jueves, 22 de febrero de 2018

Para qué vivir a medias

Tengo montones de frases anotadas en papeles que me encuentro en los lugares más insospechados de mi casa. Algunas de ellas han inspirado escritos, y otras terminaron entre los párrafos de un relato o de un libro. Fueron el comienzo de aquella historia, o puede que su final. Sólo yo lo sé. Y ayer, mientras buscaba algo que no recuerdo en uno de los cajones en los que nada encuentro, apareció una de estas frases en el dorso de un recibo:  Para qué vivir a medias. 

No es una de mis favoritas, no siempre estoy inspirada, pero algunas palabras solamente llegan para dibujar un norte en mi horizonte cuando ando perdida. 

Para qué vivir a medias, me pregunto en voz alta.  Si esto no es un ensayo, si estamos jugando nuestra partida definitiva, para qué vivir a medias. Si esto no consiste en practicar y entrenarnos para lucirnos en una próxima vida. 
Para qué vivir a medias, si este ahora pasará de inmediato. Mucho antes de lo que creemos. Y el aire arrastrará nuestras cenizas sin pedir permiso a nadie. De aquí saltaremos a la eternidad. Fin. 
Y no existe ningún camino de  vuelta al punto de partida. 
Y los podría y los debería se van pudriendo en las maletas que olvidamos en un rincón oscuro de nuestra inocencia. Entre los sueños imposibles y las ilusiones decepcionadas. 
Para qué vivir a medias si cada vez que el maldito mañana intenta conquistar nuestro presente nada hacemos para evitarlo. Y nos quedamos pasmados, apoltronados en nuestra inofensiva rutina e ignoramos que la vida es hoy. Retamos a nuestro futuro inmediato, que suelta una carcajada ante nuestra chulería y que termina salpicando nuestro orgullo. No te levantas, quieres hacerlo, pero casi siempre encuentras una excusa perfecta. Y así pasamos los días. Viviendo a medias. Para qué, me pregunta este trozo de papel arrugado. Para qué vivir a medias. 
Para qué perder el tiempo luchando en una batalla que quizá perdamos... Para qué robar un beso. O ver pasar una sonrisa de largo. Para qué desfilar impasibles frente  al atardecer y correr hacia el lugar equivocado. 
Para qué huir y soltar en cualquier agujero la pasión perdida. Para qué rendirnos. Ya mañana, si eso, lo vamos viendo. 

Somos cobardes, a medias. Y valientes, a medias. 
Y un día nos damos cuenta de que la despedida llegó antes de la cuenta. 
Para qué guardarnos las palabras que mañana, quizás, ya no recuerden sus letras. Para qué silenciar un te quiero o un hasta nunca

Gritemos nuestra alegría y escupamos la rabia que nos contamina y nos ciega. 
Hagamos lo que nos plazca. 
Riamos o lloremos. 
Brindemos o callemos. 
Pero para qué vivir a medias si nadie, nunca, regresó para la segunda parte. Si vivimos en un tiempo de descuento que se alarga generoso. Y sabemos que hay millones de planes enterrados en el cementerio de los que se conformaron viviendo a medias. 

miércoles, 14 de febrero de 2018

Y Cupido colgó las alas

Cualquier día es bueno para hablar de amor, no es necesario que sea este porque el calendario nos lo diga. Pero también podemos soplar velas cuando nos dé la gana y elegimos un día al año, ¿no? Pues eso. Hoy hablemos de amor y mañana ya volvemos a la actualidad que tanto satura y aburre, dicho sea de paso.

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, se puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y con la mascarilla de pepino refrescando nuestro cutis si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Inteligentes? 
Después de este primer paso, procederemos a escoger entre los candidatos, desplazando el dedo por la pantalla y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. A la gente cada vez le preocupa menos ser auténtica, les va más ser lo que se lleva, lo que está de moda, ser muy top, o un crack o algo por el estilo... En fin. Hay mentiras para todos los gustos. 
Pero si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?

Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se aburrió de mí y colgó las alas. ¡Ahí te dejo sufridora!, me gritó desde su barco velero. (Y cruzó la bahía.)


La gente se enamora, sí. Por unas horas o por una eternidad. Que nuestra historia romántica no haya tenido final feliz no tiene nada que ver con ellos. Celebrad San Valentín por todo lo alto, si es lo que os gusta. Llenad vuestras mesas de rosas y las paredes de corazones pintados en rojo. Pero si esta celebración os parece absurda, no la celebréis. No estáis obligados. Repito: Ninguna persona, esté o no enamorada, está obligada a celebrar el 14 de febrero. Pero dejad tranquilitos a los que sí que lo celebran. Han planificado estas horas de amor desbordado con mayor o menor acierto y tienen derecho a recibir su recompensa. Gocen ustedes. 

Hay muchas formas de celebrar el amor, y para una cosa bonita que tenemos, si nosotros no disfrutamos de su fiesta, al menos dejemos que los demás lo hagan. Que esto no va sólo del amor romántico, sino de aparcar los insultos y los odios por un ratito, y que cada uno ponga un poco de corazón en lo que hace. El mundo sería "mucho más mejor" para todos. 

Amén. Y amen, sin acento. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Volver a los diecisiete


“Volver a los diecisiete
Después de vivir un siglo
Es como descifrar signos
Sin ser sabio competente
Volver a ser de repente
Tan frágil como un segundo…”

Violeta Parra

Gracias Violeta. Pero yo no volvería. Ni a los diecisiete, ni a un tiempo pasado. Aunque la vida a veces se nos complique, y nos invada la necesidad de dar pasos atrás hasta llegar al punto en el que tomamos la decisión equivocada, regresar a otro tiempo me parece una decisión tan absurda como infantil, algo así como el "yo ya no juego"  berreado por el niño que dormita en nuestro interior. Y no nos engañemos, si pudiéramos viajar al pasado todos cambiaríamos algo de lo que hicimos, porque todos cometimos errores, aunque la vida nos haya concedido tiempo para enmendarlos y para asumir las decisiones tomadas. 
Pero regresar significa poner otra vez en marcha la maquinaria del aprendizaje. Recrearnos en las lágrimas que a estas alturas ya están secas, acariciar la cicatriz invisible, colocar la misma piedra del camino… Da un poco de pereza, ¿no?
¿Te imaginas volver a los diecisiete?, le pregunté a una amiga hace unos días. 
Éramos tan frágiles y valientes, contestó. Tan apasionadas por todo, concluyó con la mirada húmeda por la nostalgia. 
No supe qué responder. Mi nostalgia no es la suya y en cuanto a mi pasión, sigue desbordándome como lo hacía entonces. Es algo así como mi piedra en el camino y la luz al final del él. Paradojas de mi vida.

En una ocasión me preguntaron en una entrevista cuál era mi mayor defecto. Mi pasión, respondí yo. ¿Y tu virtud? Mi pasión. Repetí. 
Y es que no hay nada como conocernos y dibujar el perfil de nuestra personalidad en el aire para después encajar en él sin complejos. Y me atrevería a decir que a los diecisiete no era tan apasionada como lo soy ahora. Era inconsciente. Valiente. Inconformista. Salvaje. Osada. (Cómo logré sobrevivirme es algo que nunca he sabido.) Pero se podría decir que, por aquel entonces, mi pasión era también desordenada e indefinida. Quería vivir. Quería la vida. Lo quería todo. Pero lo quería por la misma razón que el caballo sale al galope por un prado verde. Por la libertad. No había un orden en mis gestos ni en mis ilusiones, sólo quería exprimir los momentos, y casi siempre llegaba pronto. O tarde. Agotada o rendida. Aunque pocas veces arrepentida, dicho sea de paso.

Pero los años pasaron, y con ellos mi pasión se despojó de sus capas más pesadas hasta quedarse limpia de cualquier adorno. Madurar, lo llaman. Un verbo que nunca he conjugado muy bien del todo.
Los diecisiete, en definitiva, fueron divertidos. Pero no, gracias. No vuelvo a ellos.
Me quedo con las diminutas arrugas de mi mirada cansada. (Cuando no tienes diecisiete ves las cosas como quieres, no como los demás quieren que las veas). Me quedo con mis sábados por la noche en casa, qué caramba. Con unas caderas que se contonean más seguras que cuando eran firmes y delgadas. Me quedo con el "no" cuando algo no me apetece. Con el suspiro que me provoca la gente que me aburre. Y con castigarme cuando me viene en gana, y no cuando mi madre lo decida. Incluso me quedo con no llegar a fin de mes. Bueno, no, con esto no. Pero lo acepto. Lo que es, por cierto, una de las mejores lecciones de haber pasado los diecisiete años atrás: La aceptación.

Y como cantaría Violeta, me despido dando gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la marcha de mis pies cansados, con ellos anduve ciudades y charcos, playas y desiertos, montañas y llanos y la casa tuya, tu calle y tu patio…



martes, 23 de enero de 2018

Elegí Madrid


Elegí Madrid porque es una ciudad que no me vio nacer, porque aquí crecí, y porque la conozco sin haberme paseado dando vueltas sobre su mapa dibujado. 

La conocí así como se conocen las ciudades, como mi padre me enseñó a hacerlo, perdiéndome por sus rincones y descubriendo sus secretos. 
Porque en Madrid te pierdes y te encuentras. 
Porque sales a la calle sin demasiada ropa, o con ropa de más porque aunque el día sea soleado sabes que refrescará. Elegí Madrid por sus atardeceres coloreados, por sus gentes, sus aceras polvorientas, tiendas, bares, restaurantes, taxistas impacientes, deportistas, putas de Campo y Montera, soñadores, palacios y Palacios, intelectuales de pancarta. 
Por su tráfico ensordecedor, sus huevos estrellados, su asfalto eternamente agujereado, sus Farolas y kleenex en semáforos en rojo, sus tirantes calidos en verano, sus jardines de verde imposible, y su ópera enzarzuelada.

Elegí Madrid por tantas razones que un libro entero necesitaría. E intento describirlo al detalle porque quiero que conozcan el lugar en el que tantas veces he vuelto a nacer, el lugar que cada día abre sus puertas a las oportunidades infinitas. Aunque el olor, su olor, falte.
Elegí Madrid por sus rebosantes platos de tradición, por Jesús el Pobre en Semana Santa, por museos con más historia en sus muros que en las obras que cuelgan de sus paredes, por tiendas de firma y de mercadillo, por barrios tomados por grupos marginados, por las canciones de Sabinas y Urquijos (gracias poetas), por sus interminables fotos robadas, por cuentos en bares escondidos y conciertos en lugares clandestinos, casas rehabilitadas en barrios reformados, por la Movida parida en los ochenta, por la Movida que aún sigue vive.
Por luces y sombras alargadas en otoño, atascos y silencios de sirenas, vinos y minis en papeleras llenas, porros y puros, Olimpiadas que no llegan, gentes y gentuzas, el luto de Atocha, conocidos desconocidos y olvidados entre cajas borrachas.

Porque una ciudad sin sonrisa es un cementerio con vida, y Madrid siempre sonríe para dar la bienvenida al viajero que llega, al vecino que despierta o al paseante perdido.
Elegí Madrid porque es la única forma que tengo de agradecerle a este lugar todo lo que me ha regalado. Noches en vela y días perdidos. Respuestas que arrancaba al aire cuando sólo al aire le hablaba. Recuerdos que escupía al asfalto, soñando un agujero, una boca de metro o una alcantarilla. Recuerdos que no volvieran.


Porque en Madrid aprendí todo lo que soy, y espero que me quede aún mucho más por aprender, para la segunda o la tercera parte de esto que escribo. Para un folio más al menos.
En Madrid se vive cada día una vida diferente, y se nos brinda la oportunidad de tomar cualquier camino que decidamos tomar, por muy difícil que nos parezca encontrarlo. Porque sólo en Madrid el demonio se atrevería a salir de su escondite pidiendo ser perdonado.


Por todo esto elegí Madrid.



Imagen: Gran Vía de Antonio López

jueves, 11 de enero de 2018

Tu primer día

Llega un momento en el que, por la razón que sea, dejamos de ser niños. Un día en el que aburridos de lucir tantas máscaras, nos atrevemos a ser nosotros. 

Abajo el telón.

Llega un momento en el que dejas de pensar en tonterías, y no te esfuerzas por recibir una palabra cariñosa de aquellos a los que les cuesta decirla. Dices no, cuando algo no quieres, y no tienes remordimientos de conciencia. Aprendes que, al margen de todo lo aprendido, ser buena persona no significa ser imbécil. Respetas las ideas y opiniones del resto, y hablas con educación, pero cuando algo no te gusta lo evitas, y cuando alguien te hace daño, lo ignoras. Porque no, no estamos para aguantar tonterías.

Llega un momento en la vida en el que te pones por delante de cualquier prioridad, y que entiendes que, si tú no estás en ese lugar óptimo en el que mereces estar, a tu alrededor nada irá bien. Por mucho que se finja. Y te atreves a todo, dejas de presumir acerca de lo atrevido que eres, simplemente te atreves. Permites que tu corazón se adapte a ti, que te siga por cualquier camino que desees caminar y te vuelves loco, porque descubres que es en la locura donde a menudo se encuentra la calma.

Llega un momento en el que das por terminada la eterna lista de propósitos y empujado por una fuerza desconocida, te pones en marcha, te los crees por fin y vas a por ellos. Porque ese día entiendes que el tiempo no espera para nadie, y que la vida fluye veloz. Agarras con fuerza el momento presente y lo zarandeas, lo disfrutas y lo exprimes, no piensas en mañana, no anhelas el ayer. Te plantas en medio de tu camino y decides que hoy empieza todo, que hoy es el primer día del resto de tu vida.


Y así empieza una nueva historia, viviendo cada día como si fuera el primero. 
Cumplir años es el mejor regalo. 


Feliz cumpleaños a mí.

domingo, 7 de enero de 2018

Cien años

La bisabuela de mis sobrinos ha cumplido 100 años.
Cien. Un siglo.
Es la primera persona centenaria -de carne y hueso- que conozco, nació en el día de Reyes y por eso su parroquia ayer la homenajeó y el mismísimo Rey Melchor, acompañado de sus dos inseparables, le entregó un ramo de flores y un presente. Si a algunos nos cuesta desprendernos de las capas bajo las que se esconde el niño que fuimos, imagino lo difícil que debe de ser desprenderse de cien años.

La bisa, como muchos la conocemos, es una mujer que siempre saluda con una sonrisa -se ha ganado el derecho a sonreír a quien le dé la gana-, por eso es sorprendente escuchar a sus allegados contar que desde que cumplió los cuarenta, ya murmuraba resignada acerca de lo poco que le quedaba de vida. A lo mejor este el secreto de la longevidad: lamentarse por lo que no vendrá y centrarse en el tiempo presente. Y así, entre suspiro y lamento, llegó a los cincuenta. Y después cumplió los sesenta. Y sumó y siguió hasta cumplir un siglo de vida que, dicho así, hace que una quiera zambullirse de cabeza en cualquier libro de historia hasta llegar al año 1918, el año de su nacimiento, en el día en el que los Reyes Magos todavía no regalaban consolas, ni ordenadores, ni teléfonos inteligentes, porque ni siquiera ellos podían imaginar lo mucho que cambiarían las cartas que recibirían con el paso del tiempo.
Un siglo de vida que visto desde la línea de meta, bien puede parecer una carrera de obstáculos. Sobrevivir a las guerras, revoluciones, hambrunas, enfermedades y demás zancadillas del destino y sus antojos le otorgan a uno la medalla de oro por derecho propio. Sin vencedores ni vencidos. Y mientras muchos observan en el espejo las arrugas de sus miradas con resignación, y llenan sus neveras de productos que alargan la vida, y esculpen sus cuerpos en el gimnasio y mezclan pastillas milagrosas en el tarro de la esperanza, otros se dedican a vivir, sin plantearse cuál es la mejor forma de hacerlo. Respiran, agradecen, y continúan. Los débiles de veras nunca se rinden, decía Benedetti.

Ayer, mientras observaba a la bisa rodeada de los familiares y amigos que acudieron a felicitarla, recordé una frase de mi última novela: todas las vidas pueden ser noveladas. Unas más que otras, añadiría hoy. Porque, aunque no trascienda nada de lo que hagamos, ni seamos portadas de periódicos, aunque no dejemos nuestra impronta en una obra de arte que nos conceda la inmortalidad, ni paseemos por la vida con una corona de laurel decorando nuestro ego, todos somos importantes. Todos tenemos una historia que contar e infinitos recuerdos en los que acurrucarnos para ser eternos en las vidas de los que nos sobreviven.
Cada cual tiene el derecho -y la obligación- de escribir los mejores capítulos de su historia, y si al llegar a la meta lo primero que decimos es ¿puedo repetir?, significará que algo hemos hecho bien.

Felicidades a todos los que siguen cumpliendo años y siguen celebrándolo con entusiasmo.


viernes, 29 de diciembre de 2017

La agenda de las ilusiones

Celebremos o no el fin de año, en algún momento todos hemos dicho adiós (murmurando o gritando) a una etapa de nuestra vida en la que abandonamos una parte de nosotros, y despertamos valientes en un nuevo año dispuestos a volver a empezar. Otra vez.
 
Empezamos.

Empecemos.

Para muchos este momento es un punto y aparte, para otros es tan solo un día más. Pero, así como soplamos un deseo al apagar las velas de nuestra tarta, también podemos hacer que este instante en el que los números de nuestros calendarios suman una cifra, marque un antes y un después, no en nuestras realidades, sino en el libro de nuestras ilusiones.
El ajetreo del día a día a veces nos impide hacer balance, así que este es un buen momento para pararnos un segundo, respirar, y pensar en todo lo acontecido. Estoy segura de que lo bueno rellenará más páginas que lo malo, pero esta maldita memoria a veces se empeña en castigarnos con los recuerdos tristes para que no volvamos a cometer los mismos errores... Algo bastante improbable, porque la piedra en el camino está para que tropecemos con ella más de una vez, aunque con los años aprendamos a caer con estilo y la caída sea cada vez menos dolorosa.

Podemos pensar en aquello que hicimos o que no hicimos, y proponernos cambiar o mejorar. Dar un paso adelante, atrevernos a ser diferentes, hablar sin miedos, decir sí, decir no, robar besos, abrazar invisibles, brindar con la tristeza, saltar al vacío, inventar colores, inventar presentes y futuros, inventar los recuerdos de los nuevos días... Y ser perseverantes para alcanzar ese sueño.

Y los sueños terminan por cumplirse.
Creer que es posible es el primer paso para conseguir que esto suceda.

Feliz despedida. Feliz comienzo. 





viernes, 15 de diciembre de 2017

Diciembre

Tiene el mes de diciembre ese aroma...
Celebremos o no los días con los que el año termina, es inevitable que cualquier día de diciembre la melancolía nos sorprenda doblando la próxima esquina. Y su presencia es más evidente con el paso de los años, cuando apretujamos las experiencias de la vida en nuestras mochilas, a veces pesadas, otras ligeras, y entre ellas disimulamos añoranzas y recuerdos, quizá inventados, que nos transportan hasta ese estado de felicidad nostálgica.
La melancolía, dicen.

Tiene el mes de diciembre los cinco sentidos -seis en algunos casos-, concentrados en cada gesto y en cada palabra, frases emborrachadas con la ayuda de los “te acuerdas” y miradas brillantes a diestro y siniestro. Las pieles más afortunadas se templan con el roce de la lana, huele a castañas, a frío y a ayer,  y la alegría se propaga por el aire entre adornos y guirnaldas. Los reencuentros se multiplican en las reuniones que terminan entre las peleas y las carcajadas de las sobremesas endulzadas más de la cuenta. Sillas vacías ocupadas sólo durante esta época, ausencias en los estómagos encogidos, brindis atrevidos e infinitos. Magia en la mirada de los niños y en la de los adultos que los observan. El sonido en bucle de una pandereta, de una melodía sin ritmo alguno y de los mensajes de felicidad escritos para estas fechas. La estrella de Oriente que se acerca, el respeto a las creencias que nos han brindado la oportunidad de compartir su Fiesta.


Diciembre tiene el encanto de los comienzos, la certeza de que la vida seguirá latiendo mañana y que los amaneceres, de momento, regresarán de nuevo. El adiós sin girar la cabeza, la despedida de los días que dolieron, recuerdos enterrados por las lecciones aprendidas, y el optimismo que siente el que renueva sus sueños. Hoy empieza todo, se dicen. Diciembre termina con la llegada del más importante de todos los “primer día del resto de tu vida”. El más cierto de todos.

Para muchos, diciembre no es más que un invento, una estampa idílica que alguien inventó en su beneficio con el único fin de arrastrarnos hasta su Reino y crearnos necesidades e inquietudes. Y la mayoría sucumbimos a su embrujo, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no dejarnos contagiar aunque sólo sea un momento? ¿Por qué no fingir felicidad hasta convencernos? ¿Por qué no dar el esquinazo a los rencores y sus consecuencias? ¿Por qué no aprender a ser mejores personas? 


Y a pesar de los insultos y de las ofensas que recibe antes y después de su regreso, diciembre sigue sin rendirse y seguirá acudiendo a su cita año tras año. Y aquel que quiera su derrota, lo mejor es que se trague el odio y que guarde silencio, que le dé la espalda y que ignore su presencia. Que deje a los felices serlo, sea o no esta una felicidad fingida, porque es la de ellos al fin y al cabo, y nadie murió por ver felices al resto. Salvo la envidia, claro.  

Tiene diciembre la excusa perfecta para rescatar al niño que un día brilló en nuestra mirada y que nos enseñó a ver la magia más allá de la realidad en la que le tocaría crecer mañana. Que ya es hoy.


 

martes, 28 de noviembre de 2017

Por los sueños de los niños

Durante los días de felicidad el tiempo se empeña en correr más rápido de lo normal. Por esta razón, no sé si han pasado días o semanas desde que ocurrió lo que hoy me dispongo a contar, pero con seguridad diría que no han pasado más de dos lunas llenas…

Por casualidad descubrí escondida dentro de una carpeta una historia que escribí hace años. Olvidada en el fondo de una caja arrugada y cubierta de polvo. Y al tocar el folio escrito con  mi pobre caligrafía, sucedió lo que sólo sucede gracias a la magia; me transporté de inmediato a un tiempo pasado, a un aula vacía llena de mesas de color verde, a la pizarra de color verde, una puerta de color verde, y una profesora de… sigamos. Me acerqué hasta ella caminando despacio, mientras rebuscaba en mi mochila con la mano temblorosa, y casi susurrando le ofrecí mi obra de arte forzando una sonrisa que pretendía parecer orgullosa, es que a mí me gusta mucho escribir, le dije. Ella me miró sin verme, cogió el folio desganada y cuando me disponía a salir corriendo de allí, tal y como corría la protagonista de mi humilde relato, su característico grito autoritario me frenó en seco. Me quedé paralizada junto a la puerta mientras ella leía sin apartar la mirada del folio, escuché la carcajada de un dibujo animado dentro de mi cabeza, mi maestra rompió el silencio con un suspiro, un bufido o un sonido que no definiría igual una niña que una adulta. Me lo entregó con la misma vehemencia con la que me lo había arrebatado segundos antes, esta vez mirándome fijamente. Está bien, dijo, si te gusta escribir: escribe, pero que sepas que escribir es algo muy difícil y que no todo el mundo sirve… No me rozó, pero al recordar esto, aún siento el cosquilleo de su sopapo en mi mejilla.

Le di las gracias, aunque todavía no sé por qué.

Salí de allí disimulando mi derrota. Ella era la única persona a la que le había confesado mi pasión secreta, y si nadie más sabía de ello hasta entonces, no había razón para preocuparse por las críticas de los demás. Llegué a casa, guardé el folio dentro de la misma carpeta que recuperé hace unos días, y acto seguido abrí un cuaderno nuevo en el que empecé a escribir el primero de muchos cuadernos que sólo yo leería… Hay más de veinte.

Si hoy recupero esta anécdota, lo hago por mis sobrinos. Y por los hijos de mis amigos. Y por los amigos de mis sobrinos, y los amigos de los hijos de mis amigos. Por todos. Porque los veo crecer, y no hay día que pase que no descubra en sus miradas un brillo nuevo o diferente, porque cogen la raqueta empuñándola con la seguridad de un ganador para días después olvidarla en la bolsa de deportes y cambiarla por un balón, porque los miro mientras pintarrajean en un folio un dibujo imaginado, y les escucho leer cuando se pierden en la historia que cuenta su libro nuevo. Sí, es por ellos, por esos niños que sonríen cuando tocan bien dos notas de la flauta que un día fue nuestra, cuando te reciben haciendo volteretas imperfectas o repitiendo a voz en grito la tabla de multiplicar, y cuando sueltan una carcajada al dar la primera pedalada en su bici sin unas manos adultas que los sostengan… Por las manchas en sus delantales cuando preparan por sorpresa su primer desayuno, y cuando se recrean durante horas haciendo un puzle y dando una lección de paciencia a padres, tíos, abuelos o cualquiera que pase por allí. Por los niños que miran los mapas y se imaginan cómo será el mundo más allá de sus hogares, los que presumen de su perfecta caligrafía, y los que miran con admiración a sus padres pensando que algún día serán como ellos…

Cuando recordé el instante del sopapo que nunca recibí de mi profesora de lengua, lo primero que hice fue pensar en ellos. Y también pensé en aquellos que no tuvieron mi suerte de mantener viva su ilusión secreta,  y que después de más de dos décadas aún siguen soñando con lo que soñaban tiempo atrás. No puedo evitar que una persona como aquella aparezca en sus vidas, y haga desaparecer su ilusión con un simple chasquido de dedos, pero lo que sí que puedo hacer es seguir estando presente en sus días, no animarles a que sean estrellas, ni los más listos de la clase, ni tampoco a que sean los más educados, ni los más guapos… no, eso no puedo hacerlo, pero los adultos tenemos la obligación de estar presentes en sus vidas, de animar y apoyar sus ilusiones, aunque estas signifiquen decorar una sencilla caja de zapatos, no importa, porque un simple gesto cómplice o un aplauso bastarán para que el sueño de cualquier niño no se quede escondido en una caja hasta que sean adultos. Porque seguramente en ese  momento ya habrán perdido la inocencia y la valentía innata en cualquiera de ellos. 
Y sé de lo que hablo.


Tenemos la posibilidad de poner nuestro granito de arena, para hacer de este un mundo mejor, y no olvidemos que este mundo algún día será de ellos. De esos niños que hoy pasean por nuestro lado, y que aún no saben que lo más importante de la vida es respetar, ser buenas personas y soñar, soñar, soñar… 


Dedicado a mis sobrinos y ahijadas. Gracias por recordarme quién soy.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ni siquiera tú

A algunas personas se les llena la boca de frases hechas, creen saber qué es lo bueno para nosotros  y qué es lo que nunca debemos hacer. Ignoran que nuestra alma no siente como la suya, y que aquello que ellos harían en determinadas situaciones, nosotros jamás nos atreveríamos a hacerlo. Personas que intentan encajar dentro de unos zapatos que no les pertenecen, esforzándose para entrar en ellos, o caminando con torpeza porque les quedan grandes. Ellos no saben nada, no pueden saber lo que ni siquiera tú sabes.


Algunos no se cuestionan el porqué ni el cómo, y viven sin otra ilusión que despertar cada día, respirar y volver a despertar. Otros sienten la falta de aire por culpa de la continua inquietud acerca de su mañana o por la nostalgia de un ayer que ya no volverá. No pensar en nada se convierte en una bendición cuando la cabeza no deja de marearse dando vueltas hasta perder la cordura. Cada uno vive como sabe, como puede o como quiere. Y ni siquiera tú sabes decirme en cuál de estas vidas puedo encajar.
Ni siquiera tú, maldito y venerado espejo. Que me recuerdas las arrugas que soy incapaz de disimular, que reflejas el agotamiento de mi mirada cansada y el brillo de mis ojos emocionados. Ni siquiera tú, que llevas años mirándome cara a cara. Tú que me has visto crecer, madurar dando traspiés, y tomar decisiones con mayor o menor acierto. Ni siquiera tú, que has sido testigo de mis lágrimas y de mis sonrisas, que has escuchado mis reflexiones tan absurdas como  acertadas. Ni siquiera tú puedes afirmar conocerme.
Escucho frases atropelladas de los que dicen saberlo todo de mí, olvidan que para la gran mayoría soy una máscara que dibujé en mi rostro para encajar en sus vidas con naturalidad. Qué sabrán ellos, qué atrevida es la ignorancia… Qué querrán de mí, cuando ni siquiera tú eres capaz de pedirme nada mientras gritas que lo haga todo. Cuando ni siquiera tú, espejo inmortal, eres capaz de mostrarme el reflejo real de mi alma. Tan viva a veces, tan misteriosa otras. Y tan ausente.
Ni siquiera tú sabes qué decir, tú que eres la más honesta de todas las voces que me hablan. Ni siquiera tú.
Dime, espejito mágico, ¿cuál es la más pura de todas mis personalidades?

martes, 7 de noviembre de 2017

La normalidad

Hace unos días compartí mesa y mantel con un grupo de conocidos y, después del segundo vino, y de saltar por encima de los independentistas y de los fachas, uno de los comensales sacó el tema de siempre y empezó a hablar acerca de las relaciones:

-No es normal que una mujer joven se enamore de un hombre mayor, está claro cuál es el interés que tiene ella, afirmó. 

-¿Y el interés que tiene él?, despertó a la guerrera que hay en mí, algo tendrá la mujer joven para que él quiera estar a su lado… ¿y si hablamos de un hombre joven y una mujer mayor?, pregunté entonces, ¿eso es más normal? Ni siquiera meditó su respuesta: 

-Eso es porque el chico joven tiene un trauma o algo.

Me serví otra copa de vino y dejé que se llevaran nuestra conversación con el primer plato, pero, tan pronto nos sirvieron el segundo empezaron a hablar acerca de la maternidad subrogada. Una moda absurda y estúpida, según dijeron. Lo que llevó a otro de los comensales, ¿o era el mismo de antes?, a opinar al respecto, y cito textualmente:

-Me parece fatal que los maricones y las lesbianas adopten

Me puso el capote y entré cual Miura, lo sé: 

-Yo creo que lo importante es que el niño sea querido, repliqué, pero… 

-El niño necesita la figura de un padre y una madre, me interrumpió, vamos a dejar de hacer normales cosas que no lo son

Las respuestas se agolpaban en mi garganta, las imágenes de algunos padres que he conocido a lo largo de los años se sucedían en mi cabeza, de padres que dan lecciones de una moralidad que ni ellos respetan… Depende de la figura del padre y de la madre, contesté sin mencionar ningún caso en concreto, muchas veces ellos son el peor de los ejemplos.
En este aspecto soy yo la que se muestra contundente e inflexible, opino que algunas personas deberían pasar las mismas pruebas que pasan aquellos que están inmersos en un proceso de adopción. Con psicólogo incluido.
Su respuesta a mis réplicas fue de los más interesante: 

-Hija, qué carácter, así no vamos a casarte nunca. 

Me dejó sin palabras. Hay tal cantidad de detalles que analizar en una frase como esta, que necesitaría una novela entera para no dejarme nada en el tintero, por suerte la maestra Woolf ya pensó en ello años atrás. Yo podría haber contestado tantas cosas, podría haber dado tantas explicaciones… pero eso nos habría llevado a otros tópicos que de tan aburridos que me resultan, ni me apeteció ponerlos encima de la mesa ni tampoco me apetece mencionarlos ahora. Hay bucles de los que sólo se escapa con la boca cerrada.



Me salté el postre, pedí café, apreté las mandíbulas hasta escucharlas chirriar e hice lo mismo que hizo el resto: paseé la mirada por el techo en silencio. No es algo que me resulte fácil hacer, no creo que callarse sea siempre la mejor opción, porque lo que no se dice acaba reventándonos en las entrañas. La mayoría de las personas tenemos una opinión, y si no la compartimos delante del resto, la compartiremos detrás de ellos, y bien sabemos que lo que se dice por la espalda suele terminar clavado en nuestra retaguardia. Soy más de hablar, discutir o callar mirando a los ojos. Cada cual con sus defectos. 
La conversación se quedó en mí para terminar aquí escrita y no me inquietó más allá de la puerta del restaurante. Me he hecho una experta en soltar lastre y abandonar en el camino todo lo que no me enseñe a ser mejor, más respetuosa y más tolerante con mi entorno. Y más feliz, por encima de todo.
No soy normal. Lo acepto. Si la normalidad depende de hacer lo que hace la mayoría de la gente, y de encajar en las vidas clonadas, yo no soy normal. De hecho, creo que si me respeto por algo es por ser coherente conmigo misma y no ser lo que no quiero ser. Seguiré discutiendo cuando escuche algo que no me gusta, discutir no es pelear, aunque la vehemencia de mis palabras haga creer lo contrario a los que me rodean. Me gusta el drama, qué le voy a hacer. Aunque reconozco que muchas veces lo mejor es callar y cerrar los ojos cuando me ponen el capote delante, de nada sirve implicarse en conversaciones que acaban desgastándonos sin enseñarnos nada a cambio.

No ser normal es agotador. Una pena que uno no pueda cambiarse cuando le venga en gana. 

martes, 3 de octubre de 2017

El odio

"Ved cuan activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con qué ligereza salva obstáculos,
y qué fácil le resulta saltar sobre su presa."


El odio, Wislawa Szymborska

Pido un aplauso para mí, por favor. 

Y otro para usted… Un aplauso para todos, ¡qué caramba! Aplaudámonos los unos a los otros, un aplauso para todos nosotros que, desde el momento en el que nacemos, ya formamos parte de ese algo que llamamos humanidad. 
Hemos logrado sortear batallas en nombre de un dios, o de varios de ellos; luchado en guerras defendiendo unos colores que nos adjudicaron en un momento determinado; hemos invertido la inteligencia que nos fue regalada en inventar artilugios y razones para destruir al otro, creyendo que eso nos haría mejores, ¡ay, ignorantes! 

Hemos sobrevivido a cruzadas, a exilios y a mandatos de dudosa moralidad. Y después de esto, de cubrir prados y desiertos con la ceniza de los que tuvieron sus amaneceres contados, después de domar a animales y a personas, de nombrarnos amos y señores de lugares que no fueron creados para ser poseídos, sino disfrutados… después de todo, hemos llegado hasta aquí. 

Pero no pido un aplauso para nosotros por esto, no, yo pido un aplauso para el odio, porque hemos sido capaces de llegar hasta aquí, después de tantos siglos, de convivencias repugnantes y de recuerdos convertidos en lecciones que nunca aprendimos, con el odio vivo entre nosotros. 
Felicidades a los humanos inteligentes y racionales, enhorabuena por lograr mantener con vida lo único que podrá acabar con nosotros para siempre. Y ahora descubrimos que aquello que criticamos, aquello que recordamos con un aniversario y un llanto, y que vivieron y sufrieron nuestros ancestros, no dista mucho de la realidad que hoy vivimos… ¿No hemos aprendido nada?
Nos sentimos superiores a los demás porque la suerte nos colocó en este país en lugar de en aquel otro, insultamos y menospreciamos a los que no piensan como nosotros, escupimos al que luce un color de piel diferente y apedreamos a los que no respetan leyes que la cruel mano del hombre acomplejado grabó en piedras inmortales… Pero seguimos odiando. Y pocos se dan cuenta de que la evolución de la especie dejó de ser tal hace muchos calendarios, y ya empezamos a involucionar hace mucho tiempo, cuando después de habernos sido concedidas decenas de oportunidades, decidimos seguir caminando hacia el mismo lugar, y seguir peleando por las mismas razones, ignorando a las almas inocentes que se quedaron en el camino.
Desde este humilde rincón quisiera recordar que todos somos personas. Sois hermanos, amigos de la infancia y conocidos. Sois personas, ¡maldita sea! ¿Qué estáis haciendo? ¿Vale la pena este odio?¿En serio? Mirad a los más pequeños, y decid que esta es la lección que queréis darles. Todo por el ego y el orgullo. El absurdo orgullo y el maldito rencor. Para qué, en serio, para qué... No sois más que las marionetas de los poderosos, ¿no os dais cuenta?
No vale la pena. Lo veréis. Lo veremos todos. Ojalá no sea tarde.

Involucionar:  Dicho de un proceso biológico, político, cultural, económico, etc.retroceder (volver atrás).








martes, 26 de septiembre de 2017

Un cuento para mis sobrinos






Mis sobrinos me pidieron que escribiera un cuento en el que los protagonistas fueran un avestruz y un puma. No les confesé lo poco que me gustan las historias en las que los animales tienen voz y hablan como las personas, y me puse a ello. Al menos lo intenté. Me senté delante de un folio en blanco y sólo fui capaz de escribir un nombre, Marcela, que así decidí que se llamaría el avestruz. 
Nada más.
Mi imaginación se fue directamente al final de la historia sin saber qué sucedía en ella, porque lo que realmente me importaba era que algo aprendieran después de terminarla. ¿Qué puedo enseñarles yo?, pensé, esperando que esta pregunta me llevara al comienzo. Pero no, no se me ocurrió nada.
Abandoné a Marcela en el folio que dejé sobre el montón de “futuros proyectos”, y me olvidé de él hasta que, ayer, apareció en la pantalla de mi ordenador el video que acompaña estas letras,  y me trajo a Marcela de vuelta. 
¿Qué quiero enseñarles yo?, me pregunté entonces.

En mi papel de tía, hay lecciones que me corresponde impartir si quiero formar parte de su vida. Y sí, quiero. Intentaría que, con mi historia, aprendieran lo importante que es amar lo que haces, disfrutar y esforzarte por lograr tus sueños, y que entendieran que los padres no son magos, aunque a veces lo parezcan. Que hay muchos logros que tienen que ganarse ellos solos con su trabajo y su esfuerzo. Les convencería de que, todo lo que se hace con ilusión, siempre tiene premio. Que los milagros existen, pero que llegan cuando merecemos recibirlos por haber sido persistentes en nuestro sueño.

Marcela hablaría, muy a mi pesar, y ella misma contaría lo mucho que le costó confesarle a sus padres que el sueño de su vida era ser pintora, ¡las avestruces no pintan!, dirían ellos entre risas, y Marcela les contestaría que eso no podían saberlo, porque ninguna lo había intentado hasta el momento. Su padre le hablaría de lo que era lo mejor para ella, e intentaría que se olvidara de tremenda locura. Pero Marcela crecería, sacaría buenas notas en la escuela, aprendería a cocinar y sería una atleta de primera. Y, llegado el momento, cuando hubiera cumplido con sus obligaciones, y habiendo demostrado que era un ave buena y sensata, regresaría a sus sueños de artista. Tanto soñaba con sujetar un pincel con sus plumas que, una tarde al llegar a casa, se encontró con un lienzo blanco y una caja nueva de acuarelas en la puerta de su habitación. Convencida de que había sido un regalo de su amigo, el puma, corrió a buscarlo y, al no encontrarlo, caminó hasta el lago, se subió a lo alto de un árbol, y empezó a pintar la puesta de sol que de la que tantas veces había disfrutado.

Sí, algo así escribiría para mis sobrinos, y para los sobrinos que quisieran leerme. Un cuento que les enseñe que pueden lograr lo que sueñen, aunque fracasarán muchas veces antes de conseguirlo, pero que no por ello tienen que rendirse porque eso forma parte del juego. Les hablaría de lo que es la frustración, y de que vencerla no es imposible. Sería una historia en la que, después de aprender las lecciones impartidas por sus padres, de respetar los valores que estos les inculcan, y de descubrir qué es lo que les gusta y les divierte, entendieran que tener miedo a intentarlo sólo les robará la felicidad.

Ni siquiera sé cómo empezaría la historia, “érase una vez” es un comienzo muy desgastado, pero no es mal comienzo si ha inspirado a tantos soñadores. Y, si algo tengo claro, es que en la última escena del cuento, los padres de Marcela estarían sentados en el salón de su casa, mirando orgullosos y sonrientes la puesta de sol pintada por su hija. Pero lo que Marcela nunca sabrá es que, aquel lienzo y las acuarelas que encontró en la puerta de su habitación, las dejó allí su madre, porque ella siempre supo ver lo que otros sólo miraban. 

Para mis sobrinos. Por enseñarme tanto. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

La vida, mientras tanto

Cada vez hay más lugares en los que te sientes como en casa. Madrid está plagado de ellos, los diseñadores de interiores están de suerte. Esta mañana he entrado en uno después de llevar semanas pasando por la puerta, esperaba la compañía adecuada para conocerlo, pero me he cansado de esperar. Yo soy mi mejor compañía, me he dicho, entremos.
Al cruzar la puerta, he saludado como el que saluda cuando regresa a un lugar conocido, me he sentado en la mesa junto a la ventana, he sacado mi libreta y el bolígrafo del bolso, la revista, un libro y el teléfono móvil. El camarero me ha observado con curiosidad, quizá esperaba que sacara también el flexo. Qué le voy a hacer, soy bastante inesperada en mis apetencias y no siempre tengo claro si quiero escribir, leer o ver fotos. Cada divertimento tiene su momento y su estado de ánimo.
Pero, cuando he leído la frase de Heidi Klum junto a su foto, mi dignidad me ha hecho dejar de leer instantáneamente, he soltado una risa burlona y he levantado la vista al frente. Decía la angelical rubia que en alguna ocasión le han dado el no por respuesta por ser curvy. Acabáramos. Ahora que mi ego y yo empezábamos a acomodarnos en ese grupo, resulta que no estamos tan de moda como creíamos.
Mi gozo y yo, al pozo.
Por suerte el público que me rodeaba me ha hecho olvidar mis dramas en seguida, y he optado por observar la vida, mientras tanto.
La vida es un espectáculo constante y el telón sólo baja cuando cerramos los ojos. 
Una pareja de chicos se ponía ojitos en la mesa de la esquina, y miraban embelesados las fotografías que sacaban de un sobre grande y marrón. Puede que las enviara la propietaria del vientre que alquilaron para concebir a sus hijos. La maternidad subrogada es como el coaching, llevan años entre nosotros, aunque ahora estén presentes en todas las conversaciones.
Tres señoras de la edad de mi madre, maduras expertas de espíritu joven -de nada, mamá-, mojaban sus churros en el café y disfrutaban de una acalorada conversación. No creo que estuvieran enfadadas, pero ellas son así. Son de otro tiempo. Pasan de los aguacates para desayunar y del mindfullness para relajarse, prefieren los churros y hablar discutiendo y gesticulando acaloradamente. Cuando veo a mujeres como ellas siempre me entran ganas de sentarme a su lado y empezar a soltar preguntar acerca de su juventud. Hay personas a las que les gusta saber de fútbol o de referéndums, a mí me interesa conocer los detalles de la juventud de los que han vivido más que yo.
A mi lado, un chico lee un libro. Silencio.
Una joven entra a toda prisa y pide un café antes de sentarse en la barra. Ayer se arregló para salir a cenar, y hoy luce los restos de su modelo y de su alegría. No sabría decir si su noche fue demasiado bien o demasiado mal. El flequillo esconde su mirada.
Es curioso lo invisibles que podemos ser para algunas personas y el amplio espacio que ocupamos frente a otras. Pero, tanto si nos ven como si no lo hacen, nos intriga saber qué impresión causamos en los demás. Nuestro ego tiene que comer.
Yo a veces me desencajo de mi cuerpo y me coloco a un lado o frente a mí -la espalda se la dejo a los que me critican-, y reconozco que siento algo parecido a lo que me ocurre cuando miro a mis sobrinos, o a una persona mayor... Es una especie de vértigo provocado por la felicidad. Eso es. Justamente eso: Me siento feliz al mirarme. No es algo que suceda siempre pero cuando pasa, es un salto al vacío.
La pareja del fondo se levanta, cruzamos la mirada y nos sonreímos. Me gustan las personas que sonríen a los desconocidos. El lector se ha terminado el libro. No sé si le ha gustado o si le ha decepcionado. Puede que sea una de esas novelas que regresen a su vida pasado un tiempo, a veces ocurre. Me levantaría a decírselo, pero hay cosas que cada cual ha de descubrir por sí mismo. La rubia de la barra apura el tercer café. No despega la cara de la pantalla de su teléfono móvil, es una pena, somos un buen entretenimiento para su resaca.
Guardo todo en mi bolso y dejo la propina en el plato. Alzo la voz un poco más de lo necesario al despedirme, agudizo el oído y escucho un eco vago.
Las tres señoras ni se inmutan, ellas sí que se sienten como en el salón de su casa.
El camarero me mira de reojo, se acaricia la barba y me devuelve el saludo.
Quiero pensar que me recordará el próximo día. 
Dudo que lo haga, hay demasiados candidatos a mi alrededor.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Azafata de vuelo

“Es confuso. Imagínese. ¿Ve usted la escena puede imaginarla? Yo esperando en el aeropuerto. La tienda. El escaparate. Toda usted y su libro. Lo compro y lo ojeo. Me atrapa. Entro en el avión. Y aparece usted. Abro el libro y lo compruebo. La miro. Y a usted. El libro. Y a usted. Camina por el pasillo y pongo el libro en la perspectiva por donde usted viene. Las comparo. Pelo suelto. Pelo recogido. Las miro. Sonríe mientras pasa. Seria en la fotografía. Pero sí, no hay duda, es usted. Y despegamos. Leo y la veo. Me habla, se mezcla su voz con su letra. Me lee la novela. O acaso me pregunta si quiero algo. Y hay niebla. Es todo confuso, pero el vuelo es entretenido y rápido. El tiempo pasa y cuando quiero darme cuenta no sé si es un sueño o no.
¿Quizás me haya dormido en el banco de la terminal mientras veía su fotografía o leía su libro? ¿Es posible que haya perdido el avión?”




Hace unos días, el año pasado si mal no recuerdo, un amigo me escribió este texto. En realidad, esto es sólo un extracto, pero permítanme que el resto de la historia me la guarde para mí. Que compartir es bueno, sí, pero tampoco hay que excederse en la generosidad, que después uno se queda sin nada y empieza a buscar culpables.
Unos días después, ya en este año, alguien me preguntó por qué en las entrevistas que me han hecho nunca se menciona nada acerca de mi trabajo como azafata de vuelo. No lo sé, respondí yo, porque no sólo lo digo, sino que además presumo de ello.  Pero, en honor a la verdad, diré que, hasta hace bien poco, no lo hacía. Ahora les explico…

Desde que he sacado a pasear mis "Amapolas en octubre" por las calles y escaparates, he acudido a varias entrevistas. Puede que el entrevistador no haya vislumbrado en mi mirada el mismo brillo que mis ojos no pueden disimular cuando hablo de libros, de literatura o de las emociones escritas, y que esa sea la razón por la que decide pasar por alto el detalle de que llevo veinte años paseando por pasillos suspendidos en el aire.

Volar no es sólo un trabajo, es una forma de vida. El medio para poder estar ahora en el lugar en el que estoy (puede que surcando el cielo que hay sobre sus cabezas), y sólo puedo estar agradecida. Aprendí a ignorar las sonrisas cínicas de medio lado que se dibujaban en el rostro de aquellos a los que, después de contarles algunas anécdotas aeronáuticas, les confesaba que a mí lo que de verdad me gustaba era escribir.  Ahora, cuando me encuentro con alguien conocido que acaba de saber acerca de mis novelas publicadas, dicen extrañados: ¡No sabía que escribías! Sí, pienso yo, sí que lo sabías, pero te centraste en mi uniforme, en el pañuelo de mi cuello y en la bandeja que llevaba en la mano.

Soy azafata de vuelo. Llevo siéndolo mucho tiempo. Algún día me gustaría colgar las alas, disfrutar de la rutina que tiene la gente normal (así llamamos a los que no trabajan en aviación), y dedicarme a pasear por los aeropuertos sin llevar puesto un uniforme. Algún día. No sé cuándo. No me rindo hasta cumplir mis sueños. La aviación me ha dado mucho de lo que soy, fui una de las afortunadas que creció en Spanair, en paz descanse, y después de muchos años, aún hablo en tiempo presente de aquella época. Inolvidable. Irrepetible. 

Escribo en las ciudades por las que paseo, y también las describo. Y ahora, cosas del destino, viajaré como pasajera hasta Italia y Bulgaria para presentar allí mi novela. Otras veces escribo en vuelo, mientras ustedes se rompen el cuello intentando conciliar el sueño. Invento la vida de algunos pasajeros y las razones de su viaje, e intento que mi imaginación les regale una realidad muy diferente a la que tienen. Quién sabe si alguno de ustedes ha sido protagonista de una de mis historias. Quién sabe si yo he sido protagonista de alguna de las suyas.

Quién sabe si, tal y como escribió mi amigo, un día se cruzarán en un avión con una azafata que, por arte de magia, salta a la contraportada de su novela recién comprada en el kiosco del aeropuerto.

Quién sabe.

Quizá Cortázar hubiera contado mejor esta historia, pero yo soy Laura, una escritora española y además soy azafata, no esperen tanto de mí.   



Gracias N.












martes, 5 de septiembre de 2017

La mirada de Paul Auster

La primera vez que vi a Paul Auster en la solapa de un libro, me cautivó. Pero, cuando vi a Paul Auster delante de mí y me sonrió después de fulminarme con su mirada, mi universo al completo, infancia y madurez incluidas, se tambalearon.  Me contempló con la misma compasión que siente el que se sabe victorioso del duelo inmediato, y escuché miles de pedacitos chocando entre ellos dentro de mí, cayendo en cascada sobre mis huesos derretidos. Sacudí el aire con disimulo en busca de un bastón invisible, una muleta, un árbol… algo en lo que apoyarme, y terminé abrazada a mi cuerpo rígido y acalorado, liberada del traje que empezaba a deshacerse en mis tobillos temblorosos. Aguardé unos segundos, que en mi memoria parecen horas, paralizada y desnuda delante de su mirada y en ese instante pensé en cómo se verá el mundo desde sus ojos saltones, ojerosos y, sin embargo, los más atractivos que me han mirado jamás.


Y lo cuento tal cual sucedió, sin exagerar lo más mínimo.

En parte, él es una de las razones por las que me soñé contadora de historias hace un tiempo. No es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta, cómo lo escribe y cómo describe a las personas, su destino, su fortuna, los lugares comunes y el azar, que se enreda entre los renglones de sus relatos. Elige aquel edificio de ladrillo oscuro, con la vecina del cuarto, con el niño que llora, con la vieja solitaria y el perro que ladra, y el albañil, y la azafata y el escritor frustrado… Y te cuenta la historia de cada cual, los mezcla y los aleja en la calle o en el parque, hasta que cada uno de ellos confiesa sus sueños perdidos, su destino aún por escribir y lo que hubiera pasado si aquella mañana o durante aquel encuentro...

Ayer conocí a Paul Auster. De Madrid al cielo, dicen, y en el cielo terminé yo después de toparme con él. Llevo dos días hablando acerca de nuestro encuentro en todos los folios, virtuales o no, chats, azulejos robados o prestados, e incluso con desconocidos compañeros de ascensor. Estoy muy cerca de convertirme en una de esas personas que siempre encuentra la manera de hablar de “lo suyo”, sea esto una boda, el nacimiento de un hijo o la juerga de una noche memorable. Si alguien menciona la ciudad de New York en mi presencia, yo hablaré de Auster; si hablan de un escritor, yo hablaré del él; si escucho  la palabra trilogía, o Columbia, o cine mudo, o baseball, recuperaré los detalles de mi encuentro y aburriré a los presentes con la que creo que es una de las historias más excitantes de mi vida.
Sólo duró un par de minutos. Ciento veinte segundos que yo alargo tanto que cualquiera podría creer que pasé la tarde a su lado, acurrucada en un sofá y agarrándome a la poca dignidad que me quedaba para no caer desplomada frente a su mirada. 

En mi nueva novela le hago un pequeño homenaje, se lo debía.

Me hice una foto con él, y coloqué mi mano en su espalda. No es muy apropiado, pero ya había perdido mis papeles un par de horas atrás. Cuando le enseñé la foto a una amiga, dijo que era una pena, que con lo bien que poso, que vaya foto mala me habían sacado. Yo abrí tanto los ojos al escucharla que los vi salir disparados hacia el vacío. ¿ Foto mala?, pregunté hasta en tres ocasiones, no sé a qué te refieres. Has visto que estoy con Paul Auster, ¿no? Sí, eso le quedó claro después de escuchar por tercera vez los detalles de mi relato, y es entonces cuando me recordó el día en el que, hace dos décadas, en medio de una cena, exclamé convencida de mis palabras que algún día conocería a Paul Auster. Proyecté aquel instante y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Veinte años después no sólo sigo rodeada de las mismas personas, sino que además mantengo con vida los sueños que no se cumplieron. Asusta un poco comprobar que es verdad, que tengo razón, pues resulta que los sueños terminan por cumplirse. Pasará la vida y arrastrará al tiempo con ella, pero si logramos mantener viva nuestra ilusión a lo largo de los años, tomemos el camino que tomemos, tarde o temprano se hará realidad.



¿Para qué vivir si no es para esto? Para coleccionar momentos, para cumplir sueños y para beber vino, pasear la lengua por el agua salada de nuestros labios, rascar el socarrat de la paella, bailar entre la multitud, leer libros, comer chocolate, besar sin condiciones, abrazar sin despedidas. Cruzar la mirada con Paul Auster…