lunes, 21 de mayo de 2018

La madre que no hay en mí

Para no despertar la ira de los odiadores, críticos y personas dotadas de una sabiduría superior a la del resto de los mortales, empaparé esta pluma en el tintero de la ironía para que la lectura de esta proclama les resulte más digestiva o digerible.

He hecho memoria y he contabilizado el número de muñecas de las que he sido madre y dueña a lo largo de mi vida, entre Nenuco, Nancy y Barriguitas (en casa no éramos de Barbie, éramos más de palmera de chocolate y de bocata de chorizo), calculo que, tirando por lo bajito, la cifra de hijas de plástico que tuve asciende a unas treinta, y si tengo en cuenta las que heredé de mi hermana, tuvieran o no pelo al llegar a mis brazos, la cifra debe rondar el medio centenar. Dicho esto, por favor, no sufran por la educación sexista que recibí, si jugaba con muñecas era porque me divertía hacerlo, pero también jugué al baloncesto, llevé un corte de pelo masculino durante años y me peleé con chicos. Mis padres eran así de transgresores. Y yo se lo agradezco.

Nunca he querido ser madre. Madre de una persona humana, quiero decir, porque madre de una persona de goma he sido, como ya he aclarado, alrededor de cincuenta veces. Pero he omitido un detalle muy importante a la hora de hablar de mi dulce infancia, y es que la gran mayoría de mis retoños, terminaron con calvas en sus cabezas, con un brazo o una pierna amputado, o con ambos dos, tuertas de un ojo, con la piel cubierta de tatuajes hechos con rotulador permanente o empachadas por tragar sin respirar cucharadas de sopa de aire y fingir masticar filetes invisibles… Las maté. A todas.

Tras sobrevivir a aquella etapa, sentí que ya había cumplido con mi compromiso maternal y supe que el día de mañana, no sería madre. No crean que es fácil decir algo así, porque siempre, siempre, cuando dices esto, aparece una de esas personas sabias que te critica, te juzga, te tilda de egoísta (¿o era egocéntrica?), y cita los puntos de una lista que, a estas alturas, ya me sé de memoria: cuando encuentres a la persona adecuada cambiarás de idea (si llega la persona adecuada, no serán niños lo que hagamos); los hijos son una bendición; no sabrás lo que es hasta que no lo tengas y, la mejor de todas, todavía puede ser madre, no te preocupes... Me quedo más tranquila. Las primeras veinte veces pierdes el tiempo dando explicaciones, hasta que aprendes que de nada sirven, y es entonces cuando inventas respuestas para zanjar el asunto como, por ejemplo, “la maternidad no está en mis planes, como tampoco lo está sentarme a comer cucarachas vivas colgada de la torre Eiffel. ¿Podría suceder esto? Sí, podría. ¿Es probable que suceda? No. No lo es.

Tras contestar así a una de “las defensoras de la teoría de que las mujeres tienen que ser madres, aunque no quieran serlo, porque en realidad quieren serlo, pero ellas aún no lo saben”, te sientes pletórica cuando te muestras firme y segura en tu respuesta. Y la que quiera tener hijos, que los tenga. Hoy en día hay múltiples opciones para tener un bebé, incluso puedes elegirlo a la carta. Y la que quiera comprarse un gato, que se lo compre. Y la que se haga vegana, que no coma animales. Y la que quiera bailar un tango, que se busque una pareja. Y la que no quiera tener el ceño fruncido, que se chute bótox y alegría a partes iguales… Pero, por favor, no hagamos locuras para luego terminar siendo una de esas Madres arrepentidas de las que habla
Orna Donath en su libro, “si pudiera volver atrás no tendría hijos”, dice una de las entrevistadas.

Al margen de todo lo dicho, me gustaría aclarar que adoro a los niños, y que me gustan tanto, que ni siquiera he sido capaz de desprenderme de la que lleva más de cuatro décadas conmigo, a menudo incluso prefiero la compañía de mis sobrinos a la de los adultos. Será por el tiempo de felicidad que me regalaron las muñecas en mi infancia.

Y eso que les destrocé la vida a todas ellas.

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(Grabado para Radio Calamocha)
La madre que no hay en mí.

 

lunes, 14 de mayo de 2018

El perdón de los años

Ayer fui a la farmacia para comprar algunas cajas de “por si acaso” y otras drogas legales, y la señorita que me atendió, puso tanto empeño en regalarme unas muestras de crema para el cuello y el escote, que mi mano subió como una flecha hacia la zona a la que ella no dejaba de mirar, y sólo pude sonreír con resignación. Me ves mal, ¿no? Le pregunté. La pobre mujer empezó a agitar los rizos de su melena con tanta fuerza, que creí haber visto alguno saltando por los aires. Después se sumergió en el cajón de la caja registradora, pero antes de salir por la puerta me miré de reojo en el espejo con cara de pena, y con la mano todavía pegada a mi cuello.
Parece ser que a mi piel le han entrado ahora las prisas y ha decidido que ya ha llegado el momento de hacerse mayor. Las arrugas no quieren esperar más a que mi cabeza decida asumir que los años pasan para todos. Pero por la tarde quedé con un amigo, y le conté esto que ahora les cuento a ustedes, no aparentas tu edad, me dijo sorprendido, no sé por qué, pero creo que es por tu forma de hablar y de moverte, aseguró. Y gracias a él me he pasado toda la mañana caminando y hablando delante del espejo, aunque después de mucho mirarme, no creo haber rejuvenecido ni un solo día.



¿Por qué les cuento esto? Se preguntarán ustedes. Pues no lo sé, pero creo que mucha culpa la tienen algunos artículos a los que hoy he prestado más atención de lo habitual. Me refiero a esos titulares que hablan acerca del cambio físico que ha sufrido algún actor, modelo o personaje famoso... ¡No te vas a creer cómo han cambiado en veinte años! Exclaman fascinados, como si hablaran de la vida de una persona que lee cinco o seis libros al mes -¡oh, cielos!-. Y para probar tan sorprendente hallazgo, ponen fotografías del ayer y del ahora del protagonista en cuestión. Del antes y del después de haber vivido una vida. La lozanía delante de la vejez. La delgadez y la carne prieta, frente a las arrugas y las curvas perdidas en la figura que fue… Y muchas personas, al mirar las imágenes, suspiran de pena por ellos. Y hablan de la mala vida que han llevado, de las drogas, del alcohol, de los amores tóxicos y de una lista de razones por las que esa persona ya no se parece a la que fue un día. Me fascina escucharlos hablar, leer sus comentarios y sus críticas acerca de esas vidas ajenas, como si el asunto no fuera con ellos mismos, como si en sus vidas los años no pasaran de la misma manera, como si la vejez fuera una opción y no una realidad para los que tienen la suerte de llegar a ella.  Los años no perdonan, sentencian.
¡Por supuesto que perdonan! Los años nos enseñan, nos acompañan pacientes en nuestro paseo, nos lanzan al vacío, nos empujan para que choquemos contra esa piedra una y otra vez, nos dan lecciones, y más lecciones, son testigos de nuestros errores y, llegado el momento, nos perdonan para que dejemos atrás las culpas y los arrepentimientos. Para que silenciemos por fin los “y si hubiera” y aceptemos que llegamos hasta aquí por lo que hemos sido y por lo que dejamos abandonado en medio del camino. Pero las mismas huellas que los años dejan en nuestro interior, se reflejan en nuestra piel. Las arrugas no son más que la prueba de una vida vivida. Podemos retrasar su llegada, e incluso embellecerlas, pero por mucho maquillaje y trucos de belleza que utilicemos, nuestra mirada siempre dirá la verdad.



Algunas personas mayores, adultas o de más edad, son más atractivas que los jovencitos y jovencitas de abdominales tipo tableta de chocolate, de flequillo rebelde y tupido, y de minifalda con ropa interior a la vista de todos. He tenido la suerte de haber conocido a alguna de esas personas mayores, que no viejas, de las que me he enamorado sin remedio. Personas con el rostro lleno de arrugas y el hablar hipnótico, con la mirada brillante de sabiduría y la elegancia pausada en cada uno de sus movimientos, y que no se esfuerzan para parecer divertidos ni vitales. Personas que llaman la atención del resto con sus palabras, que no se ridiculizan intentando encajar entre las expresiones más propias de un joven inexperto, y que ríen a carcajadas cuando escuchan aquello de que los años no perdonan. Por supuesto que perdonan, dicen, si no lo hicieran ninguno de nosotros llegaría a viejo.
Pero como soy una mujer paradójica, debo confesar que, después de la defensa a la vejez y a las arrugas que he hecho en este párrafo, esta mañana he ido a comprar la crema milagrosa para el cuello y el escote. Pensarán que estoy mal de la cabeza. Muy bien, pues lo estoy. Pero también quisiera aclarar que estoy a favor de los dos bandos, estoy con aquellos que hacen lo imposible por engañarse pensando que pueden retrasar el paso del tiempo, así como estoy a favor de los que aceptan los años que se suman en sus calendarios. Me gustan las personas que se cuidan y que tratan a su cuerpo como el regalo que es. Con el ejercicio y la comida sana. Con los libros leídos y las canciones cantadas sin ritmo, con las copas de vino y los postres de chocolate. Con las cremas milagrosas y los besos de tornillo, y los masajes y los abrazos y las carcajadas… Con todo lo que nos hace ser más felices, que es lo mismo que ser hermosos. Pero lo que me cuesta aceptar es la crítica del resto, la humillación a la que a veces se somete a algunos por su aspecto físico, la envidia que alimenta la mayoría de esos insultos sólo porque son personas incapaces de asumirse y de cambiar aquello que no les gusta de ellos mismos. La superioridad que veo en algunas miradas sólo por el hecho de ser más jóvenes, más hermosos y más afortunados por el lugar en el que les tocó nacer.

Me consuela pensar que el tiempo, vencedor de todas las batallas, ya se encargará de poner a cada uno en su sitio y de regalar los días felices a quien verdaderamente los merezca.

AUDIO DE RADIO:
El perdón de los años (Clic)

domingo, 6 de mayo de 2018

Madres


Son muchas las cartas que he escrito fingiendo ser alguien que no soy, para dedicárselas a una persona ficticia. Pero hoy, con la celebración del día de la madre llenando las pantallas de besos y de flores, quiero dedicarles esta carta a ellas. A todas las madres. A vosotras.

Puede que nos hayamos olvidado demasiado rápido o quizá no recordemos con claridad lo que pasó después de tanto tiempo. Los días vuelan mientras nos hacemos mayores y nada podemos hacer para frenarlos. Pero de vez en cuando, entre disputa y discusión, debemos concedernos un momento y dedicar un pensamiento a todo lo que ha pasado hasta ahora, a todo lo que tan alegremente hemos olvidado y a los recuerdos que nos pueden rescatar de la locura de nuestra vida. Cualquier otro día serviría para decir esto que ahora escribo, pero ya que estamos de celebración, aquí dejo mi regalo.

No es fácil empezar cuando se tiene tanto que decir, y creo que lo más justo sería empezar pidiendo perdón. Perdón por tantas noches en vela. Por las volteretas y las patadas que dimos en vuestro vientre. Por el dolor de espalda crónico y por la pesadez de vuestras piernas hinchadas y cansadas. Perdón por ignorar vuestro consejo aquel día, ahora entendemos que el daño que nos hicimos también os lo hicimos a vosotras. Y perdón por las lágrimas de desesperación y por los enfados que sufristeis por culpa de nuestros errores. Por las mentiras que inventaba nuestro miedo, por los exámenes que no aprobamos y por no descansar ni en los días de verano. Por las noches que pasasteis en vela esperando a que regresáramos a casa. Por ignorar vuestros consejos y por las decepciones que provocaron nuestras decisiones.
Aunque conocemos vuestro secreto, y sabemos que estáis dotadas de una fuerza superior, y que sólo vosotras tenéis cuatro pares de manos, y una vista que ve más allá de las paredes, y una paciencia infinita y una batería extra escondida en algún rincón de vuestro cuerpo, en un día como el de hoy, también querríamos daros las gracias.

Gracias por estar siempre a nuestro lado, agarrándonos de la mano o escondidas en la sombra. Por dejar que nos equivocáramos más veces de las que nosotros hubiéramos querido hacerlo, y por enseñarnos a aprender de los errores. Gracias por cocinar nuestros platos favoritos en los días especiales, y por las cenas en familia en los días normales. Por vuestros bizcochos en la merienda. Por apretarnos el cuello con la bufanda hasta casi ahogarnos, por pelear incansablemente con los nudos de nuestro pelo, y por las trenzas de espiga empapadas en colonia. Gracias por acertar siempre con los regalos que con tanta ilusión compráis, por la fortaleza que nos contagiáis y por las lecciones que nos dais sin saberlo.

Gracias por las horas que pasasteis tejiendo esa chaqueta de punto que, aunque no nos gustara, lucíamos orgullosos sólo porque vosotras la habías hecho. Por aprenderos la tabla de multiplicar de nuevo por nosotros, y por copiar cien veces una falta de ortografía. Por crecer y madurar a nuestro lado. Por enseñarnos a vestirnos, a pesar de las modas. Por cambiar vuestra forma de ver la vida sólo para entendernos, y por aguantar en silencio las palabras que sabéis que no queremos escuchar.

Gracias por castigarnos, nunca creí que diría esto, ahora sabemos que ese castigo nos ayudó a no perdernos en el peligro. Por dejarnos caernos para aprender de esas caídas, por dejarnos conocer la frustración para aprender que no siempre estaréis ahí para salvarnos. Y gracias por dejarnos ser un poco como vosotras, aunque nuestra terquedad no nos permita dejar de ser nosotros. Por convencernos de que ser diferente es ser especial, y por descargar con disimulo el peso de la mochila que llenamos más de la cuenta. Gracias a las madres que enseñáis y educáis a los hijos por igual, sin importar el sexo, y por reforzar nuestras fortalezas. A las que nos educáis para que os respetemos, porque sabéis que ese respeto guiará nuestros pasos.

Y que mejor manera de despedirme que dando las gracias a la madre que me parió y que, con vuestro permiso, es la mejor de todas. ¿Estás ahí? Deja el palo de golf y escucha… Si durante tanto tiempo no hubiéramos sido tan diferentes, ahora yo no sería como soy. Porque esa lucha fue lo que sacó lo mejor de mí, aunque también lo peor, pero ¿qué vida es perfecta? Puede que no seamos más que otro ejemplo de madre e hija, y que hayamos pasado por todas las fases que la ignorancia y la inmadurez nos han obligado a pasar. Pero ahora, con la madurez más o menos asentada en nuestros días, sólo nos queda disfrutar juntas del camino que nos queda por andar. 
Cada día intento demostrarte lo que aquí escribo, pero sabes que mis letras son mi bien más preciado y por eso hoy te las regalo. Gracias por aceptar mi peculiar manera de vivir mi vida y de conquistar la libertad, sólo una buena madre sabe que cada hijo vive en su propia burbuja y que, a pesar de tener mucho en común entre ellos, en el fondo somos muy diferentes y que no todos necesitamos lo mismo.


Gracias por estar en el espejo en el que me miro a diario.

No te digo que te quiero, porque me gusta más te adoro.


PD: Luego voy a comer. No tengo nada en la nevera…

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lunes, 30 de abril de 2018

(In) Justicia

En este tiempo, en el que todos somos expertos en cualquier materia y opinamos acerca de los temas de actualidad ya sean políticos, deportivos, judiciales o médicos, voy a intentar no acoplarme dentro de ningún disfraz, y mucho menos después de confesar que abandoné la carrera de derecho en cuarto curso. Así que, sumando los años que me separan de aquel abandono a mi ignorancia acerca de los códigos que mandan en este siglo, sólo me queda hacer lo que las personas, con mayor o menor acierto, hacemos tan bien. Opinar.
No me he leído los 371 folios de la sentencia que condena a los cinco animales de La Manada. Tampoco he visto los vídeos de los que tanto se habla. Pero sé lo que significa abuso. Y violación. Y agresión. Y sumisión. Y miedo. E incluso prevalimiento. Y no sólo sé lo que significa intimidación, sino que también sé lo que se siente cuando la tienes delante.
Me he pasado con el vino alguna vez en mi vida y aún mantengo a oscuras varios agujeros negros de mi memoria. No quiero pensar qué habría sido de mí, si una de esas noches hubiera entreabierto los ojos en medio de mi inconsciencia y me hubiera visto rodeada de cinco cuerpos repugnantes y sudorosos, marcados de tatuajes, contaminándome con su aliento ebrio y colocado, manoseando sus miembros entre risas y humillación, entrando sin pedir permiso en cada agujero de mi cuerpo, y jadeando sin dejar de arañar mi dignidad. ¿Qué habría hecho yo? ¿Gritar socorro? ¿Recibir una torta o una paliza por pedir auxilio? ¿Despertar su ira con mi miedo? No lo sé. No sé qué habría hecho. Pero lo que tengo claro es que no recordaría la mayor parte de lo sucedido porque nuestra memoria suele distorsionar los hechos traumáticos que vivimos.

Respeto el estado de derecho. Pero que nadie intente imponerme que respete las conclusiones de los magistrados de este caso. No puedo aceptar muchos de los párrafos que he leído, llámenme ignorante, no me importa. Pero leo y releo parte de la sentencia, y me sorprende toparme con frases que comienzan con “en nuestra opinión”, “consideramos...” ¿Esto es lo que nos piden que respetemos? ¿Por frases como esta nos critican a los que nada sabemos acerca de las leyes? Si es así, tienen mi beneplácito, sigan criticándome porque yo no me apeo de mi opinión. La ley hay que cambiarla, en eso estamos de acuerdo, y no sólo en lo referente a los delitos sexuales, en esto creo que también estamos de acuerdo. Pero yo ahora me pregunto, sin ánimo de ofender a los que ejercen su profesión en un juzgado y con el respeto que le tengo a su cargo, ¿el problema no está también en la interpretación de esta ley? ¿No sería necesario ser más contundentes a la hora de tipificar los delitos para evitar así las distintas interpretaciones?

Lo cierto es que deberíamos felicitar a los juristas de décadas pasadas, pues el delito de agresión o de violación sexual ha mejorado mucho en cuanto a penas se refiere. Y sí, he dicho mejorado… Porque dependiendo de la época en la que se cometa, violación no significa siempre lo mismo, porque la víctima no siempre ha sido considerada una persona, y ese pequeño detalle, cambia la sentencia. No, no bromeo. Durante mucho tiempo, el cuerpo de la mujer ha tenido la finalidad fundamental de proporcionarle disfrute al prójimo. De nada. Ahora, por suerte, se ha entendido que este cuerpo tiene corazón, cabeza y eso que llaman alma. Y si creen que exagero, les contaré que, años atrás, llevar minifalda era considerado como un atenuante o eximente del delito de violación. Dicho esto, continúo con el caso en cuestión y aclaro que este artículo lo escribo empujada por la impotencia de ver en la sentencia reminiscencias de un tiempo pasado. Leídas las opiniones de los magistrados, no veo que se juzgue el hecho únicamente basándose en la ley, sino que esta se interpreta según sus criterios y las conclusiones se toman atendiendo a sus opiniones. Muchas de las cuales me provocan el mismo rechazo que me provocan los acusados.

Es una vergüenza señores. Una vergüenza que se tolere que un hecho como este no se llame por su nombre por considerar que no existen pruebas claras de intimidación, es vergonzoso. Ya no hablo de los 9, 18 o 20 años de cárcel que se pidan. No deseo dos décadas de cárcel para estos salvajes, sino que cumplan el tiempo que sea necesario para su reeducación y reinserción, que es en definitiva el fin de la pena de cárcel. Porque sí, yo creo en el estado de derecho. Pero lo que también quisiera es que estos sujetos no empezaran el segundo capítulo de sus miserables vidas sin haber sido considerados violadores en esta que ahora viven. Y de nada me sirve que ustedes, entendidos en el asunto, me repitan otra vez que, según dictamina la sentencia, se trata de un abuso sexual y no una agresión por no haber intimidación. Eso será en sus realidades, no en la mía. No en la de muchos. Y en este apartado añadiré que no sólo actuaron como violadores, intimidando y anulando la voluntad de su víctima, sino que, además, se jactaron de ello, antes y después. No os olvidéis del burundanga, que luego queréis violar todos. Escribieron en uno de los mensajes. Y si esto consiste en retorcer los renglones de los artículos del código penal o de la Ley de enjuiciamiento civil -bien sabemos que todo acto o palabra es susceptible de ser interpretado-, yo añadiría entonces que también hay premeditación en este delito porque ya había una víctima antes de que esta joven entrara en el portal, ellos lo sabían y por eso hicieron lo que hicieron.

La ley ha de ser justa y atender a los valores dominantes de una sociedad, puede que todos tengamos parte de responsabilidad en este hecho, y que, cada cual debamos implicarnos en la reeducación sexual. Para que no sea necesario decir no, para que un silencio no sea interpretado como una falta de negación, y para que todos entendamos que cuando una mujer quiere, dice sí. Nadie tiene el derecho a decidir cómo, cuándo y dónde. No hasta que, libres de cualquier amenaza, nosotras digamos sí. Un sí rotundo y contundente. Un sí que la gran mayoría de los hombres escuchan y entienden. Todo lo demás, pronunciemos o callemos el No, es una violación.
Por suerte, llegados a este último punto, mi sensatez también me recuerda que no todos los guardias civiles y los militares son como estos desequilibrados, de la misma manera que sé que los hombres, en su gran mayoría, son personas que respetan y que no intimidan. Porque así fueron educados.


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martes, 24 de abril de 2018

Vuelva usted mañana

Hace unos días me dijeron que no. No fue un no amoroso, ni emocional. No hubo corazones rotos, una canción triste ni tampoco ilusiones evaporadas. Aunque reconozco que me va el drama, es cierto, y si ustedes van a seguir al otro lado, deberían empezar a asumirlo también. Esto no significa que debamos dramatizar con cada situación que nos saque un poco de nuestra burbuja particular. Calma. Hay dramas junto a los que paso sin girar la cabeza, situaciones en las que antes mi mundo se rompía en mil pedazos y nada tenía sentido, y ahora ni siquiera me inmuto. Y donde antes veía una puerta de salida, ahora veo la de entrada. 

El no en cuestión del que hablo, fue algo así como un “vuelva usted mañana”. Y mi respuesta ante tal invitación fue igual de escueta, clara y educada, aunque no por ello menos sincera. Gracias por todo. Que tengan un buen día. Mucha suerte. No sé por qué digo esto, mucha suerte, es una coletilla que utilizo a menudo, no es que no me guste, pero después de soltarla siempre me pregunto: ¿Mucha suerte con qué? Imagino que el resto se preguntará lo mismo. Lo importante es que en este caso en concreto no pretendía ser irónica -creo-. Podría haberme hecho la interesante, e incluso haber recuperado ese párrafo que tantas veces le he robado a Gabriel García Márquez: Di que sí. Aunque te mueras de miedo, porque de todas formas te arrepentirás toda la vida si le dices que no. La verdad es que habría estado gracioso… Díganme que sí, hombre, o se arrepentirán toda la vida… Pero tampoco encontré el momento adecuado para meter la cuñita y opté por girarme y alejarme de allí caminando con brío, como si llevara tacones, pero sin llevarlos. No sé si me explico…

A nadie le gusta escuchar un no, y aceptarlo puede lanzarnos al abismo de las inseguridades, de las decepciones y de ese largo etcétera del que tanto cuesta escapar. Algunas personas somos afortunadas y crecimos y maduramos recibiendo un no cada dos o tres pasos. Y al final acabas cogiéndole el gustillo y un día te preguntas: ¿Seré yo el problema? Déjame que te conteste: Sí, lo eres.  Porque de cuando en cuando, no está mal que nos paremos a pensar en ello, y que seamos un poquito honestos con nosotros mismos. El no siempre lleva escondida una pista, una posibilidad para mejorar e incluso la sugerencia de cambiar algo. Los defensores del Yo soy así y no voy a cambiar, pueden ponerse la canción de Alaska y saltarse este capítulo -Vuelvan ustedes mañana-. Somos como somos, cierto, pero la terquedad no debe quedarse con nuestras opciones de mejora. No es necesario cambiar de personalidad, ni de forma de vida. Basta con un peinado distinto, otro traje de chaqueta, una sonrisa más sincera, un tono de voz menos agresivo, una caligrafía mejorada, una ilusión más valiente… E incluso elegir otra banda sonora.
Es nuestra vida. Y nosotros decidimos cuándo tomarnos en serio ese no, y cuando aceptar un sí. Y cuidadito... Que un sí aceptado a ciegas puede ser una victoria. 

domingo, 15 de abril de 2018

En la piel ajena

Ustedes y yo apenas nos conocemos, y puede que nunca lleguemos a hacerlo. Pero en este mientras tanto, en el que compartimos emociones y opiniones como si nuestro mundo fuera a llegar a su fin en cualquier momento, les confesaré que a veces dudo acerca de las palabras que quiero dedicarles. Dudo entre el tú y el usted. Dudo si teclado o bolígrafo negro. Dudó incluso entre el café y el té. Pero qué quieren que les diga, soy contadora de historias, y en este mundo en el que felizmente convivimos mis personalidades y yo, puedo cambiar de opinión hasta tres veces en un minuto. Vivir en mí es tan agotador como trepidante. 

Por esta sencilla razón, cuando algún lector me sugiere que cambie de registro, dudo si debería hacerlo. Después acepto el reto. Y al final vuelvo a dudar. Y es que a menudo me piden artículos de tinta envenenada, más ironía para contar la realidad, más actualidad en definitiva. Y yo contesto que vale, que en seguida me pongo con ello. Y entonces me levanto para poner otro peso en la balanza, y mis letras de fantasía salen disparadas por los aires. 
Y luego, cómo no, vuelvo a cambiar de opinión. 

Lo cierto es que me gusta zambullirme en los párrafos ajenos que hablan de la actualidad. Pasearme por los titulares, y contener una carcajada o un grito de rabia en la garganta. Y es que la realidad se lo pone fácil a los que, como a mí, nos gusta despertar irónicos. Porque hay personajes que ya nos gustaría a más de uno haber creado... Pero no voy a hacerlo. Ya hay mucho de todo. Ya hay mucho insulto. Y mucho grito. Y muchas verdades maquilladas. Y decenas de personas que se preocupan por llenarnos la cabeza de información y de anécdotas que alargamos hasta el insomnio. 
Así que ahora me dispongo a encerrarme en mi burbuja particular y como soy muy atrevida, me propongo arrastrarles conmigo durante un ratito, un instante efímero en el que puedan contagiarse de lo que sea que no hable mucho de la realidad, de ese enfado colectivo, y de esa indignación sedienta de noticias. 
Y les diré que no hay manera más sencilla de alcanzar este equilibrio en el que yo ahora me contoneo, que el simple gesto de descalzarse y probarse unos zapatos distintos.

Qué fácil es entender la vida cuando nos cambiamos de zapatos, ¿no les parece? Pasear subidos en los tacones de otra persona, y dar vueltas en su montaña rusa particular. Escuchar las críticas que ellos escuchan, pero hacerlo desde el mismo lugar en el que ellos están. Porque no, no son como nosotros, y eso es lo que hace que su mundo sea diferente, aunque parezca tan idéntico al nuestro. 

Qué fácil resulta todo al meternos en la piel ajena.
No hay nada como regresar a nuestra infancia, y ser testigo en primera persona de las noches en vela que pasaron junto a nuestra cuna, o de cuando sujetaban nuestra mano durante horas hasta que el miedo desapareciera. Qué suerte que estuvieran allí para protegernos de otra caída. Qué bien se ve todo ahora desde su mirada.  
Qué fácil es hablar de la tristeza que viven los demás, no porque así lo elijan, sino porque juegan con unas reglas distintas a las nuestras. Y qué fácil es juzgar cuando no tenemos que pasarnos meses sentados en la puerta de cualquier lugar esperando un puesto de trabajo, una oportunidad para construir un futuro, o una responsabilidad que nos haga sentirnos útiles.

Vemos absurdo que otros se lamenten cuando el amor les da la espalda. Y somos incapaces de ponernos en su piel para sentir el dolor de su tristeza. Juzgamos a las personas que no abrazan, pero quizás nadie les enseñara a hacerlo, y que con el tiempo encontraran en el egoísmo su única forma de conquistar la libertad que les fue arrebatada.

Puede que nuestros caminos se parezcan mucho entre ellos, pero no, no fueron los mismos. Y las piedras del tropiezo eterno no están en el mismo lugar para todos. Por suerte es algo que entendí no hace mucho. Y ahora soy capaz de comprender el porqué de muchas vidas, aunque me cueste encontrar las palabras idóneas para convencer de lo equivocados que estamos a veces. Y esta es la razón por la que a menudo elijo escribir lejos de la realidad, porque de un tiempo a esta parte, no encuentro en ella una verdad que me haga sonreír de la misma manera que sonrío cuando me quedo en mi burbuja. 

Y no hay más verdad en mis palabras que la que yo siento al escribirlas. Y espero que ustedes estén igual de cómodos dentro de esta piel ajena, que ahora es suya, siempre que así lo deseen.

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Artículo Radio Calamocha. Audio del texto.













lunes, 9 de abril de 2018

El respeto


     Hay días que se me hacen bola. Despierto y descubro la cantidad de celebraciones que se me vienen encima y no sé por dónde empezar. Celebramos tantas cosas al mismo tiempo, que no prestamos la atención que debiéramos a cada una de ellas. Dedicamos días a enfermedades, a culturas, a razas y a religiones. Dedicamos días incluso a la fruta que no todos tenemos la suerte de llevarnos a la boca. Había pensado  escribir versos para exigir el respeto por las celebraciones del resto, pero hoy amanecí justita de rima y de ritmo. Y para rematar mi falta de creatividad, mi razón está más seria que nunca y me ha convencido de que lo mejor es no saber. No ver. No preguntar, ni tampoco entender. Respirar para evitar morir, pero vivir con los ojos cerrados. O sea, ser una planta.
     No me gustan muchas cosas, y asumo que mi egoísmo elija concentrarse en mi pequeño mundo, simplemente porque así puedo dibujar alguna sonrisa en mi rostro de cuando en cuando. Si intentas entender las razones que llevan a algunas personas a destruir la vida de los otros, te sientes impotente. Y te asustas cuando descubres que si algo puedes hacer es ser como ellos, pagar con la misma moneda, dejar de poner la otra mejilla, no perdonar… porque no es fácil resignarse a vivir cuando te arrebatan lo que es tuyo. Tu vida. Tu ilusión. Tu razón. No, no es nada fácil.
     De un tiempo a esta parte, a muchos amigos que tienen hijos, les hablo de lo importante que es su educación para ellos... ¿Quién soy yo para aconsejar? Se preguntarán ustedes. Y sí, ellos también lo hacen. Sé que no tengo ninguna credibilidad en este asunto, pero tampoco pretendo educar, porque para hacerlo, posiblemente debería empezar por la niña que a veces me mira asustada desde el espejo. Pero si algo sé, es que sus vástagos serán los que mañana gobiernen el mundo, los que inventen, creen, hablen, representen, enseñen e incluso eduquen. No importa el camino que cada padre elija para que sus hijos den sus primeros pasos, algunos les inculcarán los colores de su equipo favorito, o les enseñarán a rezar y a creer en un dios en el que crean el resto de sus días, o en el que dejen de creer cuando la inocencia le ceda el paso a su razón; otros preferirán guiarlos por un camino lejos de religiones o de dioses omnipresentes, les advertirán acerca del color de piel de sus amistades o les empujarán a que inviten a sus cumpleaños a el chico raro de la clase (¡bravo por estos últimos!)... la ilusión de la mayoría de los padres será que los niños crean en ellos mismos, y en su capacidad para ser quienes sueñen ser. No importa cómo lo hagan. Nada es mejor, ni tampoco es peor. Siempre que se haga desde el respeto. Porque el respeto debería ser el punto de partida de nuestra andadura. De la de todos.


Hoy vuelvo a estar enfadada. Triste. Indignada. Hoy abro el periódico y leo, paso las páginas muy rápido, y me rindo. Descubro muertes de personas inocentes, una vez más, guerras sin sentido, otra vez. Descubro a ladrones que fingen trabajar para nosotros, y a los que se les permite delinquir. A niños maltratados por almas sin alma. Descubro la lucha de unos padres  a costa de la felicidad de sus hijos, hijos alejados de sus padres por culpa de la justicia. Dejo de leer y empiezo a hablar en alto, incluso me contesto (soy un caso perdido). La impotencia me hace gritar, aunque mi grito me esté alejando de la razón. La impotencia no siempre puede mantener el mismo tono de voz. Decido dar la espalda a todo y regresar a mi mundo, a mi burbuja. A mi ignorancia. Respiro. No hay nada que pueda hacer, ¿o sí?

A lo mejor tenemos que volver a empezar. 
Parar un instante. 
Reiniciar nuestros cerebros. 
Observar el mundo que nos rodea, tachar la envidia y el odio de nuestro vocabulario. 
Aprender a caminar sin pisar a nadie. Disfrutar de lo que tenemos, respetar al que pasea en dirección contraria, y aprender a sonreír de nuevo. No juzgar, y entender que aquellos que no piensan como nosotros lo hacemos, pueden darnos la mejor lección de nuestra vida.
    Y no olvidemos mirar de reojo a los más pequeños, porque ellos aún no están contaminados, no entienden de leyes ni de normas y su inocencia nos puede enseñar lo que de verdad importa. Puede que sólo sea una idealista sin remedio o una mujer ebria de sueños, pero al menos me siento bien leyendo esto que ahora leo. Y lo que ustedes opinen de mí, lo respeto, por supuesto, aunque si he de ser sincera, en el fondo me importa un bledo. 

Para escuchar el audio del artículo pinchar en el link: 
Colaboración Radio Calamocha (Audio de texto)


martes, 27 de marzo de 2018

No toda mujer tiene algo de puta

Hoy me he topado con un artículo: Toda mujer tiene algo de puta. Después de leer el título, creía que nada me sorprendería, pero al llegar al final sólo he podido decir: ¡Oh, cielos! He pensado en mandar un mensaje a la autora. Sí, autora. Ella. Pero hoy amanecí generosa y he decidido hacerle publicidad gratuita porque como mujer -no puta-, me adjudico el derecho a opinar acerca del citado texto.

Dice el escrito, entre otras muchas cosas, que las mujeres que llevan los labios rojos, y visten minifalda son consideradas putas. ¡Toma ya! Me digo mirando de reojo las barras de labios que hay sobre la cómoda. Pues no, no estoy de acuerdo. De hecho, hace unos días me sentí felizmente guapa con mi vestido y mis labios rojos. Además, creo que las mujeres que desempeñan la profesión más antigua del mundo, merecen un respeto. Muchas de ellas son engañadas, secuestradas o maltratadas por algún malnacido, o se han visto en la necesidad de ejercer esta profesión para alimentar a sus hijos, o lo hacen porque les da la gana. Y antes de juzgarlas a ellas, posiblemente empezaría hablando de sus clientes. Pero no seré yo la que juzgue sus vidas, porque  nunca he tenido que ponerme en sus zapatos.

El hombre quiere una mujer que lo satisfaga pero si se comporta sin miedos y con los pantalones bien puestos para decirle al mundo lo que desean, es tachada como puta. Lo confieso, me quedo sin argumentos para debatir afirmaciones como esta. Hasta donde alcanza mi memoria, siempre he sido una persona con pocos miedos y con decisión ante la vida, ¿¡seré puta!?...  Nos hemos encargado que la mujer ideal sea una madre abnegada, una esposa sumisa, una hija solapada, esa mujer intachable a la cual jamás se le relacionaría con algún acto carnal y es por culpa misma de las mujeres que el hombre las ha sometido a cumplir esos roles que aún son notorios después de 14 años de transcurrido del siglo XXI, y esto continúa, leo y releo algunos párrafos creyendo que los he leído mal, pero no. Dicen lo que dicen. Y yo alucino cada vez un poco más. Nunca he sido partidaria de fomentar estos debates sexistas, pero si algo tengo claro, es que hombres y mujeres somos diferentes. Y mucho. De nada sirven algunas comparaciones.

No soy feminista, ni sexóloga, ni terapeuta… Soy simplemente una mujer que se rodea de mujeres que, como mi madre, siempre ha cuidado su aspecto, y a la que nunca he visto como madre abnegada; de amigas casadas o emparejadas que han encontrado a la persona con la que compartir sus días aprendiendo a respetarse como lo que son, personas sin más; de mujeres felizmente solteras, que no se esfuerzan en dar explicaciones. Mujeres que han expresado sus sentimientos, y han compartido sus fantasías sin miedo a que las tacharan de putas. No generalizaré, porque sé perfectamente que no existe una norma que nos haga a todas iguales, cada cual tiene una circunstancia, unos valores y una educación, pero creo que no debemos juzgar tan alegremente, porque es difícil conocer la historia de cada cual.

Entiendo este escrito como un grito de guerra, una extraña necesidad  que tienen algunas mujeres de tener que demostrar siempre que son mejores que los hombres, que no los necesitan porque son felizmente independientes. Y cuando esa soltería es una elección, el insulto sobra, pero si la soltería es una obligación entonces la cosa cambia. Uno de los grandes errores de este mundo en el que vivimos es que creemos que para defender nuestra posición hemos de criticar al resto, cuando todos somos libres de elegir el lugar en el que queremos estar. Pero claro, eso a veces cuesta, y el insulto es el camino más fácil.

No, no todas tenemos algo de putas, y no, no todos hablan así de las mujeres. No generalicemos por culpa de unos cuantos que nunca supieron respetar a una mujer, puta o no. Si queremos que nos respeten, tenemos que empezar respetándonos entre nosotras.



PD: Para ser justa, aquí dejo el enlace del blog que menciono, que por cierto, me ha entretenido un rato. http://boudoircolombia.co/blog/2014/11/toda-mujer-tiene-algo-de-puta/

lunes, 12 de marzo de 2018

El amor de tu vida

¿Existe el amor de tu vida?
Existen los momentos, las personas que se cruzan en nuestro camino y las despedidas, sean tristes o rencorosas. Existen los idilios inolvidables, las relaciones trabajadas, los perdones y los puntos suspensivos. Existen los remedios para la soledad, la compañía rutinaria y las ensoñaciones. Pero, ¿existe también un amor único en nuestra vida?

Idealizamos a esa persona de nuestro pasado que nos dejó momentos únicos para recordar, nos convencemos de que no viviremos nada igual, y que cualquier historia que comencemos será diferente a aquel idilio. Nos referimos a ella como el amor de nuestra vida, y nos castigamos durante largas noches insomnes, añorando a alguien que no está a nuestro lado porque así lo elegimos nosotros, o quizá fueran ellos. 

Justificamos su ausencia repitiéndonos que aquel no era el momento, que alguno de los dos no estaba preparado, y que, en otras circunstancias, seguramente habríamos durado una eternidad, o hasta hoy por lo menos. Es mentira. Puede que hubiéramos alargado lo que fue, pero entonces no sentiríamos lo mismo que sentimos por culpa de la nostalgia, del tantas veces repetido ¿y si…?, y de la atracción que despierta en nosotros todo lo que no podemos conseguir, o que es difícil de conquistar.

El amor de tu vida existe, pero no se trata de un amor único, porque se pueden vivir muchas vidas en una sola. Con el paso de los años nos acostumbramos tanto a estar junto a alguien, que decidimos que no hay mejor lugar que estar a su vera, y queremos envejecer junto a él o ella, acompañarnos durante todos los días compartidos, sean malos o buenos. Sí, ese puede ser el amor de nuestra vida. 

O podría ocurrir que, durante un instante efímero en los calendarios, nuestra rutina se viera alterada por un amor que aparece sin avisar, que nos agita con tanta energía que consigue hacer que nuestro mundo se tambalee, que nos vuelva locos, y que luego desaparezca para siempre. También ese puede ser el amor de nuestra vida. Podríamos vivir la experiencia de disfrutar de una relación asexual, en la que lo más importante es la complicidad que tenemos con una persona que se adentra en nuestra alma y nos desnuda por completo, que nos escucha y nos entiende como aseguramos que nadie lo hizo antes, y que nos empuja a convertirnos en quien siempre nos asustó ser. También podría ser él, o ella.

O que en nuestra tierna juventud conociéramos a nuestro primer amor, pero que las circunstancias nos separaran y que siempre lo recordemos porque fue el primer beso, la caricia inocente y la madurez conquistada. Sí, puede ocurrir…

Descubriríamos entonces que el amor de nuestra vida no tiene un nombre, ni un rostro definido, en realidad, se trata de varias personas que llegaron en momentos diferentes para regalarnos historias tan distintas como importantes.

No nos lamentemos cuando la despedida sea inminente, soltemos lo que ya no tiene cabida en nuestros despertares. No nos obliguemos a vivir algo por miedo a la soledad, dejemos que todo se ordene, que nuestro camino encuentre un nuevo horizonte y, llegado el momento, sabremos si queremos conocer al nuevo amor de nuestra vida, o si, por el contrario, preferimos vivir del recuerdo. Ambas opciones son buenas, siempre y cuando no nos hagan daño, porque la compañía equivocada duele tanto como la nostalgia eterna.

No existe el amor de tu vida. O sí. Cada historia escribe su propia versión.

sábado, 10 de marzo de 2018

El fruto de la guerra




Y en un día como el de hoy llega a mis manos esta imagen.
Un día como hoy, cuando se cumplen catorce años de la masacre del 11 de marzo en Madrid. El día en el que el miedo nos sacudió a los más afortunados, a los que sólo fuimos testigo de la crueldad y de la barbarie.

No sé cuántas veces he escrito acerca de esto, cuántas palabras he empapado de sangre y lágrimas, cuántas he hecho cenizas, ni cuántas he destrozado con balas de odio. No lo sé. Y hoy -o quizá fuera hace dos días-, ha llegado a mis manos una postal con esta imagen, y las mandíbulas me duelen de tanto apretarlas, y la rabia ha bloqueado a mi inspiración y no puedo dejar de mirar a este pequeño, atado a la espalda de su hermano, mientras espera su turno para entrar en el crematorio. Y muerdo mis labios como él lo hace, con una rabia tan diferente a la suya y con una impotencia tan parecida. Cuánta tristeza y cuánta resignación hay en su mirada. La miro una y otra vez y me pregunto si recordar realmente sirve para algo. Parece una pérdida de tiempo, un acto que nuestro egoísmo necesita sentir para liberarse de la culpa.
Cuánta ayuda necesito para entender esto.

Esta fotografía me ha sacudido y desmontado por dentro. La miro y vuelvo a mirarla. Le doy la vuelta como si al hacerlo el dolor pudiera desaparecer, y la impotencia se agarra a mi garganta y me levanto y camino dando vueltas, y me miro en un espejo invisible en el que no me encuentro, y de pronto me desplomo y me siento el ser más miserable del mundo. Qué hago aquí, me pregunto. Ahí afuera siguen sucediendo penas como esta y yo sigo aquí sentada, como si las letras de este folio sirvieran para cambiar algo. Maldita ingenua. No espero cambiar el mundo, la vanidad no es mi fuerte. Pero cambiar algo, un detalle pequeño, un pensamiento negativo o un vacío atrapado en el desconsuelo. Escuché que las palabras pueden ser más poderosas que las balas. ¿Será verdad? Mezclemos entonces los abecedarios y ordenemos sus letras como se nos antoje hacerlo. Escribamos ese párrafo entre todos. Seamos valientes sin escudos. 
 
Hoy ha llegado esta postal a mis manos. Y ni siquiera puedo fijar la mirada en ella más de tres segundos sin romper a llorar. Y la cabeza empieza a darme vueltas y descuento los días en mi calendario, han pasado 73 años desde entonces. ¡Setenta y tres! Y sí, sé que hubo muchas imágenes que precedieron a esta y sí, sé que la guerra es un mal inevitable para muchos y que para todos nosotros hay siempre un malo en esta película. Y también sé que mientras yo estoy aquí sentada, en algún lugar hay niños cargando a sus espaldas los cuerpos de sus hermanos muertos. ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿He de conformarme con mirar fotografías como esta y llorar de rabia y suspirar un vaya? ¿Todo se arregla pensando en la suerte que tengo y en lo afortunada que soy? ¿La solución es aceptar que la vida es así y punto?

No quiero creer que esto sea todo.
No puede creerlo.

Intento mirar esta fotografía como si fuera un hecho aislado, un momento fatal atrapado por el objetivo de una cámara desafortunada. Algo poco habitual. Y entonces una carcajada sarcástica resuena en mi cabeza, y miles de imágenes se proyectan en mi memoria. Imágenes de este tiempo que es el que me ha tocado vivir; imágenes de los cuerpos saltando de las Torres Gemelas; imágenes de niños, multitud de niños, caminando descalzos y dejando atrás una ciudad que ya sólo es fuego y cenizas; imágenes de furgones atravesando avenidas y arrollando a personas inocentes, o aniquilando cuerpos a balazo limpio… Y me quedo un rato con una imagen congelada en mi memoria, puede que la cercanía nos haga sentir el dolor de una manera más real, y que algunos lugares no nos duelan tanto sólo porque están lejos de nuestra realidad. Será otro de los mecanismos de defensa que inventa el ser humano para protegerse del dolor inhumano. Pero me crie en Alcalá de Henares, la ciudad desde la que salieron los trenes aquel maldito 11M, hoy hace catorce años. He viajado y viajo por esas vías. Me he sentado en esos vagones. Y quizá por esta razón este día duela un poquito más que los otros.

Despierto a mi indignación y vuelvo a darle vueltas a lo mismo: ¿Cuántos capítulos más le quedan por escribir al odio? ¿Cuándo dejaremos de permitir que niños como el de esta imagen sean  víctimas inocentes de la barbarie? ¿Cuándo dejaremos de permitir que nuestro ego nos arrastre a la locura?

No, no hay consuelo para los días como este. No hay palabras que llenen el vacío que otros dejaron en nuestras vidas. Sólo nos queda tener esperanza. Aunque nos cueste, es lo último que debemos perder.




Nota: Aunque la leyenda que acompaña a esta fotografía sigue siendo borrosa, la versión oficial es que esta fue tomada por el marine norteamericano Joseph Roger O'Donnell tras el bombardeo de Nagasaki, en el año 1945. El Papa Francisco I ha escogido esta imagen para denunciar el absurdo de las guerras que no cesan a pesar del paso de los años y la acompaña con el título "il fruto della guerra". El fruto de la guerra.

viernes, 9 de marzo de 2018

Eres magia

Estábamos Frida y yo aquella noche vaciando, chupito a chupito, una botella de tequila reposado, y dejamos que nuestras palabras desinhibidas, se mezclaran con el humo de nuestros cigarros. 
Sobre el escenario, iluminada por la llama de dos velas casi consumidas, la voz rota de Chavela le cantaba a un amor perdido. 
Escoge a la persona que te mire como si fueras magia, exclamó la pintora antes de dar el último trago, y su diminuto cuerpo se desmontó sobre la mesa. Y allí me dejó, ebria de emociones, sumida en un sueño coloreado por ella, con el eco de un discurso que, durante el resto de mi vida, resonaría dentro de mi cabeza. 
Elige a esa persona, resucitan hoy sus palabras en este folio falso... A esa que te mira y te atraviesa, que te desnuda el alma con el cuidado del que sabe que está desenvolviendo la fragilidad de lo hermoso. Esa persona que te acaricia sin tocarte y que te devuelve tu primer beso. Escoge a esa persona, que te observa en silencio, agazapada en su soledad y cautivada por el deseo. La que ve en ti lo que nadie más ha descubierto, ese tesoro que guardas con recelo esperando a que alguien merezca tenerlo. 
Elige esa mirada. La que te observa hechizada por el embrujo que le provoca tu presencia, la que escucha tus palabras admirada, la que ve en ti a alguien auténtico.
Esa persona existe, farfulló Frida en sueños, porque la magia nació gracias a ella. 

El camarero se acercó y, sin mediar palabra, retiró la botella vacía y, con un golpe seco, puso otra sobre la mesa. Debe conocer a Frida, pensé. Y sin esperar a que mi acompañante despertara, serví sendos chupitos, y brindé en silencio.  
Por la magia, imagino, o porque se cumplieran mis deseos.

Y canté junto a Chavela.

jueves, 8 de marzo de 2018

Mujeres


"No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas."
Mary Woolstonecraft


Nunca quise ser un hombre.
Me peleé con ellos durante mis primeros años de escuela y desde entonces los he querido y odiado a ratos iguales. 
El amor, ya saben. 
Pero nunca quise ser uno de ellos.
Y tampoco me he sentido divina ni excepcional por ser mujer. Ni poderosa, ni orgullosa, ni superior... Me gusta mi persona, sí. 
Eso es todo.

No soy feminista. Ni machista.

Y no creo que la solución esté en añadir una vocal al final de cada palabra ni en generalizar cuando hablamos de sexos. Imbéciles hay, en masculino y en femenino. Pero lo que sí sé es que tengo suerte.
Mucha. 
Tengo suerte de haber nacido en una era en la que no tengo la entrada vetada a ningún lugar por ser mujer. Gracias a otras que lucharon por ello.
Tengo suerte de poder ejercer el derecho al voto. Gracias a ellas.
Tengo suerte de poder trabajar en lo que me gusta. Y de optar al puesto que desee.
Tengo suerte de vivir en un país en el que las mujeres pueden ser madres, trabajadoras y esposas al mismo tiempo. Y pueden estudiar una carrera universitaria. Suerte de poder decidir acerca de mi vida y no vivir a merced de ningún hombre. Y de no querer ser madre y decirlo. Suerte de haber crecido en un hogar en el que la mesa se pone y se quita seas hijo o hija, en el que las faltas de respeto entre hermanos y hermanas no se permiten, y en el que los regalos llegan a todos por igual. Y cuestan más o menos lo mismo.
Sí, tengo suerte por muchas razones. 
Por eso sé que hoy esto no va por mí. 

Va por ellas. 

Por las que pelean cada día por ser tratadas con respeto. Por las que están empujadas a contraer matrimonio cuando aún no han cumplido los 14. Por las que mueren apedreadas por comportarse como a ellos no les gusta. Por las que no pueden mostrarse como son. Por las que no pueden hablar. Ni leer un libro. Por las que escalan las mismas cumbres y no obtienen los mismos premios que los hombres que también lo hacen.
Por todas las mujeres que han luchado porque hoy estemos aquí y por sobrevivir a los comentarios de  los que veían absurdas sus reivindicaciones.
No buscamos estar por encima de los hombres. Ni ser más que ellos porque sí. Sólo queremos tener el derecho de controlar nuestra vida y de aspirar a los mismos sueños que un hombre sin tener que aceptar condiciones diferentes.
Y no, no todas pueden hacerlo todavía.

Aunque a usted esto le parezca absurdo, hasta no hace mucho, en este país las mujeres ni siquiera podían meter la papeleta en una urna en la que hoy en día incluso puede ir escrito el nombre de una mujer.

Y no olvidemos que es responsabilidad de todos, y que la educación se aprende dentro de cada casa. 
Hubo un tiempo, les diré, en el que las mujeres firmaban sus obras con un Anónimo. 
Ahí lo dejo.




jueves, 22 de febrero de 2018

Para qué vivir a medias

Tengo montones de frases anotadas en papeles que me encuentro en los lugares más insospechados de mi casa. Algunas de ellas han inspirado artículos, y otras terminaron entre los párrafos de un relato o de un libro. Fueron el comienzo de aquella historia, o puede que su final. Y ayer, mientras buscaba algo que no recuerdo en uno de los cajones en los que nada encuentro, apareció una de estas frases escrita en el dorso de un recibo: Para qué vivir a medias.
No es una de mis favoritas, no siempre estoy inspirada, pero algunas palabras solamente llegan para dibujar un norte en mi horizonte cuando ando algo perdida.

Para qué vivir a medias, me pregunto ahora en voz alta. Si esto no es un ensayo y estamos jugando nuestra partida definitiva, para qué vivir a medias. Si esto no consiste en practicar y entrenarnos para lucirnos en una próxima vida.

Para qué vivir a medias, si este ahora pasará de inmediato. Mucho antes de lo que creemos. Y el aire arrastrará nuestras cenizas sin pedir permiso a nadie. De aquí saltaremos a la eternidad. Fin.

Y no existe ningún camino de vuelta al punto de partida.

Y los podría y los debería se van pudriendo en las maletas que olvidamos en un rincón oscuro de nuestra inocencia. Entre los sueños imposibles y las ilusiones decepcionadas.

Para qué vivir a medias si cada vez que el maldito mañana intenta conquistar nuestro presente nada hacemos para evitarlo. Y nos quedamos pasmados, apoltronados en nuestra inofensiva rutina e ignoramos que la vida es hoy. Retamos a nuestro futuro inmediato, que suelta una carcajada ante nuestra chulería y que termina salpicando nuestro orgullo. No te levantas, quieres hacerlo, pero casi siempre encuentras una excusa perfecta. Y así pasamos los días. Viviendo a medias. Para qué, me pregunta este trozo de papel arrugado. Para qué vivir a medias.

Para qué perder el tiempo luchando en una batalla que quizá perdamos... Para qué robar un beso. O ver pasar una sonrisa de largo. Para qué desfilar impasibles frente al atardecer y correr hacia el lugar equivocado.

Para qué huir y soltar en cualquier agujero la pasión perdida. Para qué rendirnos. Ya mañana, si eso, lo vamos viendo.

Somos cobardes, a medias. Y valientes, a medias.
Y un día nos damos cuenta de que la despedida llegó antes de la cuenta.
Para qué guardarnos las palabras que mañana, quizás, ya no recuerden sus letras. Para qué silenciar un te quiero o un hasta nunca.

Gritemos nuestra alegría y escupamos la rabia que nos contamina y nos ciega.
Hagamos lo que nos plazca.
Riamos o lloremos.
Brindemos o callemos.
Pero para qué vivir a medias si nadie, nunca, regresó para la segunda parte. Si vivimos en un tiempo de descuento que se alarga generoso. Y sabemos que hay millones de planes enterrados en el cementerio de los que se conformaron viviendo a medias.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Y Cupido colgó las alas

Cualquier día es bueno para hablar de amor, no es necesario que sea este porque el calendario nos lo diga. Pero también podemos soplar velas cuando nos dé la gana y elegimos un día al año, ¿no? Pues eso. Hoy hablemos de amor y mañana ya volvemos a la actualidad que tanto satura y aburre, dicho sea de paso.

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, se puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y con la mascarilla de pepino refrescando nuestro cutis si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Inteligentes? 
Después de este primer paso, procederemos a escoger entre los candidatos, desplazando el dedo por la pantalla y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. A la gente cada vez le preocupa menos ser auténtica, les va más ser lo que se lleva, lo que está de moda, ser muy top, o un crack o algo por el estilo... En fin. Hay mentiras para todos los gustos. 
Pero si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?

Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se aburrió de mí y colgó las alas. ¡Ahí te dejo sufridora!, me gritó desde su barco velero. (Y cruzó la bahía.)


La gente se enamora, sí. Por unas horas o por una eternidad. Que nuestra historia romántica no haya tenido final feliz no tiene nada que ver con ellos. Celebrad San Valentín por todo lo alto, si es lo que os gusta. Llenad vuestras mesas de rosas y las paredes de corazones pintados en rojo. Pero si esta celebración os parece absurda, no la celebréis. No estáis obligados. Repito: Ninguna persona, esté o no enamorada, está obligada a celebrar el 14 de febrero. Pero dejad tranquilitos a los que sí que lo celebran. Han planificado estas horas de amor desbordado con mayor o menor acierto y tienen derecho a recibir su recompensa. Gocen ustedes. 

Hay muchas formas de celebrar el amor, y para una cosa bonita que tenemos, si nosotros no disfrutamos de su fiesta, al menos dejemos que los demás lo hagan. Que esto no va sólo del amor romántico, sino de aparcar los insultos y los odios por un ratito, y que cada uno ponga un poco de corazón en lo que hace. El mundo sería "mucho más mejor" para todos. 

Amén. Y amen, sin acento. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Volver a los diecisiete


“Volver a los diecisiete
Después de vivir un siglo
Es como descifrar signos
Sin ser sabio competente
Volver a ser de repente
Tan frágil como un segundo…”

Violeta Parra

Gracias Violeta. Pero yo no volvería. Ni a los diecisiete, ni a un tiempo pasado. Aunque la vida a veces se nos complique, y nos invada la necesidad de dar pasos atrás hasta llegar al punto en el que tomamos la decisión equivocada, regresar a otro tiempo me parece una decisión tan absurda como infantil, algo así como el "yo ya no juego"  berreado por el niño que dormita en nuestro interior. Y no nos engañemos, si pudiéramos viajar al pasado todos cambiaríamos algo de lo que hicimos, porque todos cometimos errores, aunque la vida nos haya concedido tiempo para enmendarlos y para asumir las decisiones tomadas. 
Pero regresar significa poner otra vez en marcha la maquinaria del aprendizaje. Recrearnos en las lágrimas que a estas alturas ya están secas, acariciar la cicatriz invisible, colocar la misma piedra del camino… Da un poco de pereza, ¿no?
¿Te imaginas volver a los diecisiete?, le pregunté a una amiga hace unos días. 
Éramos tan frágiles y valientes, contestó. Tan apasionadas por todo, concluyó con la mirada húmeda por la nostalgia. 
No supe qué responder. Mi nostalgia no es la suya y en cuanto a mi pasión, sigue desbordándome como lo hacía entonces. Es algo así como mi piedra en el camino y la luz al final del él. Paradojas de mi vida.

En una ocasión me preguntaron en una entrevista cuál era mi mayor defecto. Mi pasión, respondí yo. ¿Y tu virtud? Mi pasión. Repetí. 
Y es que no hay nada como conocernos y dibujar el perfil de nuestra personalidad en el aire para después encajar en él sin complejos. Y me atrevería a decir que a los diecisiete no era tan apasionada como lo soy ahora. Era inconsciente. Valiente. Inconformista. Salvaje. Osada. (Cómo logré sobrevivirme es algo que nunca he sabido.) Pero se podría decir que, por aquel entonces, mi pasión era también desordenada e indefinida. Quería vivir. Quería la vida. Lo quería todo. Pero lo quería por la misma razón que el caballo sale al galope por un prado verde. Por la libertad. No había un orden en mis gestos ni en mis ilusiones, sólo quería exprimir los momentos, y casi siempre llegaba pronto. O tarde. Agotada o rendida. Aunque pocas veces arrepentida, dicho sea de paso.

Pero los años pasaron, y con ellos mi pasión se despojó de sus capas más pesadas hasta quedarse limpia de cualquier adorno. Madurar, lo llaman. Un verbo que nunca he conjugado muy bien del todo.
Los diecisiete, en definitiva, fueron divertidos. Pero no, gracias. No vuelvo a ellos.
Me quedo con las diminutas arrugas de mi mirada cansada. (Cuando no tienes diecisiete ves las cosas como quieres, no como los demás quieren que las veas). Me quedo con mis sábados por la noche en casa, qué caramba. Con unas caderas que se contonean más seguras que cuando eran firmes y delgadas. Me quedo con el "no" cuando algo no me apetece. Con el suspiro que me provoca la gente que me aburre. Y con castigarme cuando me viene en gana, y no cuando mi madre lo decida. Incluso me quedo con no llegar a fin de mes. Bueno, no, con esto no. Pero lo acepto. Lo que es, por cierto, una de las mejores lecciones de haber pasado los diecisiete años atrás: La aceptación.

Y como cantaría Violeta, me despido dando gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la marcha de mis pies cansados, con ellos anduve ciudades y charcos, playas y desiertos, montañas y llanos y la casa tuya, tu calle y tu patio…