrumpió, vamos a dejar de hacer normales cosas que no lo son

Las respuestas se agolpaban en mi garganta, las imágenes de algunos padres que he conocido a lo largo de los años se sucedían en mi cabeza, de padres que dan lecciones de una moralidad que ni ellos respetan… Depende de la figura del padre y de la madre, contesté sin mencionar ningún caso en concreto, muchas veces ellos son el peor de los ejemplos.
En este aspecto soy yo la que se muestra contundente e inflexible, opino que algunas personas deberían pasar las mismas pruebas que pasan aquellos que están inmersos en un proceso de adopción. Con psicólogo incluido.
Su respuesta a mis réplicas fue de los más interesante: 

-Hija, qué carácter, así no vamos a casarte nunca. 

Me dejó sin palabras. Hay tal cantidad de detalles que analizar en una frase como esta, que necesitaría una novela entera para no dejarme nada en el tintero, por suerte la maestra Woolf ya pensó en ello años atrás. Yo podría haber contestado tantas cosas, podría haber dado tantas explicaciones… pero eso nos habría llevado a otros tópicos que de tan aburridos que me resultan, ni me apeteció ponerlos encima de la mesa ni tampoco me apetece mencionarlos ahora. Hay bucles de los que sólo se escapa con la boca cerrada.



Me salté el postre, pedí café, apreté las mandíbulas hasta escucharlas chirriar e hice lo mismo que hizo el resto: paseé la mirada por el techo en silencio. No es algo que me resulte fácil hacer, no creo que callarse sea siempre la mejor opción, porque lo que no se dice acaba reventándonos en las entrañas. La mayoría de las personas tenemos una opinión, y si no la compartimos delante del resto, la compartiremos detrás de ellos, y bien sabemos que lo que se dice por la espalda suele terminar clavado en nuestra retaguardia. Soy más de hablar, discutir o callar mirando a los ojos. Cada cual con sus defectos. 
La conversación se quedó en mí para terminar aquí escrita y no me inquietó más allá de la puerta del restaurante. Me he hecho una experta en soltar lastre y abandonar en el camino todo lo que no me enseñe a ser mejor, más respetuosa y más tolerante con mi entorno. Y más feliz, por encima de todo.
No soy normal. Lo acepto. Si la normalidad depende de hacer lo que hace la mayoría de la gente, y de encajar en las vidas clonadas, yo no soy normal. De hecho, creo que si me respeto por algo es por ser coherente conmigo misma y no ser lo que no quiero ser. Seguiré discutiendo cuando escuche algo que no me gusta, discutir no es pelear, aunque la vehemencia de mis palabras haga creer lo contrario a los que me rodean. Me gusta el drama, qué le voy a hacer. Aunque reconozco que muchas veces lo mejor es callar y cerrar los ojos cuando me ponen el capote delante, de nada sirve implicarse en conversaciones que acaban desgastándonos sin enseñarnos nada a cambio.

No ser normal es agotador. Una pena que uno no pueda cambiarse cuando le venga en gana. 

martes, 3 de octubre de 2017

El odio

"Ved cuan activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con qué ligereza salva obstáculos,
y qué fácil le resulta saltar sobre su presa."


El odio, Wislawa Szymborska

Pido un aplauso para mí, por favor. 

Y otro para usted… Un aplauso para todos, ¡qué caramba! Aplaudámonos los unos a los otros, un aplauso para todos nosotros que, desde el momento en el que nacemos, ya formamos parte de ese algo que llamamos humanidad. 
Hemos logrado sortear batallas en nombre de un dios, o de varios de ellos; luchado en guerras defendiendo unos colores que nos adjudicaron en un momento determinado; hemos invertido la inteligencia que nos fue regalada en inventar artilugios y razones para destruir al otro, creyendo que eso nos haría mejores, ¡ay, ignorantes! 

Hemos sobrevivido a cruzadas, a exilios y a mandatos de dudosa moralidad. Y después de esto, de cubrir prados y desiertos con la ceniza de los que tuvieron sus amaneceres contados, después de domar a animales y a personas, de nombrarnos amos y señores de lugares que no fueron creados para ser poseídos, sino disfrutados… después de todo, hemos llegado hasta aquí. 

Pero no pido un aplauso para nosotros por esto, no, yo pido un aplauso para el odio, porque hemos sido capaces de llegar hasta aquí, después de tantos siglos, de convivencias repugnantes y de recuerdos convertidos en lecciones que nunca aprendimos, con el odio vivo entre nosotros. 
Felicidades a los humanos inteligentes y racionales, enhorabuena por lograr mantener con vida lo único que podrá acabar con nosotros para siempre. Y ahora descubrimos que aquello que criticamos, aquello que recordamos con un aniversario y un llanto, y que vivieron y sufrieron nuestros ancestros, no dista mucho de la realidad que hoy vivimos… ¿No hemos aprendido nada?
Nos sentimos superiores a los demás porque la suerte nos colocó en este país en lugar de en aquel otro, insultamos y menospreciamos a los que no piensan como nosotros, escupimos al que luce un color de piel diferente y apedreamos a los que no respetan leyes que la cruel mano del hombre acomplejado grabó en piedras inmortales… Pero seguimos odiando. Y pocos se dan cuenta de que la evolución de la especie dejó de ser tal hace muchos calendarios, y ya empezamos a involucionar hace mucho tiempo, cuando después de habernos sido concedidas decenas de oportunidades, decidimos seguir caminando hacia el mismo lugar, y seguir peleando por las mismas razones, ignorando a las almas inocentes que se quedaron en el camino.
Desde este humilde rincón quisiera recordar que todos somos personas. Sois hermanos, amigos de la infancia y conocidos. Sois personas, ¡maldita sea! ¿Qué estáis haciendo? ¿Vale la pena este odio?¿En serio? Mirad a los más pequeños, y decid que esta es la lección que queréis darles. Todo por el ego y el orgullo. El absurdo orgullo y el maldito rencor. Para qué, en serio, para qué... No sois más que las marionetas de los poderosos, ¿no os dais cuenta?
No vale la pena. Lo veréis. Lo veremos todos. Ojalá no sea tarde.

Involucionar:  Dicho de un proceso biológico, político, cultural, económico, etc.retroceder (volver atrás).








martes, 26 de septiembre de 2017

Un cuento para mis sobrinos






Mis sobrinos me pidieron que escribiera un cuento en el que los protagonistas fueran un avestruz y un puma. No les confesé lo poco que me gustan las historias en las que los animales tienen voz y hablan como las personas, y me puse a ello. Al menos lo intenté. Me senté delante de un folio en blanco y sólo fui capaz de escribir un nombre, Marcela, que así decidí que se llamaría el avestruz. 
Nada más.
Mi imaginación se fue directamente al final de la historia sin saber qué sucedía en ella, porque lo que realmente me importaba era que algo aprendieran después de terminarla. ¿Qué puedo enseñarles yo?, pensé, esperando que esta pregunta me llevara al comienzo. Pero no, no se me ocurrió nada.
Abandoné a Marcela en el folio que dejé sobre el montón de “futuros proyectos”, y me olvidé de él hasta que, ayer, apareció en la pantalla de mi ordenador el video que acompaña estas letras,  y me trajo a Marcela de vuelta. 
¿Qué quiero enseñarles yo?, me pregunté entonces.

En mi papel de tía, hay lecciones que me corresponde impartir si quiero formar parte de su vida. Y sí, quiero. Intentaría que, con mi historia, aprendieran lo importante que es amar lo que haces, disfrutar y esforzarte por lograr tus sueños, y que entendieran que los padres no son magos, aunque a veces lo parezcan. Que hay muchos logros que tienen que ganarse ellos solos con su trabajo y su esfuerzo. Les convencería de que, todo lo que se hace con ilusión, siempre tiene premio. Que los milagros existen, pero que llegan cuando merecemos recibirlos por haber sido persistentes en nuestro sueño.

Marcela hablaría, muy a mi pesar, y ella misma contaría lo mucho que le costó confesarle a sus padres que el sueño de su vida era ser pintora, ¡las avestruces no pintan!, dirían ellos entre risas, y Marcela les contestaría que eso no podían saberlo, porque ninguna lo había intentado hasta el momento. Su padre le hablaría de lo que era lo mejor para ella, e intentaría que se olvidara de tremenda locura. Pero Marcela crecería, sacaría buenas notas en la escuela, aprendería a cocinar y sería una atleta de primera. Y, llegado el momento, cuando hubiera cumplido con sus obligaciones, y habiendo demostrado que era un ave buena y sensata, regresaría a sus sueños de artista. Tanto soñaba con sujetar un pincel con sus plumas que, una tarde al llegar a casa, se encontró con un lienzo blanco y una caja nueva de acuarelas en la puerta de su habitación. Convencida de que había sido un regalo de su amigo, el puma, corrió a buscarlo y, al no encontrarlo, caminó hasta el lago, se subió a lo alto de un árbol, y empezó a pintar la puesta de sol que de la que tantas veces había disfrutado.

Sí, algo así escribiría para mis sobrinos, y para los sobrinos que quisieran leerme. Un cuento que les enseñe que pueden lograr lo que sueñen, aunque fracasarán muchas veces antes de conseguirlo, pero que no por ello tienen que rendirse porque eso forma parte del juego. Les hablaría de lo que es la frustración, y de que vencerla no es imposible. Sería una historia en la que, después de aprender las lecciones impartidas por sus padres, de respetar los valores que estos les inculcan, y de descubrir qué es lo que les gusta y les divierte, entendieran que tener miedo a intentarlo sólo les robará la felicidad.

Ni siquiera sé cómo empezaría la historia, “érase una vez” es un comienzo muy desgastado, pero no es mal comienzo si ha inspirado a tantos soñadores. Y, si algo tengo claro, es que en la última escena del cuento, los padres de Marcela estarían sentados en el salón de su casa, mirando orgullosos y sonrientes la puesta de sol pintada por su hija. Pero lo que Marcela nunca sabrá es que, aquel lienzo y las acuarelas que encontró en la puerta de su habitación, las dejó allí su madre, porque ella siempre supo ver lo que otros sólo miraban. 

Para mis sobrinos. Por enseñarme tanto. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

La vida, mientras tanto

Cada vez hay más lugares en los que te sientes como en casa. Madrid está plagado de ellos, los diseñadores de interiores están de suerte. Esta mañana he entrado en uno después de llevar semanas pasando por la puerta, esperaba la compañía adecuada para conocerlo, pero me he cansado de esperar. Yo soy mi mejor compañía, me he dicho, entremos.
Al cruzar la puerta, he saludado como el que saluda cuando regresa a un lugar conocido, me he sentado en la mesa junto a la ventana, he sacado mi libreta y el bolígrafo del bolso, la revista, un libro y el teléfono móvil. El camarero me ha observado con curiosidad, quizá esperaba que sacara también el flexo. Qué le voy a hacer, soy bastante inesperada en mis apetencias y no siempre tengo claro si quiero escribir, leer o ver fotos. Cada divertimento tiene su momento y su estado de ánimo.
Pero, cuando he leído la frase de Heidi Klum junto a su foto, mi dignidad me ha hecho dejar de leer instantáneamente, he soltado una risa burlona y he levantado la vista al frente. Decía la angelical rubia que en alguna ocasión le han dado el no por respuesta por ser curvy. Acabáramos. Ahora que mi ego y yo empezábamos a acomodarnos en ese grupo, resulta que no estamos tan de moda como creíamos.
Mi gozo y yo, al pozo.
Por suerte el público que me rodeaba me ha hecho olvidar mis dramas en seguida, y he optado por observar la vida, mientras tanto.
La vida es un espectáculo constante y el telón sólo baja cuando cerramos los ojos. 
Una pareja de chicos se ponía ojitos en la mesa de la esquina, y miraban embelesados las fotografías que sacaban de un sobre grande y marrón. Puede que las enviara la propietaria del vientre que alquilaron para concebir a sus hijos. La maternidad subrogada es como el coaching, llevan años entre nosotros, aunque ahora estén presentes en todas las conversaciones.
Tres señoras de la edad de mi madre, maduras expertas de espíritu joven -de nada, mamá-, mojaban sus churros en el café y disfrutaban de una acalorada conversación. No creo que estuvieran enfadadas, pero ellas son así. Son de otro tiempo. Pasan de los aguacates para desayunar y del mindfullness para relajarse, prefieren los churros y hablar discutiendo y gesticulando acaloradamente. Cuando veo a mujeres como ellas siempre me entran ganas de sentarme a su lado y empezar a soltar preguntar acerca de su juventud. Hay personas a las que les gusta saber de fútbol o de referéndums, a mí me interesa conocer los detalles de la juventud de los que han vivido más que yo.
A mi lado, un chico lee un libro. Silencio.
Una joven entra a toda prisa y pide un café antes de sentarse en la barra. Ayer se arregló para salir a cenar, y hoy luce los restos de su modelo y de su alegría. No sabría decir si su noche fue demasiado bien o demasiado mal. El flequillo esconde su mirada.
Es curioso lo invisibles que podemos ser para algunas personas y el amplio espacio que ocupamos frente a otras. Pero, tanto si nos ven como si no lo hacen, nos intriga saber qué impresión causamos en los demás. Nuestro ego tiene que comer.
Yo a veces me desencajo de mi cuerpo y me coloco a un lado o frente a mí -la espalda se la dejo a los que me critican-, y reconozco que siento algo parecido a lo que me ocurre cuando miro a mis sobrinos, o a una persona mayor... Es una especie de vértigo provocado por la felicidad. Eso es. Justamente eso: Me siento feliz al mirarme. No es algo que suceda siempre pero cuando pasa, es un salto al vacío.
La pareja del fondo se levanta, cruzamos la mirada y nos sonreímos. Me gustan las personas que sonríen a los desconocidos. El lector se ha terminado el libro. No sé si le ha gustado o si le ha decepcionado. Puede que sea una de esas novelas que regresen a su vida pasado un tiempo, a veces ocurre. Me levantaría a decírselo, pero hay cosas que cada cual ha de descubrir por sí mismo. La rubia de la barra apura el tercer café. No despega la cara de la pantalla de su teléfono móvil, es una pena, somos un buen entretenimiento para su resaca.
Guardo todo en mi bolso y dejo la propina en el plato. Alzo la voz un poco más de lo necesario al despedirme, agudizo el oído y escucho un eco vago.
Las tres señoras ni se inmutan, ellas sí que se sienten como en el salón de su casa.
El camarero me mira de reojo, se acaricia la barba y me devuelve el saludo.
Quiero pensar que me recordará el próximo día. 
Dudo que lo haga, hay demasiados candidatos a mi alrededor.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Azafata de vuelo

“Es confuso. Imagínese. ¿Ve usted la escena puede imaginarla? Yo esperando en el aeropuerto. La tienda. El escaparate. Toda usted y su libro. Lo compro y lo ojeo. Me atrapa. Entro en el avión. Y aparece usted. Abro el libro y lo compruebo. La miro. Y a usted. El libro. Y a usted. Camina por el pasillo y pongo el libro en la perspectiva por donde usted viene. Las comparo. Pelo suelto. Pelo recogido. Las miro. Sonríe mientras pasa. Seria en la fotografía. Pero sí, no hay duda, es usted. Y despegamos. Leo y la veo. Me habla, se mezcla su voz con su letra. Me lee la novela. O acaso me pregunta si quiero algo. Y hay niebla. Es todo confuso, pero el vuelo es entretenido y rápido. El tiempo pasa y cuando quiero darme cuenta no sé si es un sueño o no.
¿Quizás me haya dormido en el banco de la terminal mientras veía su fotografía o leía su libro? ¿Es posible que haya perdido el avión?”




Hace unos días, el año pasado si mal no recuerdo, un amigo me escribió este texto. En realidad, esto es sólo un extracto, pero permítanme que el resto de la historia me la guarde para mí. Que compartir es bueno, sí, pero tampoco hay que excederse en la generosidad, que después uno se queda sin nada y empieza a buscar culpables.
Unos días después, ya en este año, alguien me preguntó por qué en las entrevistas que me han hecho nunca se menciona nada acerca de mi trabajo como azafata de vuelo. No lo sé, respondí yo, porque no sólo lo digo, sino que además presumo de ello.  Pero, en honor a la verdad, diré que, hasta hace bien poco, no lo hacía. Ahora les explico…

Desde que he sacado a pasear mis "Amapolas en octubre" por las calles y escaparates, he acudido a varias entrevistas. Puede que el entrevistador no haya vislumbrado en mi mirada el mismo brillo que mis ojos no pueden disimular cuando hablo de libros, de literatura o de las emociones escritas, y que esa sea la razón por la que decide pasar por alto el detalle de que llevo veinte años paseando por pasillos suspendidos en el aire.

Volar no es sólo un trabajo, es una forma de vida. El medio para poder estar ahora en el lugar en el que estoy (puede que surcando el cielo que hay sobre sus cabezas), y sólo puedo estar agradecida. Aprendí a ignorar las sonrisas cínicas de medio lado que se dibujaban en el rostro de aquellos a los que, después de contarles algunas anécdotas aeronáuticas, les confesaba que a mí lo que de verdad me gustaba era escribir.  Ahora, cuando me encuentro con alguien conocido que acaba de saber acerca de mis novelas publicadas, dicen extrañados: ¡No sabía que escribías! Sí, pienso yo, sí que lo sabías, pero te centraste en mi uniforme, en el pañuelo de mi cuello y en la bandeja que llevaba en la mano.

Soy azafata de vuelo. Llevo siéndolo mucho tiempo. Algún día me gustaría colgar las alas, disfrutar de la rutina que tiene la gente normal (así llamamos a los que no trabajan en aviación), y dedicarme a pasear por los aeropuertos sin llevar puesto un uniforme. Algún día. No sé cuándo. No me rindo hasta cumplir mis sueños. La aviación me ha dado mucho de lo que soy, fui una de las afortunadas que creció en Spanair, en paz descanse, y después de muchos años, aún hablo en tiempo presente de aquella época. Inolvidable. Irrepetible. 

Escribo en las ciudades por las que paseo, y también las describo. Y ahora, cosas del destino, viajaré como pasajera hasta Italia y Bulgaria para presentar allí mi novela. Otras veces escribo en vuelo, mientras ustedes se rompen el cuello intentando conciliar el sueño. Invento la vida de algunos pasajeros y las razones de su viaje, e intento que mi imaginación les regale una realidad muy diferente a la que tienen. Quién sabe si alguno de ustedes ha sido protagonista de una de mis historias. Quién sabe si yo he sido protagonista de alguna de las suyas.

Quién sabe si, tal y como escribió mi amigo, un día se cruzarán en un avión con una azafata que, por arte de magia, salta a la contraportada de su novela recién comprada en el kiosco del aeropuerto.

Quién sabe.

Quizá Cortázar hubiera contado mejor esta historia, pero yo soy Laura, una escritora española y además soy azafata, no esperen tanto de mí.   



Gracias N.












martes, 5 de septiembre de 2017

La mirada de Paul Auster

La primera vez que vi a Paul Auster en la solapa de un libro, me cautivó. Pero, cuando vi a Paul Auster delante de mí y me sonrió después de fulminarme con su mirada, mi universo al completo, infancia y madurez incluidas, se tambalearon.  Me contempló con la misma compasión que siente el que se sabe victorioso del duelo inmediato, y escuché miles de pedacitos chocando entre ellos dentro de mí, cayendo en cascada sobre mis huesos derretidos. Sacudí el aire con disimulo en busca de un bastón invisible, una muleta, un árbol… algo en lo que apoyarme, y terminé abrazada a mi cuerpo rígido y acalorado, liberada del traje que empezaba a deshacerse en mis tobillos temblorosos. Aguardé unos segundos, que en mi memoria parecen horas, paralizada y desnuda delante de su mirada y en ese instante pensé en cómo se verá el mundo desde sus ojos saltones, ojerosos y, sin embargo, los más atractivos que me han mirado jamás.


Y lo cuento tal cual sucedió, sin exagerar lo más mínimo.

En parte, él es una de las razones por las que me soñé contadora de historias hace un tiempo. No es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta, cómo lo escribe y cómo describe a las personas, su destino, su fortuna, los lugares comunes y el azar, que se enreda entre los renglones de sus relatos. Elige aquel edificio de ladrillo oscuro, con la vecina del cuarto, con el niño que llora, con la vieja solitaria y el perro que ladra, y el albañil, y la azafata y el escritor frustrado… Y te cuenta la historia de cada cual, los mezcla y los aleja en la calle o en el parque, hasta que cada uno de ellos confiesa sus sueños perdidos, su destino aún por escribir y lo que hubiera pasado si aquella mañana o durante aquel encuentro...

Ayer conocí a Paul Auster. De Madrid al cielo, dicen, y en el cielo terminé yo después de toparme con él. Llevo dos días hablando acerca de nuestro encuentro en todos los folios, virtuales o no, chats, azulejos robados o prestados, e incluso con desconocidos compañeros de ascensor. Estoy muy cerca de convertirme en una de esas personas que siempre encuentra la manera de hablar de “lo suyo”, sea esto una boda, el nacimiento de un hijo o la juerga de una noche memorable. Si alguien menciona la ciudad de New York en mi presencia, yo hablaré de Auster; si hablan de un escritor, yo hablaré del él; si escucho  la palabra trilogía, o Columbia, o cine mudo, o baseball, recuperaré los detalles de mi encuentro y aburriré a los presentes con la que creo que es una de las historias más excitantes de mi vida.
Sólo duró un par de minutos. Ciento veinte segundos que yo alargo tanto que cualquiera podría creer que pasé la tarde a su lado, acurrucada en un sofá y agarrándome a la poca dignidad que me quedaba para no caer desplomada frente a su mirada. 

En mi nueva novela le hago un pequeño homenaje, se lo debía.

Me hice una foto con él, y coloqué mi mano en su espalda. No es muy apropiado, pero ya había perdido mis papeles un par de horas atrás. Cuando le enseñé la foto a una amiga, dijo que era una pena, que con lo bien que poso, que vaya foto mala me habían sacado. Yo abrí tanto los ojos al escucharla que los vi salir disparados hacia el vacío. ¿ Foto mala?, pregunté hasta en tres ocasiones, no sé a qué te refieres. Has visto que estoy con Paul Auster, ¿no? Sí, eso le quedó claro después de escuchar por tercera vez los detalles de mi relato, y es entonces cuando me recordó el día en el que, hace dos décadas, en medio de una cena, exclamé convencida de mis palabras que algún día conocería a Paul Auster. Proyecté aquel instante y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Veinte años después no sólo sigo rodeada de las mismas personas, sino que además mantengo con vida los sueños que no se cumplieron. Asusta un poco comprobar que es verdad, que tengo razón, pues resulta que los sueños terminan por cumplirse. Pasará la vida y arrastrará al tiempo con ella, pero si logramos mantener viva nuestra ilusión a lo largo de los años, tomemos el camino que tomemos, tarde o temprano se hará realidad.



¿Para qué vivir si no es para esto? Para coleccionar momentos, para cumplir sueños y para beber vino, pasear la lengua por el agua salada de nuestros labios, rascar el socarrat de la paella, bailar entre la multitud, leer libros, comer chocolate, besar sin condiciones, abrazar sin despedidas. Cruzar la mirada con Paul Auster…

martes, 8 de agosto de 2017

Enamorarse en verano

Tengo una amiga que inauguró su verano enamorándose. Dice que fue algo inesperado, que ni siquiera estaba preparada para afrontar el flechazo, pero que tan pronto se cruzó con su mirada, se enamoró. Después él empezó a hablar con su acento argentino-sí, algunas tenemos debilidad por ese acento-y ya perdió cualquier posibilidad de recuperar la cordura. Ni siquiera recuerda su nombre. ¿Cómo puede ser?, le pregunté bastante sorprendida, tiene que haber algo, algún detalle que se te escape, hoy en día con un nombre y una ubicación puedes encontrar a cualquier persona. Nada, suspiró melancólica (le gusta ponerse dramática). Se exprimió el cerebro y sólo recordó a sus dos hermanos más jóvenes que él-también sin nombre-un paquete de cigarrillos Lucky, y el olor de su perfume impregnado en su mano… Tiene la costumbre de presentarse dando dos besos y colocando la mano sobre el cuello del recién conocido, no es algo sexual, ni sensual-bueno, no siempre-sino más bien es un gesto para establecer un vínculo desde el primer instante. Porque a ella lo que le gusta es eso: los primeros instantes y los vínculos recién estrenados. Y hablar. Eso le encanta. Hablar hasta quedarse afónica (¡cuántas afonías hemos compartido!). Siempre le preguntamos de qué habla con sus nuevos amigos-con o sin nombre-porque parecen estar muy interesados en la conversación. De la vida, responde gesticulando con las manos y encajada en el perfil de "mujer madura de vuelta de todo" en el que tanto le gusta meterse.
El verano es para enamorarse, dice siempre, de alguien nuevo o de nuestra pareja, pero enamorarse en esta época del año debería ser una obligación.
Y yo, después de una semana dándole vueltas a este folio virgen, empiezo a creer que tiene razón. De hecho, he decidido escribir esto porque me lo ha pedido y también para darle bombo a su teoría y, una vez haya terminado, pienso lanzarme a las calles y enamorarme tantas veces como pueda... Que tiemblen las farolas. No hay una regla establecida acerca de los enamoramientos y no es una verdad universal que el verano sea para enamorarse. Las personas no queremos de la misma manera, no besamos con la misma intensidad y nuestros Cupidos no comparten las mismas flechas. Incluso abrazar se ha convertido en algo exclusivo y, para nuestra desgracia, es una palabra ninguneada en estos días… Una lástima.
Mucha gente flirtea. Tienen idilios de los que se olvidan tan pronto sale el sol o se termina la música, besan encima de los besos de la noche anterior y nos llaman princesas, para no confundir los nombres... ¿Por qué lo hacen? ¿Querrán batir algún récord? A mí me parece que es mucho más gratificante dejarnos embaucar por el hechizo del enamoramiento transitorio, convencernos de lo importante que es disfrutar del momento presente y de ese rostro que, con o sin copas de por medio, nos ha gustado. Enamorarse significa perder la cabeza, disfrutar de la libertad de nuestro corazón, regresar a la persona que fuimos tiempo atrás, a la valiente, a la atrevida y a la joven... ¡Oh, juventud! El amor está por encima de cualquier cosa. Debe de ser así. Dure lo que dure. Porque hay historias que, por muy breves que sean, nos dejan una sonrisa dibujada en el rostro, y un recuerdo al que volver de vez en cuando…
Antes de despedirse, le dijo a su argentino desconocido que era amiga de Laura, una escritora española-creo que soy yo-y le aseguró que yo me encargaría de mencionar su encuentro en una de mis novelas (o el idilio tiene segunda parte o esto sólo me da para un artículo). Dudo que él pueda llegar a leer esto algún día, pero ella, que es bastante más fantasiosa que el resto de los mortales, asegura que estas letras llegarán hasta su hogar a través de las redes sociales. Y conociéndola como la conozco, no me sorprenderá lo que suceda a partir de hoy, porque a las personas que viven con esa pasión y esa locura, les suelen pasar cosas divertidas. Muy divertidas.

Tendréis que esperar a que salga mi próxima novela. Tan pronto encuentre un nombre para el protagonista, me pongo a escribir. Palabra de Laura.


martes, 25 de julio de 2017

La misión

Hace un par de sábados quedé a desayunar con una amiga en uno de esos locales de Madrid en los que, nada más entrar, no sabes si pedir un café doble o que te envuelvan la butaca del fondo para regalo. Como no soy influencer no diré el nombre del lugar, no le quiero quitar el trabajo a nadie (¿por qué sale en cursiva?), por mucho intrusismo que haya en nuestros días. Después de leer la carta del menú con un diccionario en mano, para decidir qué semillas y qué raíces eran las más apropiadas para nuestro organismo, nos decidimos por dos zumos que, dicho sea de paso, estaban deliciosos. Verdes, pero deliciosos. Así se lo hice saber al camarero de sonrisa encantadora, quien me confirmó que también era su favorito. Mintió, los hombres no saben mentir con la mirada, pero fue una mentira saludable, como el zumo.
En realidad, para tratar el tema del día, no importan mucho los ingredientes de mi elección, pero como entre renglones casi siempre brindo con vino, hoy he sentido la necesidad de defender mi reputación, y confirmar de paso que se puede estar colocado sin drogas de por medio, y yo soy el mejor ejemplo. Sigan leyendo si no me creen.
           

En un momento dado las vitaminas se me subieron a la cabeza y mi lengua se aceleró-raro en mí, lo sé- las ideas fluían como si se tratara de un discurso memorizado, estaba pletórica. Fue en ese instante, allí, delante de ella, cuando mi último descubrimiento vio la luz por primera vez. Una revelación. El hallazgo de mis días. El secreto de mi alma. La misión de mi vida. Y no exagero.

Le expliqué que, después de haberme pasado una vida echando moneda en la máquina de la felicidad, con la esperanza de que en algún momento saliera el premio gordo, había entendido que el azar poco tiene que ver con nuestro estado de ánimo, sino que más bien se trata de los pasos que damos y de los caminos por los que nos desviamos. Aprender y aceptar. O viceversa. Cada decisión que tomamos nos está llevando al lugar en el que tarde o temprano estaremos. Cada persona tenemos nuestro por qué. Un para qué. 
            Una misión.
            Lo mejor de todo esto es que no os puedo contar nada de la mía. Es secreta. Qué risa, ¿eh? Llegar hasta este párrafo para acabar así... Pero hoy he querido hablaros de esto porque siento que hacerlo forma parte de mi cometido. Veo a muchas personas ordenadas y encajadas en sus perfiles y en sus vidas, ¡bravo por ellas!, pero también he observado a algún que otro disperso, de esos que van cuando quieren venir, y que vienen cuando quieren marcharse. ¿Me explico? El asunto es agotador. Lo sé. Pero como no hay mejor ejemplo que la propia experiencia, aquí vengo yo con mi palabra para oxigenar un poco a los cerebros que puedan necesitarlo.
Seguid caminando. A pesar de todo, a pesar del agotamiento, de las puertas cerradas y de los fanfarrones de medio pelo (cómo os gusta colaros en mis escritos), vosotros seguid caminando. Seguid dejando el rastro de las diminutas cagadas de vuestra vida, así no olvidaréis de dónde venís. No tengáis miedo, no dejéis ningún deseo en el umbral de la puerta, no esperéis a que el tiempo decida siempre por vosotros. Dad pasos en firme, tropezad, y tropezad, y tropezad… Hacedlo, aunque no tengáis clara vuestra meta. No os detengáis y, tan pronto estéis preparados, descubriréis que todo lo que estáis haciendo os está dirigiendo hacia ese lugar. Es algo así como poner la bandera en lo alto de la cima. 
Coronar nuestro propio mundo y conquistar nuestros sueños. 
Entonces, sólo entonces, entenderéis el sentido de vuestra vida y, creáis o no en la magia, vais a alucinar. Con o sin zumo verde.  

PD: Este artículo viene con banda sonora. Disfruten. 

             

jueves, 20 de julio de 2017

La estupidez humana

No pongáis mucho empeño en intentar conseguir algo si no tenéis muy claro que realmente lo queréis, porque luego lo lográis y llegan los sustos y sus lamentos. Los dramas. El fin del mundo. No bromeo, de un tiempo a esta parte me he visto rodeada de personas con el mismo discurso: Quiero, quiero, quiero. Y una vez lo consiguen. Bueno, tampoco lo quería tanto. ¿Conocéis al niño que quería el helado de tres bolas? Aquel que insistía e insistía hasta dañar el tímpano de todo el que estuviera cerca y que, una vez conquistada la paciencia del padre, dio un par de lametazos y abandonó el trofeo derretido encima de un plato? Pues eso mismo. El chavalín quería lograr su antojo y aún no tenía edad para comprender que el capricho es, en muchas ocasiones, un invento de la falsa necesidad.


Cada vez soporto menos la estupidez humana y, lo que es peor, cada día que pasa veo más estupidez humana a mi alrededor. Creía que con el paso de los años uno aprendía a dar importancia a lo importante y, por otro lado, a ignorar lo absurdo. Pero cada vez que veo un gesto estúpido o una palabra sobrante me dan ganas de levantarme y decir: ¿Pero estáis de coña? Vale ya de tanta estupidez, ¡caramba! 

La estupidez humana llega de la mano de la falta de valores. Esta es mi sentencia.
Damos tanta importancia a lo material, a las necesidades vacías, a los bolsos y a los vestidos de moda. Nos preocupamos tanto por llevar las mechas californianas, jamaicanas o segovianas, y por saber si esta minifalda es machista o feminista, que en este follón y en este quiero quererlo todo, tan descontrolado, estamos empezando a olvidarnos de las personas que nos rodean. Y nos estamos olvidando sobre todo de que si nosotros estamos vacíos perderemos el rumbo, y pocos veleros podremos guiar. Colocamos los teléfonos móviles en el centro de una conversación porque sí, ya lo sé, precisamente hoy, justo en este día en el que vamos a compartir por fin mesa y conversación, estás esperando la llamada más importante de tu vida...
De verdad os lo digo, a ver si nos centramos de una vez. Tenemos que empezar a abrazar más. Y ahora, al leer esta frase os reís, y comentáis que si estoy fumada y que si esto es una ridiculez y bla, bla. Vale, muy bien. Nací fumada, aquí tenéis vuestra respuesta. Pero yo os digo esto desde el cariño y desde el lugar en el que estoy, porque perdonad mi imbecilidad, pero me siento en la obligación de hacerlo. De nada sirve hablar y no hacer. Y cada cual es responsable de hacer lo que pueda, lo que sepa o lo que quiera. Yo escribo y abrazo, es todo lo que tengo, así que cumplo con mi parte.

Dejemos de creer que lo más importante en esta vida son todas esas cosas sin alma que se amontonan en los rincones de una casa que ya ni siquiera es hogar. Abandonemos los disfraces que sólo nos ayudan a encajar en un mundo que no nos gusta. Seamos más de verdad. Y no pongamos tanto empeño en conseguir algo si realmente no lo queremos, porque sólo perderemos el tiempo. Y eso, os adelanto, es lo único que os ganará esta partida. El tiempo nunca pierde y, además, tampoco ofrece revanchas. 

lunes, 17 de julio de 2017

Ser auténtico

“Tan absurdo y fugaz es nuestro paso por el mundo, que solo me deja tranquila el saber que he sido auténtica, que he logrado ser lo más parecido a mí misma que he podido.”
Frida Khalo

Ser auténtico es arriesgado, porque la autenticidad carece de definiciones puestas de moda, de clichés y de etiquetas. Ser auténtico es simplemente ser uno mismo, reír o llorar según nos venga en gana, vestirse con colores o con la elegancia de la sobriedad, no criticar ni juzgar a los que, como nosotros, deciden ser ellos mismos. El auténtico no espera palabras ni halagos de nadie, ni piensa en lo que los demás ven en él, no hace lo que se espera que haga, como tampoco espera el aplauso.
Ser auténtico no es fácil, porque en este tiempo en el que nos ha tocado vivir, la autenticidad corre el riesgo de empujarnos al pozo de los locos o de los tarados, y el agotamiento que produce la crítica en nuestra cabeza es tal, que preferimos ser como el resto, aunque eso signifique perder nuestra esencia.

He conocido a personas auténticas, de esas que ríen alegres y que hablan con la seguridad que las caracteriza, personas que hacen lo que les place, y que viven sus vidas sin ofender ni hacer daño, de las que toman sus decisiones, eligen sus caminos y no se rinden a pesar de las zancadillas que les pone la vergüenza. La autenticidad me ha pasado rozando en más de una ocasión, y me ha provocado una emoción tan adictiva como difícil de definir. Su presencia es tan importante que, gracias a ella, logramos silenciar el qué dirán que tanto nos coarta, dejando que nuestro corazón tome las decisiones que nuestra cabeza toma sin personalidad, y nos empuja a hacer lo que nos da la gana, cuando nos da la gana y porque nos da la gana.

Ser auténtico es ser valiente. Aquellos que no se dejan encorsetar aun corriendo el riesgo de quedarse solos. La autenticidad se confunde con la locura a veces, porque lo diferente nos asusta, ¡bendita locura! Muchos se creen auténticos porque es una palabra que gusta decirse a uno mismo y que engrandece al ego  y al amor propio. Pero se engañan. Porque no es más auténtico el más salvaje, o el que se cree el líder de una pandilla cualquiera, nada tiene que ver con tener decenas de amigos o ser el alma de las fiestas, no, eso no es más que ser divertido. El auténtico no quiere más protagonismo que el suyo propio, se encierra en su universo y vive a su antojo, no es egoísta pero tampoco es un generoso de postín, tiene sueños y lucha por ellos, no deja que los demás elijan la camisa que debe ponerse, ni el plato que va a comer. Arrasan con una personalidad que enmudece a cualquiera, y les importa un bledo las risas y comentarios que su atrevimiento arranquen.

Y en esa lucha constante para conquistar la autenticidad, se corre el riesgo de ser uno mismo, sin máscaras ni disfraces, y entonces descubrimos que ya pocas cosas importan, porque hemos logrado superar todas las barreras que nos impedían ser nosotros, ser valientes y no avergonzarnos de nada. Ni de nadie.


Parecerse a uno mismo es la vía más fácil para conquistar la felicidad en nuestro viaje. Y cuando este viaje termina, ya no hay marcha atrás.


domingo, 16 de julio de 2017

Di que sí


“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no."

                        El amor en los tiempos del cólera.
                               Gabriel García Márquez.

La inspiración se esconde en una palabra, en una frase o un gesto. Y cuando me hace sentir algo diferente, mi imaginación agarra la pluma y empieza a escribir.
Dijo no. Lo pensó y lo meditó hasta quedarse sin argumentos para después tomar la decisión que creyó acertada: decir no. Culpó al miedo, culpó a su incapacidad de querer, culpó a lo que podría llegar a ocurrir, culpó a su ayer… Todas las culpas las encontró mirando a su alrededor, cuando el único culpable era él.

La dejó marchar, se despidió sin dar explicaciones ni pedir perdones. Y la vio alejarse caminando hacia el olvido, sabiendo que perderla sería recordarla cada día a partir de entonces. Y así ocurrió. Tal y como imaginó, ella se olvidó de él convencida de que sus palabras no significaron nada, segura de que fueron una mentira inventada una y mil veces, porque cuando se quiere como él decía querer no dejas marchar y, sin embargo, a pesar de estar seguro de su amor, él sólo pudo soñar cada día con lo que habría pasado si hubiera dicho que sí.

Las novelas tienen muchas letras para contar una historia, y no seré yo la que desvele lo que ocurrió con esta en concreto, El amor en los tiempos del cólera, aunque desde aquí les invito a que la descubran ustedes mismos. Pero lo que sí tengo claro es que durante este ratito que estamos aquí debemos creer que podemos cumplir nuestros sueños, debemos arriesgar sin miedo, debemos confiar en nuestros corazones, porque corremos el riesgo de amanecer un día tras otro preguntándonos qué habría pasado si en lugar de no hubiéramos dicho sí. Y es esta una respuesta que nunca sabremos y que sólo podremos imaginar, y sí, puede que atreviéndonos al final también falláramos, pero siempre nos quedará la duda… Y a veces es mucho más triste soñar con lo que podíamos haber vivido, que lamentarnos por haber tomado la decisión equivocada.

Hay personas que siguen sin entender que lo único importante es el amor, no sólo el amor hacia una persona, sino el amor a la vida, y a todo lo que nos rodea. Querer y ser querido, y que el resto nada importa, porque todo lo demás pasa. Todo. Algunos eligen huir por miedo a fracasar, y nunca nadie logró la felicidad plena huyendo de los momentos que la vida, a veces tan generosa, les regaló.

Porque esto es un ratito, y porque hoy es lo único que tenemos… por eso digan sí, aunque se estén muriendo de miedo, aunque después se arrepientan, porque de todos modos se van a arrepentir toda la vida si le contestan que no.




miércoles, 14 de junio de 2017

Gente de verdad

Los escritores muchas veces encontramos la inspiración en lo que podría haber sido y no fue. Hurgamos en los momentos que nos fueron arrebatados, en los días en los que fuimos cobardes o, quizás, demasiado valientes. Reinventamos nuestra vida y colocamos a nuestro antojo las marionetas con las que decidimos pasar el rato, convertimos los sueños en realidad fingida y exprimimos ese pudo haber sido hasta quedarnos sin aliento. Por esta razón hay muchos lectores que, al leer lo que otros contamos, ven su historia escrita entre líneas y se llenan de esperanza. Todos tenemos un pudo haber sido, todos, sin excepción, dejamos de hacer algo o nos atrevimos con imprudencia en aquel momento. Todos soñamos ser otra persona en un momento determinado, e incluso nos imaginamos viviendo otra vida, conviviendo con aquellos que no nos eligieron o a los que echamos de nuestro lado. Todos, en algún momento, necesitamos huir de nosotros.

Elegimos cada día. Elegimos cada palabra. Elegimos ser o dejar de ser para alguien. Elegimos ver lo que queremos ver en el espejo, y le susurramos a nuestro reflejo aquello que no somos capaces de gritarle al mundo. Elegimos lo que creemos que es lo mejor, elegimos locura y cordura. Elegimos las historias que dejaremos a medias y elegimos las carreras en las que jamás nos rendiremos. Todos elegimos, todos soñamos lo que pudo haber sido. Todos somos demasiado parecidos... Y tan diferentes.

Poco he aprendido para lo mucho que he vivido, cuestión de prioridades imagino, pero si algo tengo claro es que sólo hay una cosa que nos diferencia a unos de otros, un algo casi invisible para los que no lo pueden apreciar por no entenderlo. La gente de verdad. Eso es. La gente a la que llamamos auténtica, valiente o con personalidad. Las personas honestas y reales. Gente de verdad. Esos que escriben sus ilusiones en el aire con humo, los que no miran atrás por temor a recordar más de la cuenta, los que no se quedan paralizados ante la sorpresa y se dejan arrastrar por el río en el que fluye su vida. Esos, que miran a los ojos y cuya voz apenas tiembla, que se muestran tan seguros que muchos creen que no hacen más que un papel; no es posible que viva la vida así, dicen, sólo porque ellos serían incapaces de tomar las mismas decisiones. Sólo porque ellos no son tan de verdad. La gente de verdad se despoja de etiquetas y de normas, pasa de largo cuando la rutina campa en su puerta y no se acopla al perfil que la sociedad ha dibujado para ellos. La gente de verdad se ríe y llora tanto como cualquier otro, o quizás lo haga un poco más, porque no se puede vivir intensamente sin cabalgar del cielo a los infiernos de cuando en cuando.

La gente de verdad existe, como existe la magia, y las hadas y ese largo etcétera que cada cual llama como quiere. Esos que son de verdad son los responsables de que mucho de lo que sucede, suceda, y de que algunos de los capítulos de nuestra vida se escriban con la tinta imborrable que sobrevivirá a la eternidad. Porque ellos se atreven, y su atrevimiento es tan honesto, que los demás se dejan arrastrar por su fuerza. Aunque sólo sea un instante, aunque sólo sea para saborear lo que sólo imaginaron, lo que podría haber sido si no los hubieran conocido.

Elegimos estar cerca de la gente de verdad, porque vemos en ellos mucho de lo que anhelamos y nos empujan a vivir lo que podría haber sido.