jueves, 21 de septiembre de 2017

La vida, mientras tanto

Cada vez hay más lugares en los que te sientes como en casa. Madrid está plagado de ellos, los diseñadores de interiores están de suerte. Esta mañana he entrado en uno después de llevar semanas pasando por la puerta, esperaba la compañía adecuada para conocerlo, pero me he cansado de esperar. Yo soy mi mejor compañía, me he dicho, entremos.
Al cruzar la puerta, he saludado como el que saluda cuando regresa a un lugar conocido, me he sentado en la mesa junto a la ventana, he sacado mi libreta y el bolígrafo del bolso, la revista, un libro y el teléfono móvil. El camarero me ha observado con curiosidad, quizá esperaba que sacara también el flexo. Qué le voy a hacer, soy bastante inesperada en mis apetencias y no siempre tengo claro si quiero escribir, leer o ver fotos. Cada divertimento tiene su momento y su estado de ánimo.
Pero, cuando he leído la frase de Heidi Klum junto a su foto, mi dignidad me ha hecho dejar de leer instantáneamente, he soltado una risa burlona y he levantado la vista al frente. Decía la angelical rubia que en alguna ocasión le han dado el no por respuesta por ser curvy. Acabáramos. Ahora que mi ego y yo empezábamos a acomodarnos en ese grupo, resulta que no estamos tan de moda como creíamos.
Mi gozo y yo, al pozo.
Por suerte el público que me rodeaba me ha hecho olvidar mis dramas en seguida, y he optado por observar la vida, mientras tanto.
La vida es un espectáculo constante y el telón sólo baja cuando cerramos los ojos. 
Una pareja de chicos se ponía ojitos en la mesa de la esquina, y miraban embelesados las fotografías que sacaban de un sobre grande y marrón. Puede que las enviara la propietaria del vientre que alquilaron para concebir a sus hijos. La maternidad subrogada es como el coaching, llevan años entre nosotros, aunque ahora estén presentes en todas las conversaciones.
Tres señoras de la edad de mi madre, maduras expertas de espíritu joven -de nada, mamá-, mojaban sus churros en el café y disfrutaban de una acalorada conversación. No creo que estuvieran enfadadas, pero ellas son así. Son de otro tiempo. Pasan de los aguacates para desayunar y del mindfullness para relajarse, prefieren los churros y hablar discutiendo y gesticulando acaloradamente. Cuando veo a mujeres como ellas siempre me entran ganas de sentarme a su lado y empezar a soltar preguntar acerca de su juventud. Hay personas a las que les gusta saber de fútbol o de referéndums, a mí me interesa conocer los detalles de la juventud de los que han vivido más que yo.
A mi lado, un chico lee un libro. Silencio.
Una joven entra a toda prisa y pide un café antes de sentarse en la barra. Ayer se arregló para salir a cenar, y hoy luce los restos de su modelo y de su alegría. No sabría decir si su noche fue demasiado bien o demasiado mal. El flequillo esconde su mirada.
Es curioso lo invisibles que podemos ser para algunas personas y el amplio espacio que ocupamos frente a otras. Pero, tanto si nos ven como si no lo hacen, nos intriga saber qué impresión causamos en los demás. Nuestro ego tiene que comer.
Yo a veces me desencajo de mi cuerpo y me coloco a un lado o frente a mí -la espalda se la dejo a los que me critican-, y reconozco que siento algo parecido a lo que me ocurre cuando miro a mis sobrinos, o a una persona mayor... Es una especie de vértigo provocado por la felicidad. Eso es. Justamente eso: Me siento feliz al mirarme. No es algo que suceda siempre pero cuando pasa, es un salto al vacío.
La pareja del fondo se levanta, cruzamos la mirada y nos sonreímos. Me gustan las personas que sonríen a los desconocidos. El lector se ha terminado el libro. No sé si le ha gustado o si le ha decepcionado. Puede que sea una de esas novelas que regresen a su vida pasado un tiempo, a veces ocurre. Me levantaría a decírselo, pero hay cosas que cada cual ha de descubrir por sí mismo. La rubia de la barra apura el tercer café. No despega la cara de la pantalla de su teléfono móvil, es una pena, somos un buen entretenimiento para su resaca.
Guardo todo en mi bolso y dejo la propina en el plato. Alzo la voz un poco más de lo necesario al despedirme, agudizo el oído y escucho un eco vago.
Las tres señoras ni se inmutan, ellas sí que se sienten como en el salón de su casa.
El camarero me mira de reojo, se acaricia la barba y me devuelve el saludo.
Quiero pensar que me recordará el próximo día. 
Dudo que lo haga, hay demasiados candidatos a mi alrededor.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Azafata de vuelo

“Es confuso. Imagínese. ¿Ve usted la escena puede imaginarla? Yo esperando en el aeropuerto. La tienda. El escaparate. Toda usted y su libro. Lo compro y lo ojeo. Me atrapa. Entro en el avión. Y aparece usted. Abro el libro y lo compruebo. La miro. Y a usted. El libro. Y a usted. Camina por el pasillo y pongo el libro en la perspectiva por donde usted viene. Las comparo. Pelo suelto. Pelo recogido. Las miro. Sonríe mientras pasa. Seria en la fotografía. Pero sí, no hay duda, es usted. Y despegamos. Leo y la veo. Me habla, se mezcla su voz con su letra. Me lee la novela. O acaso me pregunta si quiero algo. Y hay niebla. Es todo confuso, pero el vuelo es entretenido y rápido. El tiempo pasa y cuando quiero darme cuenta no sé si es un sueño o no.
¿Quizás me haya dormido en el banco de la terminal mientras veía su fotografía o leía su libro? ¿Es posible que haya perdido el avión?”




Hace unos días, el año pasado si mal no recuerdo, un amigo me escribió este texto. En realidad, esto es sólo un extracto, pero permítanme que el resto de la historia me la guarde para mí. Que compartir es bueno, sí, pero tampoco hay que excederse en la generosidad, que después uno se queda sin nada y empieza a buscar culpables.
Unos días después, ya en este año, alguien me preguntó por qué en las entrevistas que me han hecho nunca se menciona nada acerca de mi trabajo como azafata de vuelo. No lo sé, respondí yo, porque no sólo lo digo, sino que además presumo de ello.  Pero, en honor a la verdad, diré que, hasta hace bien poco, no lo hacía. Ahora les explico…

Desde que he sacado a pasear mis "Amapolas en octubre" por las calles y escaparates, he acudido a varias entrevistas. Puede que el entrevistador no haya vislumbrado en mi mirada el mismo brillo que mis ojos no pueden disimular cuando hablo de libros, de literatura o de las emociones escritas, y que esa sea la razón por la que decide pasar por alto el detalle de que llevo veinte años paseando por pasillos suspendidos en el aire.

Volar no es sólo un trabajo, es una forma de vida. El medio para poder estar ahora en el lugar en el que estoy (puede que surcando el cielo que hay sobre sus cabezas), y sólo puedo estar agradecida. Aprendí a ignorar las sonrisas cínicas de medio lado que se dibujaban en el rostro de aquellos a los que, después de contarles algunas anécdotas aeronáuticas, les confesaba que a mí lo que de verdad me gustaba era escribir.  Ahora, cuando me encuentro con alguien conocido que acaba de saber acerca de mis novelas publicadas, dicen extrañados: ¡No sabía que escribías! Sí, pienso yo, sí que lo sabías, pero te centraste en mi uniforme, en el pañuelo de mi cuello y en la bandeja que llevaba en la mano.

Soy azafata de vuelo. Llevo siéndolo mucho tiempo. Algún día me gustaría colgar las alas, disfrutar de la rutina que tiene la gente normal (así llamamos a los que no trabajan en aviación), y dedicarme a pasear por los aeropuertos sin llevar puesto un uniforme. Algún día. No sé cuándo. No me rindo hasta cumplir mis sueños. La aviación me ha dado mucho de lo que soy, fui una de las afortunadas que creció en Spanair, en paz descanse, y después de muchos años, aún hablo en tiempo presente de aquella época. Inolvidable. Irrepetible. 

Escribo en las ciudades por las que paseo, y también las describo. Y ahora, cosas del destino, viajaré como pasajera hasta Italia y Bulgaria para presentar allí mi novela. Otras veces escribo en vuelo, mientras ustedes se rompen el cuello intentando conciliar el sueño. Invento la vida de algunos pasajeros y las razones de su viaje, e intento que mi imaginación les regale una realidad muy diferente a la que tienen. Quién sabe si alguno de ustedes ha sido protagonista de una de mis historias. Quién sabe si yo he sido protagonista de alguna de las suyas.

Quién sabe si, tal y como escribió mi amigo, un día se cruzarán en un avión con una azafata que, por arte de magia, salta a la contraportada de su novela recién comprada en el kiosco del aeropuerto.

Quién sabe.

Quizá Cortázar hubiera contado mejor esta historia, pero yo soy Laura, una escritora española y además soy azafata, no esperen tanto de mí.   



Gracias N.












martes, 5 de septiembre de 2017

La mirada de Paul Auster

La primera vez que vi a Paul Auster en la solapa de un libro, me cautivó. Pero, cuando vi a Paul Auster delante de mí y me sonrió después de fulminarme con su mirada, mi universo al completo, infancia y madurez incluidas, se tambalearon.  Me contempló con la misma compasión que siente el que se sabe victorioso del duelo inmediato, y escuché miles de pedacitos chocando entre ellos dentro de mí, cayendo en cascada sobre mis huesos derretidos. Sacudí el aire con disimulo en busca de un bastón invisible, una muleta, un árbol… algo en lo que apoyarme, y terminé abrazada a mi cuerpo rígido y acalorado, liberada del traje que empezaba a deshacerse en mis tobillos temblorosos. Aguardé unos segundos, que en mi memoria parecen horas, paralizada y desnuda delante de su mirada y en ese instante pensé en cómo se verá el mundo desde sus ojos saltones, ojerosos y, sin embargo, los más atractivos que me han mirado jamás.


Y lo cuento tal cual sucedió, sin exagerar lo más mínimo.

En parte, él es una de las razones por las que me soñé contadora de historias hace un tiempo. No es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta, cómo lo escribe y cómo describe a las personas, su destino, su fortuna, los lugares comunes y el azar, que se enreda entre los renglones de sus relatos. Elige aquel edificio de ladrillo oscuro, con la vecina del cuarto, con el niño que llora, con la vieja solitaria y el perro que ladra, y el albañil, y la azafata y el escritor frustrado… Y te cuenta la historia de cada cual, los mezcla y los aleja en la calle o en el parque, hasta que cada uno de ellos confiesa sus sueños perdidos, su destino aún por escribir y lo que hubiera pasado si aquella mañana o durante aquel encuentro...

Ayer conocí a Paul Auster. De Madrid al cielo, dicen, y en el cielo terminé yo después de toparme con él. Llevo dos días hablando acerca de nuestro encuentro en todos los folios, virtuales o no, chats, azulejos robados o prestados, e incluso con desconocidos compañeros de ascensor. Estoy muy cerca de convertirme en una de esas personas que siempre encuentra la manera de hablar de “lo suyo”, sea esto una boda, el nacimiento de un hijo o la juerga de una noche memorable. Si alguien menciona la ciudad de New York en mi presencia, yo hablaré de Auster; si hablan de un escritor, yo hablaré del él; si escucho  la palabra trilogía, o Columbia, o cine mudo, o baseball, recuperaré los detalles de mi encuentro y aburriré a los presentes con la que creo que es una de las historias más excitantes de mi vida.
Sólo duró un par de minutos. Ciento veinte segundos que yo alargo tanto que cualquiera podría creer que pasé la tarde a su lado, acurrucada en un sofá y agarrándome a la poca dignidad que me quedaba para no caer desplomada frente a su mirada. 

En mi nueva novela le hago un pequeño homenaje, se lo debía.

Me hice una foto con él, y coloqué mi mano en su espalda. No es muy apropiado, pero ya había perdido mis papeles un par de horas atrás. Cuando le enseñé la foto a una amiga, dijo que era una pena, que con lo bien que poso, que vaya foto mala me habían sacado. Yo abrí tanto los ojos al escucharla que los vi salir disparados hacia el vacío. ¿ Foto mala?, pregunté hasta en tres ocasiones, no sé a qué te refieres. Has visto que estoy con Paul Auster, ¿no? Sí, eso le quedó claro después de escuchar por tercera vez los detalles de mi relato, y es entonces cuando me recordó el día en el que, hace dos décadas, en medio de una cena, exclamé convencida de mis palabras que algún día conocería a Paul Auster. Proyecté aquel instante y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Veinte años después no sólo sigo rodeada de las mismas personas, sino que además mantengo con vida los sueños que no se cumplieron. Asusta un poco comprobar que es verdad, que tengo razón, pues resulta que los sueños terminan por cumplirse. Pasará la vida y arrastrará al tiempo con ella, pero si logramos mantener viva nuestra ilusión a lo largo de los años, tomemos el camino que tomemos, tarde o temprano se hará realidad.



¿Para qué vivir si no es para esto? Para coleccionar momentos, para cumplir sueños y para beber vino, pasear la lengua por el agua salada de nuestros labios, rascar el socarrat de la paella, bailar entre la multitud, leer libros, comer chocolate, besar sin condiciones, abrazar sin despedidas. Cruzar la mirada con Paul Auster…

martes, 8 de agosto de 2017

Enamorarse en verano

Tengo una amiga que inauguró su verano enamorándose. Dice que fue algo inesperado, que ni siquiera estaba preparada para afrontar el flechazo, pero que tan pronto se cruzó con su mirada, se enamoró. Después él empezó a hablar con su acento argentino-sí, algunas tenemos debilidad por ese acento-y ya perdió cualquier posibilidad de recuperar la cordura. Ni siquiera recuerda su nombre. ¿Cómo puede ser?, le pregunté bastante sorprendida, tiene que haber algo, algún detalle que se te escape, hoy en día con un nombre y una ubicación puedes encontrar a cualquier persona. Nada, suspiró melancólica (le gusta ponerse dramática). Se exprimió el cerebro y sólo recordó a sus dos hermanos más jóvenes que él-también sin nombre-un paquete de cigarrillos Lucky, y el olor de su perfume impregnado en su mano… Tiene la costumbre de presentarse dando dos besos y colocando la mano sobre el cuello del recién conocido, no es algo sexual, ni sensual-bueno, no siempre-sino más bien es un gesto para establecer un vínculo desde el primer instante. Porque a ella lo que le gusta es eso: los primeros instantes y los vínculos recién estrenados. Y hablar. Eso le encanta. Hablar hasta quedarse afónica (¡cuántas afonías hemos compartido!). Siempre le preguntamos de qué habla con sus nuevos amigos-con o sin nombre-porque parecen estar muy interesados en la conversación. De la vida, responde gesticulando con las manos y encajada en el perfil de "mujer madura de vuelta de todo" en el que tanto le gusta meterse.
El verano es para enamorarse, dice siempre, de alguien nuevo o de nuestra pareja, pero enamorarse en esta época del año debería ser una obligación.
Y yo, después de una semana dándole vueltas a este folio virgen, empiezo a creer que tiene razón. De hecho, he decidido escribir esto porque me lo ha pedido y también para darle bombo a su teoría y, una vez haya terminado, pienso lanzarme a las calles y enamorarme tantas veces como pueda... Que tiemblen las farolas. No hay una regla establecida acerca de los enamoramientos y no es una verdad universal que el verano sea para enamorarse. Las personas no queremos de la misma manera, no besamos con la misma intensidad y nuestros Cupidos no comparten las mismas flechas. Incluso abrazar se ha convertido en algo exclusivo y, para nuestra desgracia, es una palabra ninguneada en estos días… Una lástima.
Mucha gente flirtea. Tienen idilios de los que se olvidan tan pronto sale el sol o se termina la música, besan encima de los besos de la noche anterior y nos llaman princesas, para no confundir los nombres... ¿Por qué lo hacen? ¿Querrán batir algún récord? A mí me parece que es mucho más gratificante dejarnos embaucar por el hechizo del enamoramiento transitorio, convencernos de lo importante que es disfrutar del momento presente y de ese rostro que, con o sin copas de por medio, nos ha gustado. Enamorarse significa perder la cabeza, disfrutar de la libertad de nuestro corazón, regresar a la persona que fuimos tiempo atrás, a la valiente, a la atrevida y a la joven... ¡Oh, juventud! El amor está por encima de cualquier cosa. Debe de ser así. Dure lo que dure. Porque hay historias que, por muy breves que sean, nos dejan una sonrisa dibujada en el rostro, y un recuerdo al que volver de vez en cuando…
Antes de despedirse, le dijo a su argentino desconocido que era amiga de Laura, una escritora española-creo que soy yo-y le aseguró que yo me encargaría de mencionar su encuentro en una de mis novelas (o el idilio tiene segunda parte o esto sólo me da para un artículo). Dudo que él pueda llegar a leer esto algún día, pero ella, que es bastante más fantasiosa que el resto de los mortales, asegura que estas letras llegarán hasta su hogar a través de las redes sociales. Y conociéndola como la conozco, no me sorprenderá lo que suceda a partir de hoy, porque a las personas que viven con esa pasión y esa locura, les suelen pasar cosas divertidas. Muy divertidas.

Tendréis que esperar a que salga mi próxima novela. Tan pronto encuentre un nombre para el protagonista, me pongo a escribir. Palabra de Laura.


martes, 25 de julio de 2017

La misión

Hace un par de sábados quedé a desayunar con una amiga en uno de esos locales de Madrid en los que, nada más entrar, no sabes si pedir un café doble o que te envuelvan la butaca del fondo para regalo. Como no soy influencer no diré el nombre del lugar, no le quiero quitar el trabajo a nadie (¿por qué sale en cursiva?), por mucho intrusismo que haya en nuestros días. Después de leer la carta del menú con un diccionario en mano, para decidir qué semillas y qué raíces eran las más apropiadas para nuestro organismo, nos decidimos por dos zumos que, dicho sea de paso, estaban deliciosos. Verdes, pero deliciosos. Así se lo hice saber al camarero de sonrisa encantadora, quien me confirmó que también era su favorito. Mintió, los hombres no saben mentir con la mirada, pero fue una mentira saludable, como el zumo.
En realidad, para tratar el tema del día, no importan mucho los ingredientes de mi elección, pero como entre renglones casi siempre brindo con vino, hoy he sentido la necesidad de defender mi reputación, y confirmar de paso que se puede estar colocado sin drogas de por medio, y yo soy el mejor ejemplo. Sigan leyendo si no me creen.
           

En un momento dado las vitaminas se me subieron a la cabeza y mi lengua se aceleró-raro en mí, lo sé- las ideas fluían como si se tratara de un discurso memorizado, estaba pletórica. Fue en ese instante, allí, delante de ella, cuando mi último descubrimiento vio la luz por primera vez. Una revelación. El hallazgo de mis días. El secreto de mi alma. La misión de mi vida. Y no exagero.

Le expliqué que, después de haberme pasado una vida echando moneda en la máquina de la felicidad, con la esperanza de que en algún momento saliera el premio gordo, había entendido que el azar poco tiene que ver con nuestro estado de ánimo, sino que más bien se trata de los pasos que damos y de los caminos por los que nos desviamos. Aprender y aceptar. O viceversa. Cada decisión que tomamos nos está llevando al lugar en el que tarde o temprano estaremos. Cada persona tenemos nuestro por qué. Un para qué. 
            Una misión.
            Lo mejor de todo esto es que no os puedo contar nada de la mía. Es secreta. Qué risa, ¿eh? Llegar hasta este párrafo para acabar así... Pero hoy he querido hablaros de esto porque siento que hacerlo forma parte de mi cometido. Veo a muchas personas ordenadas y encajadas en sus perfiles y en sus vidas, ¡bravo por ellas!, pero también he observado a algún que otro disperso, de esos que van cuando quieren venir, y que vienen cuando quieren marcharse. ¿Me explico? El asunto es agotador. Lo sé. Pero como no hay mejor ejemplo que la propia experiencia, aquí vengo yo con mi palabra para oxigenar un poco a los cerebros que puedan necesitarlo.
Seguid caminando. A pesar de todo, a pesar del agotamiento, de las puertas cerradas y de los fanfarrones de medio pelo (cómo os gusta colaros en mis escritos), vosotros seguid caminando. Seguid dejando el rastro de las diminutas cagadas de vuestra vida, así no olvidaréis de dónde venís. No tengáis miedo, no dejéis ningún deseo en el umbral de la puerta, no esperéis a que el tiempo decida siempre por vosotros. Dad pasos en firme, tropezad, y tropezad, y tropezad… Hacedlo, aunque no tengáis clara vuestra meta. No os detengáis y, tan pronto estéis preparados, descubriréis que todo lo que estáis haciendo os está dirigiendo hacia ese lugar. Es algo así como poner la bandera en lo alto de la cima. 
Coronar nuestro propio mundo y conquistar nuestros sueños. 
Entonces, sólo entonces, entenderéis el sentido de vuestra vida y, creáis o no en la magia, vais a alucinar. Con o sin zumo verde.  

PD: Este artículo viene con banda sonora. Disfruten. 

             

jueves, 20 de julio de 2017

La estupidez humana

No pongáis mucho empeño en intentar conseguir algo si no tenéis muy claro que realmente lo queréis, porque luego lo lográis y llegan los sustos y sus lamentos. Los dramas. El fin del mundo. No bromeo, de un tiempo a esta parte me he visto rodeada de personas con el mismo discurso: Quiero, quiero, quiero. Y una vez lo consiguen. Bueno, tampoco lo quería tanto. ¿Conocéis al niño que quería el helado de tres bolas? Aquel que insistía e insistía hasta dañar el tímpano de todo el que estuviera cerca y que, una vez conquistada la paciencia del padre, dio un par de lametazos y abandonó el trofeo derretido encima de un plato? Pues eso mismo. El chavalín quería lograr su antojo y aún no tenía edad para comprender que el capricho es, en muchas ocasiones, un invento de la falsa necesidad.


Cada vez soporto menos la estupidez humana y, lo que es peor, cada día que pasa veo más estupidez humana a mi alrededor. Creía que con el paso de los años uno aprendía a dar importancia a lo importante y, por otro lado, a ignorar lo absurdo. Pero cada vez que veo un gesto estúpido o una palabra sobrante me dan ganas de levantarme y decir: ¿Pero estáis de coña? Vale ya de tanta estupidez, ¡caramba! 

La estupidez humana llega de la mano de la falta de valores. Esta es mi sentencia.
Damos tanta importancia a lo material, a las necesidades vacías, a los bolsos y a los vestidos de moda. Nos preocupamos tanto por llevar las mechas californianas, jamaicanas o segovianas, y por saber si esta minifalda es machista o feminista, que en este follón y en este quiero quererlo todo, tan descontrolado, estamos empezando a olvidarnos de las personas que nos rodean. Y nos estamos olvidando sobre todo de que si nosotros estamos vacíos perderemos el rumbo, y pocos veleros podremos guiar. Colocamos los teléfonos móviles en el centro de una conversación porque sí, ya lo sé, precisamente hoy, justo en este día en el que vamos a compartir por fin mesa y conversación, estás esperando la llamada más importante de tu vida...
De verdad os lo digo, a ver si nos centramos de una vez. Tenemos que empezar a abrazar más. Y ahora, al leer esta frase os reís, y comentáis que si estoy fumada y que si esto es una ridiculez y bla, bla. Vale, muy bien. Nací fumada, aquí tenéis vuestra respuesta. Pero yo os digo esto desde el cariño y desde el lugar en el que estoy, porque perdonad mi imbecilidad, pero me siento en la obligación de hacerlo. De nada sirve hablar y no hacer. Y cada cual es responsable de hacer lo que pueda, lo que sepa o lo que quiera. Yo escribo y abrazo, es todo lo que tengo, así que cumplo con mi parte.

Dejemos de creer que lo más importante en esta vida son todas esas cosas sin alma que se amontonan en los rincones de una casa que ya ni siquiera es hogar. Abandonemos los disfraces que sólo nos ayudan a encajar en un mundo que no nos gusta. Seamos más de verdad. Y no pongamos tanto empeño en conseguir algo si realmente no lo queremos, porque sólo perderemos el tiempo. Y eso, os adelanto, es lo único que os ganará esta partida. El tiempo nunca pierde y, además, tampoco ofrece revanchas. 

lunes, 17 de julio de 2017

Ser auténtico

“Tan absurdo y fugaz es nuestro paso por el mundo, que solo me deja tranquila el saber que he sido auténtica, que he logrado ser lo más parecido a mí misma que he podido.”
Frida Khalo

Ser auténtico es arriesgado, porque la autenticidad carece de definiciones puestas de moda, de clichés y de etiquetas. Ser auténtico es simplemente ser uno mismo, reír o llorar según nos venga en gana, vestirse con colores o con la elegancia de la sobriedad, no criticar ni juzgar a los que, como nosotros, deciden ser ellos mismos. El auténtico no espera palabras ni halagos de nadie, ni piensa en lo que los demás ven en él, no hace lo que se espera que haga, como tampoco espera el aplauso.
Ser auténtico no es fácil, porque en este tiempo en el que nos ha tocado vivir, la autenticidad corre el riesgo de empujarnos al pozo de los locos o de los tarados, y el agotamiento que produce la crítica en nuestra cabeza es tal, que preferimos ser como el resto, aunque eso signifique perder nuestra esencia.

He conocido a personas auténticas, de esas que ríen alegres y que hablan con la seguridad que las caracteriza, personas que hacen lo que les place, y que viven sus vidas sin ofender ni hacer daño, de las que toman sus decisiones, eligen sus caminos y no se rinden a pesar de las zancadillas que les pone la vergüenza. La autenticidad me ha pasado rozando en más de una ocasión, y me ha provocado una emoción tan adictiva como difícil de definir. Su presencia es tan importante que, gracias a ella, logramos silenciar el qué dirán que tanto nos coarta, dejando que nuestro corazón tome las decisiones que nuestra cabeza toma sin personalidad, y nos empuja a hacer lo que nos da la gana, cuando nos da la gana y porque nos da la gana.

Ser auténtico es ser valiente. Aquellos que no se dejan encorsetar aun corriendo el riesgo de quedarse solos. La autenticidad se confunde con la locura a veces, porque lo diferente nos asusta, ¡bendita locura! Muchos se creen auténticos porque es una palabra que gusta decirse a uno mismo y que engrandece al ego  y al amor propio. Pero se engañan. Porque no es más auténtico el más salvaje, o el que se cree el líder de una pandilla cualquiera, nada tiene que ver con tener decenas de amigos o ser el alma de las fiestas, no, eso no es más que ser divertido. El auténtico no quiere más protagonismo que el suyo propio, se encierra en su universo y vive a su antojo, no es egoísta pero tampoco es un generoso de postín, tiene sueños y lucha por ellos, no deja que los demás elijan la camisa que debe ponerse, ni el plato que va a comer. Arrasan con una personalidad que enmudece a cualquiera, y les importa un bledo las risas y comentarios que su atrevimiento arranquen.

Y en esa lucha constante para conquistar la autenticidad, se corre el riesgo de ser uno mismo, sin máscaras ni disfraces, y entonces descubrimos que ya pocas cosas importan, porque hemos logrado superar todas las barreras que nos impedían ser nosotros, ser valientes y no avergonzarnos de nada. Ni de nadie.


Parecerse a uno mismo es la vía más fácil para conquistar la felicidad en nuestro viaje. Y cuando este viaje termina, ya no hay marcha atrás.


domingo, 16 de julio de 2017

Di que sí


“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no."

                        El amor en los tiempos del cólera.
                               Gabriel García Márquez.

La inspiración se esconde en una palabra, en una frase o un gesto. Y cuando me hace sentir algo diferente, mi imaginación agarra la pluma y empieza a escribir.
Dijo no. Lo pensó y lo meditó hasta quedarse sin argumentos para después tomar la decisión que creyó acertada: decir no. Culpó al miedo, culpó a su incapacidad de querer, culpó a lo que podría llegar a ocurrir, culpó a su ayer… Todas las culpas las encontró mirando a su alrededor, cuando el único culpable era él.

La dejó marchar, se despidió sin dar explicaciones ni pedir perdones. Y la vio alejarse caminando hacia el olvido, sabiendo que perderla sería recordarla cada día a partir de entonces. Y así ocurrió. Tal y como imaginó, ella se olvidó de él convencida de que sus palabras no significaron nada, segura de que fueron una mentira inventada una y mil veces, porque cuando se quiere como él decía querer no dejas marchar y, sin embargo, a pesar de estar seguro de su amor, él sólo pudo soñar cada día con lo que habría pasado si hubiera dicho que sí.

Las novelas tienen muchas letras para contar una historia, y no seré yo la que desvele lo que ocurrió con esta en concreto, El amor en los tiempos del cólera, aunque desde aquí les invito a que la descubran ustedes mismos. Pero lo que sí tengo claro es que durante este ratito que estamos aquí debemos creer que podemos cumplir nuestros sueños, debemos arriesgar sin miedo, debemos confiar en nuestros corazones, porque corremos el riesgo de amanecer un día tras otro preguntándonos qué habría pasado si en lugar de no hubiéramos dicho sí. Y es esta una respuesta que nunca sabremos y que sólo podremos imaginar, y sí, puede que atreviéndonos al final también falláramos, pero siempre nos quedará la duda… Y a veces es mucho más triste soñar con lo que podíamos haber vivido, que lamentarnos por haber tomado la decisión equivocada.

Hay personas que siguen sin entender que lo único importante es el amor, no sólo el amor hacia una persona, sino el amor a la vida, y a todo lo que nos rodea. Querer y ser querido, y que el resto nada importa, porque todo lo demás pasa. Todo. Algunos eligen huir por miedo a fracasar, y nunca nadie logró la felicidad plena huyendo de los momentos que la vida, a veces tan generosa, les regaló.

Porque esto es un ratito, y porque hoy es lo único que tenemos… por eso digan sí, aunque se estén muriendo de miedo, aunque después se arrepientan, porque de todos modos se van a arrepentir toda la vida si le contestan que no.




miércoles, 14 de junio de 2017

Gente de verdad

Los escritores muchas veces encontramos la inspiración en lo que podría haber sido y no fue. Hurgamos en los momentos que nos fueron arrebatados, en los días en los que fuimos cobardes o, quizás, demasiado valientes. Reinventamos nuestra vida y colocamos a nuestro antojo las marionetas con las que decidimos pasar el rato, convertimos los sueños en realidad fingida y exprimimos ese pudo haber sido hasta quedarnos sin aliento. Por esta razón hay muchos lectores que, al leer lo que otros contamos, ven su historia escrita entre líneas y se llenan de esperanza. Todos tenemos un pudo haber sido, todos, sin excepción, dejamos de hacer algo o nos atrevimos con imprudencia en aquel momento. Todos soñamos ser otra persona en un momento determinado, e incluso nos imaginamos viviendo otra vida, conviviendo con aquellos que no nos eligieron o a los que echamos de nuestro lado. Todos, en algún momento, necesitamos huir de nosotros.

Elegimos cada día. Elegimos cada palabra. Elegimos ser o dejar de ser para alguien. Elegimos ver lo que queremos ver en el espejo, y le susurramos a nuestro reflejo aquello que no somos capaces de gritarle al mundo. Elegimos lo que creemos que es lo mejor, elegimos locura y cordura. Elegimos las historias que dejaremos a medias y elegimos las carreras en las que jamás nos rendiremos. Todos elegimos, todos soñamos lo que pudo haber sido. Todos somos demasiado parecidos... Y tan diferentes.

Poco he aprendido para lo mucho que he vivido, cuestión de prioridades imagino, pero si algo tengo claro es que sólo hay una cosa que nos diferencia a unos de otros, un algo casi invisible para los que no lo pueden apreciar por no entenderlo. La gente de verdad. Eso es. La gente a la que llamamos auténtica, valiente o con personalidad. Las personas honestas y reales. Gente de verdad. Esos que escriben sus ilusiones en el aire con humo, los que no miran atrás por temor a recordar más de la cuenta, los que no se quedan paralizados ante la sorpresa y se dejan arrastrar por el río en el que fluye su vida. Esos, que miran a los ojos y cuya voz apenas tiembla, que se muestran tan seguros que muchos creen que no hacen más que un papel; no es posible que viva la vida así, dicen, sólo porque ellos serían incapaces de tomar las mismas decisiones. Sólo porque ellos no son tan de verdad. La gente de verdad se despoja de etiquetas y de normas, pasa de largo cuando la rutina campa en su puerta y no se acopla al perfil que la sociedad ha dibujado para ellos. La gente de verdad se ríe y llora tanto como cualquier otro, o quizás lo haga un poco más, porque no se puede vivir intensamente sin cabalgar del cielo a los infiernos de cuando en cuando.

La gente de verdad existe, como existe la magia, y las hadas y ese largo etcétera que cada cual llama como quiere. Esos que son de verdad son los responsables de que mucho de lo que sucede, suceda, y de que algunos de los capítulos de nuestra vida se escriban con la tinta imborrable que sobrevivirá a la eternidad. Porque ellos se atreven, y su atrevimiento es tan honesto, que los demás se dejan arrastrar por su fuerza. Aunque sólo sea un instante, aunque sólo sea para saborear lo que sólo imaginaron, lo que podría haber sido si no los hubieran conocido.

Elegimos estar cerca de la gente de verdad, porque vemos en ellos mucho de lo que anhelamos y nos empujan a vivir lo que podría haber sido.

miércoles, 7 de junio de 2017

Feria



Estuve en la Feria del Libro de Madrid. La noche anterior los alegres optimistas me advirtieron de que iba a llover. Tormentón, aclararon… Agradecí su preocupación pero no cogí el paraguas. No tengo paraguas. Hizo un calor de justicia. Gracias por los presagios.
Fue un día maravilloso. Multitud de personas, la esperanza de la literatura, paseando bajo el sol, parándose a mirar, a tocar y a escuchar. Se puede leer de muchas maneras. Llegué con la ilusión de sumergirme en uno de los sueños de mi vida (nada tiene que ver con el amor de mi vida), pasé frente a la caseta 26, en la que los lectores esperaban la llegada de su adorado Màxim Huerta. Mi adorado Máximo. A punto estuve de robarle algún cliente, pero me contuve. No me pareció justo porque en realidad ellos habían ido a hablar de su Iceberg, y no les interesaban mis Amapolas. Sal por la puerta grande, maestro. ¿O es Puerta Grande?
Mi hermana apareció con mi cuñado en mano. Quisiera encontrar una excusa para enfadarme con ella, pero no puedo, porque nunca falla. Igual que Gemma, María (con su recién estrenado ascenso), Natalia, Ana… Siempre están ahí, dicen que les emociona verme, yo creo que mis emociones les preocupan más de la cuenta, saben que soy de lágrima fácil y pensarán que, si me dejo llevar, puedo contagiar mi berrinche a una caseta entera. Incluso pasados los cuarenta sigo siendo la pequeña del equipo. Me compraron libros, otra vez, cosa que voy a empezar a prohibirles porque no veo la necesidad de comprarme un libro en cada una de sus visitas. Además, me piden que se los dedique para unas personas de las que nunca hablan, creo que se inventan los nombres. Mi amiga Lady Alessandra, sin ir más lejos, me mandó una foto el otro día con los 8 ejemplares que tiene de mis tres libros. Parecía estar muy orgullosa, igual cree que en unos años tendré un nombre en el mundo de la literatura y que hará fortuna con ellos… ¡Suelta el cántaro de leche ya, amiga, que este no es tu cuento!

Me gusta dar las gracias, qué le voy a hacer, cada cual con sus manías. Tenía que haberme apuntado los nombres de los que vinieron a verme. Aquellos que le robaron minutos a su día para acercarse hasta la caseta 44. Como Francisco, que me trajo una sopa de letras que él mismo había hecho con palabras de mi libro. O la madre de Elena, que buscaba una historia para que su hija volviera a sonreír y eligió la mía. Y Carmen y Félix, derrochando estilo y cariño. Y un Príncipe que vino desde Siberia y que me encandiló. O algunas de mis blogueras literarias favoritas como Sandra, Sara y Pepa, claro, que está a mi lado desde mi primer parto. Y mis compañeros aeronáuticos, de ayer y de hoy. De siempre. Luis, Quique, Irene, Ana, Pilar, Mariano, Pepe… Mis amigos Antonio y Lars. Sorpresón. También apareció Carmela, sofocada porque creía que no llegaba.  Me emocionaste, querida. Y a nuevas conocidas como Gemma, la madre de Marta, Remei con su hija y ambas con sus sonrisas… Hasta tú estuviste, escondido entre la multitud, acompañándome desde tu sombra. Te intuí. 
Todos, incluso los que no menciono, pusisteis el broche de oro a mi paseo por este campo de Amapolas tan inolvidable. Dedicarle nuestro tiempo a los demás es un acto de generosidad, gracias por no inventar excusas y por encontrar razones para pasar a verme.
Como lectores, también sois protagonistas de la novela. Os lo dije a muchos de vosotros, y lo repetiré hasta el fin de los tiempos: sois los protagonistas de la historia de vuestra vida, escribid la mejor de las obras.
Palabra de Laura, escritora española.
Nos encontraremos en el camino, aún queda mucho por andar.  Y soñar. Y escribir. Y vivir. Mientras tanto, permitidme que os hable del protagonista de mi próxima novela… 

jueves, 1 de junio de 2017

Fanfarrones

Hace un tiempo conocí a alguien que afirmaba haberme leído en alguna ocasión sin conocerme. Me preguntó por qué llamaba moleskine a la libreta de toda la vida. Porque la mía es moleskine, respondí, incluso está el nombre escrito de fábrica. Ya, dijo, pero es un poco cursi ¿no?, añadió después de consumir su pitillo de una calada. Sí, es muy cursi, contesté. Al cabo de un rato volvió a intentarlo, con otro cigarrillo pegado a su dedo, yo te felicito por tus logros, mintió, pero te he leído y a mí no me gusta como escribes, espetó con la tranquilidad del que se ha acostumbrado a derrochar una falsa seguridad que esconda su larga lista de complejos. Me alegro, respondí, porque es algo que poca gente me dice y ya empezaba a creer que todos mienten.
Mi indiferencia alteró sus pulsaciones y decidió sacar la artillería pesada, lanzándome un dardo envenenado cada tres frases. Yo sonreía de mentira y miraba a mis amigos sin entender de dónde habían sacado a un tipo tan extraño y poco amigable.
Derrotado por el muro que levanté entre ambos, por fin dejó de intentarlo.

Se tomó unas cuantas copas. Soltó varias fanfarronadas (es de esos para los que se inventó esta palabra) y se largó haciendo eses. Supe entonces acerca de su vida. Tenía cuatro hijos, repartidos entre tres exmujeres, un buen trabajo cuyos rendimientos económicos los repartía entre su prole y cada día aparecía con una chica diferente para convencerse de que seguía siendo un macho. Alfa o Epsilon. A pesar de ir vestido como un señor bien, iba bastante justito en lo que a educación se refiere, y eso no lo digo yo, lo dijeron los que se supone que eran sus amigos/conocidos/colegas. Intuyo que es una de esas personas para las que la verdad consiste en decir todo lo que se les pasa por la cabeza, sin pensar en las consecuencias de sus palabras. Hay que ser de verdad, dicen a menudo, pero son ellos los que eligen cuándo decirla y a quién porque, casualmente, cuando no les viene bien se olvidan de ser sinceros.
A lo largo de mi vida me he topado con hombres así, y por eso no le hice mucho caso, porque eso es lo que buscan con su verborrea barata: la discusión jocosa. Se creen auténticos, y están convencidos de que tienen algo especial, pero lo único que tienen es un cartel pegado a su frente que pone que están disponibles y que no quieren compromiso. Cosa que, por otro lado, es algo que a muchas mujeres les interesa porque no todas quieren comprometerse. Y mucho menos con alguien con cargas, con visitas semanales al juzgado por culpa de la manutención y con falta de autoestima.
Un ratito y se despiden.
Tú finges, yo finjo. No me llames, gracias.
Son el entretenimiento perfecto para algunas mujeres con el índice de saturación y de decepción por encima de la media, aunque ellos se crean irresistibles. Ellas no quieren enamorarse, ni que las llamen y muchos menos quieren promesas vacías que sólo fingirán creerse para evitar la disputa.

No son hombres malos. Ni tampoco buenos. Ni siquiera regulares. Son sencillamente así, sin filtros. Sin ningún atractivo por descubrir. Y si algo tienen de positivo, es que se les ve venir de lejos, porque tienen un perfil bastante bien definido y copiado por muchos de sus congéneres. Son libres de hacer lo que les plazca y de vivir como gusten. Pero tampoco es necesario que escupan su rabia contra un desconocido, realmente no sé qué pretenden conseguir cuando insultan gratuitamente. Los cerebros de estos hombres son inescrutables. Indefinibles. Raros.
Y no finjáis sorpresa porque sé que vosotros también conocéis a alguien así, a quien además le tenéis cariño. Lo entiendo, a todos nos pasa. 
Cada vez que afirmo que a mí hay pocas cosas que me sorprendan, siempre acabo comiéndome mis palabras, porque cuando menos lo espero, aparece un personaje que me recuerda que en este mundo tiene que haber de todo para que gente como yo pueda escribir cosas cursis en su moleskine.


domingo, 28 de mayo de 2017

Y Cupido colgó las alas

Hace unos días me quemé el dedo con una tostada. Y dicen que la primera frase de una historia es muy importante, mal empiezo. Sigo. Mientras calmaba el ardor debajo del chorro de agua fría, recordé a mi abuela. Ella siempre quemaba las tostadas. Siempre. Después rascaba con un cuchillo el pan carbonizado y lo untaba con una buena capa de mantequilla, de esa que sabía a mantequilla, ¿la recordáis? Oh, los recuerdos, que aprovechan cualquier señal para sacudir a nuestra nostalgia. Y el olor del pan quemado me ha devuelto a mi abuela. Gracias.

Al día siguiente, con la lección aprendida y la tirita puesta en el dedo, bajé a la panadería que hay debajo de casa. Esperé mi turno con la mirada clavada en los estantes en los que estaban repartidos los diferentes tipos de panes que vendían. Veinte. Los conté. En ese momento una mujer pidió una de la casa, y yo me pregunté ¿de qué casa, señora? ¿De cuál de las veinte casas aquí presentes quiere usted que le sirvan el pan?
Difícil decisión.
De vuelta a mi hogar, mientras mordisqueaba el extremo de mi barra cubierta de semillas, pensaba en lo difícil que es todo hoy en día. Si hubiera una o dos opciones entre las que elegir, nuestra vida sería más fácil. Quiero pan. Veinte tipos. Quiero una serie de televisión. Ahí tienes noventa. Quiero leer. Las treinta novedades de esta semana están sobre esa mesa… Y así con todo. Hasta con el amor, que casualmente es la razón de este escrito. 

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, se puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y con la mascarilla de pepino refrescando nuestro cutis si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Inteligentes? 
Después de este primer paso, procederemos a escoger entre los candidatos, desplazando el dedo por la pantalla, más despacio o más deprisa, y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. A la gente cada vez le preocupa menos ser auténticos, les va más ser lo que se lleva, lo que está de moda, ser muy top, o un crack o algo por el estilo... En fin. Hay mentiras para todos los gustos. 
Pero si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?

Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo, yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se aburrió de mí y colgó las alas. ¡Ahí te dejo sufridora!, me gritó desde su barco velero.


La gente se enamora, sí. Pero sólo por un rato. Unas horas en algunos casos. Y me parece bien, cada cual elige la barra de pan que más le gusta, y la mordisquea como le da la gana, pero qué queréis que os diga, por más que intente cambiar, yo sigo siendo de las de la barra de la casa… Sí, soy esa romántica a la que a veces critican los descreídos o los corazones rotos. Esa que cree en el amor.  De qué planeta me he escapado, pensaréis vosotros ahora. Touché, contesto yo.

Hoy he regresado a la panadería. He comprado una de la casa, y me he ido más feliz que nunca, porque, a pesar de todo lo vivido, sigo creyendo en el amor de la misma manera que creía cuando era una niña, y no necesito modas que me hagan creer lo contrario. Ni semillas, ni centeno, ni olivas negras, ni cebolla… nada que condimente el sabor con el que crecí. Que es el que más me gusta. El mismo que quemaba mi abuela cuando nos hacía tostadas.

¡Ay, la nostalgia!¡Ay, los aromas!

jueves, 25 de mayo de 2017

Tenemos una cita

Este año vuelvo a la Feria del Libro de Madrid, ¡bien! No quiero que parezca que escribo esto sólo por mi interés para que todo el que me lea venga a verme, no soy tan egocéntrica. Si queréis saber que estaré en la caseta número 44 de la Librería Antonio Machado, ya haréis algo para averiguarlo, no me corresponde a mí decirlo todo, como tampoco es mi trabajo advertiros de que será el día 4 de junio de 12:00 a 14:00 hora local de Madrid (encima querréis que lo ponga en negrita o en cursiva, claro). No, no estoy aquí para dar los detalles que cada cual puede encontrar en la página oficial de la Feria del Libro de Madrid (pinche aquí, por cierto). 


Quería hablaros de lo que me ocurrió hace años cuando, después de darme un paseo por la Feria y de comprar un par de libros, me senté a tomar un gin-tonic y a ver a la gente pasear. Algún día estaré firmando en una de esas casetas, me dije con más poca vergüenza que otra cosa. Y ese algún día llegó hace tres años, y se repitió hace dos y volverá a repetirse el próximo 4 de junio… ¡Vaya, se me escapó la fecha! No diré que este es el más importante de los tres, porque cada uno lo fue por alguna razón; el primero por ser el primero, el segundo porque Manolo Tena me acompañó y me dio un premio (descanse en paz, maestro) y este porque llego exultante con mis amapolas, que pronto hablarán italiano y búlgaro y porque he dejado de fumar. Cosa que parece no tener ningún sentido en el contexto, pero me apetecía decir que llevo cinco meses sin encenderme un pitillo y no he encontrado mejor momento para compartirlo que hablando acerca de lo que podemos conseguir si nos lo proponemos. Si se quiere, se puede. Un poquito de pensamiento positivo que hace mucho que no me paseo por las frases optimistas de la red y ya estaba empezando a no encontrarle sentido a mi vida.

Sé que hay muchas personas que querrán venir y no podrán, lo siento por ellos. Otras que harán un esfuerzo sólo para hacerme feliz, aunque no les apetezca nada ir un soleado domingo de junio a pasear por el Parque del Retiro y disfrutar después de una cerveza fresquita en alguna de las terrazas de la zona. Gracias por el esfuerzo. No seré yo la que os pida que vengáis, no os hablaré de la ilusión que me haría encontrarme con mis lectores allí ni os contaré cómo hace dos años, en la caseta al lado de la mía, estaba firmando una escritora cuya fila de lectores daba tres vueltas a mi desértica zona (con doble tirabuzón incluido) y, sin pensármelo dos veces, me asomé y le dije: María, mándame a alguno después, mujer… y ella se rio. Muy simpática, sí, pero no me mandó ni a uno solo. Por suerte tengo amigos que se preocupan por mí y que, de cuando en cuando, se levantaban de la terraza del bar y me traían un refresco. Refresco se escribe así, ¿no?

Este año no seré yo la que vaya mendigando lectores porque sé que vosotros, seguidores
de Palabra de Laura y de mis libros, habéis disfrutado en alguna ocasión con mis escritos y tenéis mucha ilusión por recibir una dedicatoria y dos besos de esta que escribe. Sé que lo haréis porque sabéis lo mucho que me gusta entrar en vuestros hogares y haceros felices, y que lo único que queréis ahora es hacerme feliz a mí.
Sois grandes.
Alguno de vosotros estará dudando, pensando si vale la pena o no venir sólo para verme a mí, ya os respondo yo: no, no vale la pena. Así que os adelanto que ese mismo día, 4 de junio (¿cuántas veces lo he escrito?) y a la misma hora que yo estaré, de 12:00 a 14:00 horas, también firmarán Máxim Huerta (cerca de mí, por cierto), Manuel Vicent, Paloma Sánchez Garnica, Sol Aguirre, Joël Dicker, Nando López, Ray Loriga, Laura Riñón (caseta 44), Rosa Montero, María Oruña, Pablo Rivero (Cuéntame…), Blue Jeans, Laura Riñón (caseta 44), y muchos otros. Podéis comprobar la lista en la web oficial si queréis. No están aquí anotados todos los que estaremos allí, pero os podéis hacer una idea de lo importante que es que no hagáis planes para el próximo día 4 de junio porque, aunque os cueste admitirlo, estaréis deseando acudir a la cita que tenéis conmigo.
Por fin, los lectores de mis amapolas y yo juntos.
Un sueño cumplido.
Gracias.


miércoles, 24 de mayo de 2017

¿Qué podemos hacer?

"La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran."
Paul Valèry


A menudo nos preguntamos qué podemos hacer para cambiar el mundo, y nos asusta descubrir que el mundo no se cambia desde aquí abajo, donde estamos la gran  mayoría, sino que se hace desde arriba, donde están las manos poderosas que dibujan nuestros caminos a su antojo. Pero no nos dejemos engañar, porque al margen de convertirnos en personas solidarias y de tender una mano a aquellos que tuvieron la mala suerte de nacer en el lugar equivocado, nosotros también podemos hacer algo más, aunque nos cueste creerlo. Esos que hoy están ahí, manejando los hilos de las marionetas en las que nos convierten, un día fueron niños, hijos de alguien, alumnos de un maestro que seguramente tuviera otros planes para ellos después de calificarlos al final de cada curso. 
Nosotros, que crecemos y vivimos rodeados de amigos y de familia, que escuchamos críticas acerca de lo que hacemos mal o de lo que podemos mejorar, que nacemos limpios y vírgenes en valores y en principios, estamos obligados a hacer de nuestro pequeño mundo un lugar pacífico y respetable, y sólo así lograremos que en un momento determinado todos los pequeños mundos en los que cada cual pasa su vida, se unan para crear un lugar en el que no resulte tan repugnante vivir en ocasiones.
En estos días, leo la indignación de muchos culpándonos al resto de mirar hacia otro lado cuando nos plantan imágenes tan desoladoras como la de los asesinatos de almas inocentes. Niños entre ellos. No, no miramos a otro lado, son muchas las ocasiones en las que ocurren cosas como esta, no vale llorar un rato ni gritar nuestra rabia durante un instante, para después olvidar lo ocurrido o cambiar de conversación. El horror ocurre cada día y, por desgracia, en la mayoría de ellos se nos muestra a través de la imagen de la inocencia, de los niños que no pudieron defenderse para salvar su vida por no tener la fortaleza suficiente, y por no conocer aún la definición del odio así como la conocemos los adultos. Y esos son los niños que se harán mayores viviendo en la tierra del odio y del rencor, obsesionados en ser amos y dueños de todo los que les rodea, destrozando las vidas ajenas, porque para ellos eso será lo normal.

De un tiempo a esta parte, soy testigo de la burda mentira en la que muchos viven, de los gritos de los padres a los niños que mañana gritarán de la misma manera, veo el silencio de aquellos que tienen miedo de hablar sólo por no ser castigados, el repugnante abuso de los desalmados que se aprovechan de los más débiles, y el egoísmo que nos coloca en el centro de nuestro universo, creyéndonos en poder de la verdad y de la razón. Lo único que hago es mirar a mi alrededor, no necesito viajar por las imágenes que me lleven hasta un conflicto, ni ver las lágrimas desesperadas de niños olvidados que no se diferencian mucho de los niños que veo en mi mundo, y cuya única suerte fue nacer en otro lugar que aparentemente parece pacífico.
No creamos que esas vidas perdidas nada tienen que ver con las nuestras, no nos rindamos creyendo que nada podemos hacer, porque todos nuestros esfuerzos, sumados entre ellos pueden ser la pócima secreta para lograr que el cambio sea posible. Miremos en nuestros hogares y no desistamos en el empeño de ser mejores personas, por mucho que el resto critique nuestro esfuerzo, y preguntémonos qué podemos hacer. Cuidemos de nuestros padres, de nuestros nietos, y de nuestras familias, no juzguemos a los demás porque hagan las cosas de manera diferente ¿Acaso vivimos su vida? Hablemos con respeto y ofrezcamos lo bueno que tenemos, no seamos egoístas y no mintamos, no engañemos ni juguemos con las personas… porque no sólo se mata con una bala perdida, y no sólo se humilla rasgando el corazón de un alma inocente, también se puede morir de pena, de desidia o de falta de ilusión.

No busquemos soluciones para aquello que sucede lejos de nosotros, hasta que no mejoremos el mundo en el que vivimos. Nuestro mundo.