domingo, 15 de abril de 2018

En la piel ajena

Ustedes y yo apenas nos conocemos, y puede que nunca lleguemos a hacerlo. Pero en este mientras tanto, en el que compartimos emociones y opiniones como si nuestro mundo fuera a llegar a su fin en cualquier momento, les confesaré que a veces dudo acerca de las palabras que quiero dedicarles. Dudo entre el tú y el usted. Dudo si teclado o bolígrafo negro. Dudó incluso entre el café y el té. Pero qué quieren que les diga, soy contadora de historias, y en este mundo en el que felizmente convivimos mis personalidades y yo, puedo cambiar de opinión hasta tres veces en un minuto. Vivir en mí es tan agotador como trepidante. 

Por esta sencilla razón, cuando algún lector me sugiere que cambie de registro, dudo si debería hacerlo. Después acepto el reto. Y al final vuelvo a dudar. Y es que a menudo me piden artículos de tinta envenenada, más ironía para contar la realidad, más actualidad en definitiva. Y yo contesto que vale, que en seguida me pongo con ello. Y entonces me levanto para poner otro peso en la balanza, y mis letras de fantasía salen disparadas por los aires. 
Y luego, cómo no, vuelvo a cambiar de opinión. 

Lo cierto es que me gusta zambullirme en los párrafos ajenos que hablan de la actualidad. Pasearme por los titulares, y contener una carcajada o un grito de rabia en la garganta. Y es que la realidad se lo pone fácil a los que, como a mí, nos gusta despertar irónicos. Porque hay personajes que ya nos gustaría a más de uno haber creado... Pero no voy a hacerlo. Ya hay mucho de todo. Ya hay mucho insulto. Y mucho grito. Y muchas verdades maquilladas. Y decenas de personas que se preocupan por llenarnos la cabeza de información y de anécdotas que alargamos hasta el insomnio. 
Así que ahora me dispongo a encerrarme en mi burbuja particular y como soy muy atrevida, me propongo arrastrarles conmigo durante un ratito, un instante efímero en el que puedan contagiarse de lo que sea que no hable mucho de la realidad, de ese enfado colectivo, y de esa indignación sedienta de noticias. 
Y les diré que no hay manera más sencilla de alcanzar este equilibrio en el que yo ahora me contoneo, que el simple gesto de descalzarse y probarse unos zapatos distintos.

Qué fácil es entender la vida cuando nos cambiamos de zapatos, ¿no les parece? Pasear subidos en los tacones de otra persona, y dar vueltas en su montaña rusa particular. Escuchar las críticas que ellos escuchan, pero hacerlo desde el mismo lugar en el que ellos están. Porque no, no son como nosotros, y eso es lo que hace que su mundo sea diferente, aunque parezca tan idéntico al nuestro. 

Qué fácil resulta todo al meternos en la piel ajena.
No hay nada como regresar a nuestra infancia, y ser testigo en primera persona de las noches en vela que pasaron junto a nuestra cuna, o de cuando sujetaban nuestra mano durante horas hasta que el miedo desapareciera. Qué suerte que estuvieran allí para protegernos de otra caída. Qué bien se ve todo ahora desde su mirada.  
Qué fácil es hablar de la tristeza que viven los demás, no porque así lo elijan, sino porque juegan con unas reglas distintas a las nuestras. Y qué fácil es juzgar cuando no tenemos que pasarnos meses sentados en la puerta de cualquier lugar esperando un puesto de trabajo, una oportunidad para construir un futuro, o una responsabilidad que nos haga sentirnos útiles.

Vemos absurdo que otros se lamenten cuando el amor les da la espalda. Y somos incapaces de ponernos en su piel para sentir el dolor de su tristeza. Juzgamos a las personas que no abrazan, pero quizás nadie les enseñara a hacerlo, y que con el tiempo encontraran en el egoísmo su única forma de conquistar la libertad que les fue arrebatada.

Puede que nuestros caminos se parezcan mucho entre ellos, pero no, no fueron los mismos. Y las piedras del tropiezo eterno no están en el mismo lugar para todos. Por suerte es algo que entendí no hace mucho. Y ahora soy capaz de comprender el porqué de muchas vidas, aunque me cueste encontrar las palabras idóneas para convencer de lo equivocados que estamos a veces. Y esta es la razón por la que a menudo elijo escribir lejos de la realidad, porque de un tiempo a esta parte, no encuentro en ella una verdad que me haga sonreír de la misma manera que sonrío cuando me quedo en mi burbuja. 

Y no hay más verdad en mis palabras que la que yo siento al escribirlas. Y espero que ustedes estén igual de cómodos dentro de esta piel ajena, que ahora es suya, siempre que así lo deseen.

Para escuchar el audio del artículo pinchar en el link:  
Artículo Radio Calamocha. Audio del texto.













lunes, 9 de abril de 2018

El respeto


     Hay días que se me hacen bola. Despierto y descubro la cantidad de celebraciones que se me vienen encima y no sé por dónde empezar. Celebramos tantas cosas al mismo tiempo, que no prestamos la atención que debiéramos a cada una de ellas. Dedicamos días a enfermedades, a culturas, a razas y a religiones. Dedicamos días incluso a la fruta que no todos tenemos la suerte de llevarnos a la boca. Había pensado  escribir versos para exigir el respeto por las celebraciones del resto, pero hoy amanecí justita de rima y de ritmo. Y para rematar mi falta de creatividad, mi razón está más seria que nunca y me ha convencido de que lo mejor es no saber. No ver. No preguntar, ni tampoco entender. Respirar para evitar morir, pero vivir con los ojos cerrados. O sea, ser una planta.
     No me gustan muchas cosas, y asumo que mi egoísmo elija concentrarse en mi pequeño mundo, simplemente porque así puedo dibujar alguna sonrisa en mi rostro de cuando en cuando. Si intentas entender las razones que llevan a algunas personas a destruir la vida de los otros, te sientes impotente. Y te asustas cuando descubres que si algo puedes hacer es ser como ellos, pagar con la misma moneda, dejar de poner la otra mejilla, no perdonar… porque no es fácil resignarse a vivir cuando te arrebatan lo que es tuyo. Tu vida. Tu ilusión. Tu razón. No, no es nada fácil.
     De un tiempo a esta parte, a muchos amigos que tienen hijos, les hablo de lo importante que es su educación para ellos... ¿Quién soy yo para aconsejar? Se preguntarán ustedes. Y sí, ellos también lo hacen. Sé que no tengo ninguna credibilidad en este asunto, pero tampoco pretendo educar, porque para hacerlo, posiblemente debería empezar por la niña que a veces me mira asustada desde el espejo. Pero si algo sé, es que sus vástagos serán los que mañana gobiernen el mundo, los que inventen, creen, hablen, representen, enseñen e incluso eduquen. No importa el camino que cada padre elija para que sus hijos den sus primeros pasos, algunos les inculcarán los colores de su equipo favorito, o les enseñarán a rezar y a creer en un dios en el que crean el resto de sus días, o en el que dejen de creer cuando la inocencia le ceda el paso a su razón; otros preferirán guiarlos por un camino lejos de religiones o de dioses omnipresentes, les advertirán acerca del color de piel de sus amistades o les empujarán a que inviten a sus cumpleaños a el chico raro de la clase (¡bravo por estos últimos!)... la ilusión de la mayoría de los padres será que los niños crean en ellos mismos, y en su capacidad para ser quienes sueñen ser. No importa cómo lo hagan. Nada es mejor, ni tampoco es peor. Siempre que se haga desde el respeto. Porque el respeto debería ser el punto de partida de nuestra andadura. De la de todos.


Hoy vuelvo a estar enfadada. Triste. Indignada. Hoy abro el periódico y leo, paso las páginas muy rápido, y me rindo. Descubro muertes de personas inocentes, una vez más, guerras sin sentido, otra vez. Descubro a ladrones que fingen trabajar para nosotros, y a los que se les permite delinquir. A niños maltratados por almas sin alma. Descubro la lucha de unos padres  a costa de la felicidad de sus hijos, hijos alejados de sus padres por culpa de la justicia. Dejo de leer y empiezo a hablar en alto, incluso me contesto (soy un caso perdido). La impotencia me hace gritar, aunque mi grito me esté alejando de la razón. La impotencia no siempre puede mantener el mismo tono de voz. Decido dar la espalda a todo y regresar a mi mundo, a mi burbuja. A mi ignorancia. Respiro. No hay nada que pueda hacer, ¿o sí?

A lo mejor tenemos que volver a empezar. 
Parar un instante. 
Reiniciar nuestros cerebros. 
Observar el mundo que nos rodea, tachar la envidia y el odio de nuestro vocabulario. 
Aprender a caminar sin pisar a nadie. Disfrutar de lo que tenemos, respetar al que pasea en dirección contraria, y aprender a sonreír de nuevo. No juzgar, y entender que aquellos que no piensan como nosotros lo hacemos, pueden darnos la mejor lección de nuestra vida.
    Y no olvidemos mirar de reojo a los más pequeños, porque ellos aún no están contaminados, no entienden de leyes ni de normas y su inocencia nos puede enseñar lo que de verdad importa. Puede que sólo sea una idealista sin remedio o una mujer ebria de sueños, pero al menos me siento bien leyendo esto que ahora leo. Y lo que ustedes opinen de mí, lo respeto, por supuesto, aunque si he de ser sincera, en el fondo me importa un bledo. 

Para escuchar el audio del artículo pinchar en el link: 
Colaboración Radio Calamocha (Audio de texto)


martes, 27 de marzo de 2018

No toda mujer tiene algo de puta

Hoy me he topado con un artículo: Toda mujer tiene algo de puta. Después de leer el título, creía que nada me sorprendería, pero al llegar al final sólo he podido decir: ¡Oh, cielos! He pensado en mandar un mensaje a la autora. Sí, autora. Ella. Pero hoy amanecí generosa y he decidido hacerle publicidad gratuita porque como mujer -no puta-, me adjudico el derecho a opinar acerca del citado texto.

Dice el escrito, entre otras muchas cosas, que las mujeres que llevan los labios rojos, y visten minifalda son consideradas putas. ¡Toma ya! Me digo mirando de reojo las barras de labios que hay sobre la cómoda. Pues no, no estoy de acuerdo. De hecho, hace unos días me sentí felizmente guapa con mi vestido y mis labios rojos. Además, creo que las mujeres que desempeñan la profesión más antigua del mundo, merecen un respeto. Muchas de ellas son engañadas, secuestradas o maltratadas por algún malnacido, o se han visto en la necesidad de ejercer esta profesión para alimentar a sus hijos, o lo hacen porque les da la gana. Y antes de juzgarlas a ellas, posiblemente empezaría hablando de sus clientes. Pero no seré yo la que juzgue sus vidas, porque  nunca he tenido que ponerme en sus zapatos.

El hombre quiere una mujer que lo satisfaga pero si se comporta sin miedos y con los pantalones bien puestos para decirle al mundo lo que desean, es tachada como puta. Lo confieso, me quedo sin argumentos para debatir afirmaciones como esta. Hasta donde alcanza mi memoria, siempre he sido una persona con pocos miedos y con decisión ante la vida, ¿¡seré puta!?...  Nos hemos encargado que la mujer ideal sea una madre abnegada, una esposa sumisa, una hija solapada, esa mujer intachable a la cual jamás se le relacionaría con algún acto carnal y es por culpa misma de las mujeres que el hombre las ha sometido a cumplir esos roles que aún son notorios después de 14 años de transcurrido del siglo XXI, y esto continúa, leo y releo algunos párrafos creyendo que los he leído mal, pero no. Dicen lo que dicen. Y yo alucino cada vez un poco más. Nunca he sido partidaria de fomentar estos debates sexistas, pero si algo tengo claro, es que hombres y mujeres somos diferentes. Y mucho. De nada sirven algunas comparaciones.

No soy feminista, ni sexóloga, ni terapeuta… Soy simplemente una mujer que se rodea de mujeres que, como mi madre, siempre ha cuidado su aspecto, y a la que nunca he visto como madre abnegada; de amigas casadas o emparejadas que han encontrado a la persona con la que compartir sus días aprendiendo a respetarse como lo que son, personas sin más; de mujeres felizmente solteras, que no se esfuerzan en dar explicaciones. Mujeres que han expresado sus sentimientos, y han compartido sus fantasías sin miedo a que las tacharan de putas. No generalizaré, porque sé perfectamente que no existe una norma que nos haga a todas iguales, cada cual tiene una circunstancia, unos valores y una educación, pero creo que no debemos juzgar tan alegremente, porque es difícil conocer la historia de cada cual.

Entiendo este escrito como un grito de guerra, una extraña necesidad  que tienen algunas mujeres de tener que demostrar siempre que son mejores que los hombres, que no los necesitan porque son felizmente independientes. Y cuando esa soltería es una elección, el insulto sobra, pero si la soltería es una obligación entonces la cosa cambia. Uno de los grandes errores de este mundo en el que vivimos es que creemos que para defender nuestra posición hemos de criticar al resto, cuando todos somos libres de elegir el lugar en el que queremos estar. Pero claro, eso a veces cuesta, y el insulto es el camino más fácil.

No, no todas tenemos algo de putas, y no, no todos hablan así de las mujeres. No generalicemos por culpa de unos cuantos que nunca supieron respetar a una mujer, puta o no. Si queremos que nos respeten, tenemos que empezar respetándonos entre nosotras.



PD: Para ser justa, aquí dejo el enlace del blog que menciono, que por cierto, me ha entretenido un rato. http://boudoircolombia.co/blog/2014/11/toda-mujer-tiene-algo-de-puta/

lunes, 12 de marzo de 2018

El amor de tu vida

¿Existe el amor de tu vida?
Existen los momentos, las personas que se cruzan en nuestro camino y las despedidas, sean tristes o rencorosas. Existen los idilios inolvidables, las relaciones trabajadas, los perdones y los puntos suspensivos. Existen los remedios para la soledad, la compañía rutinaria y las ensoñaciones. Pero, ¿existe también un amor único en nuestra vida?

Idealizamos a esa persona de nuestro pasado que nos dejó momentos únicos para recordar, nos convencemos de que no viviremos nada igual, y que cualquier historia que comencemos será diferente a aquel idilio. Nos referimos a ella como el amor de nuestra vida, y nos castigamos durante largas noches insomnes, añorando a alguien que no está a nuestro lado porque así lo elegimos nosotros, o quizá fueran ellos. 

Justificamos su ausencia repitiéndonos que aquel no era el momento, que alguno de los dos no estaba preparado, y que, en otras circunstancias, seguramente habríamos durado una eternidad, o hasta hoy por lo menos. Es mentira. Puede que hubiéramos alargado lo que fue, pero entonces no sentiríamos lo mismo que sentimos por culpa de la nostalgia, del tantas veces repetido ¿y si…?, y de la atracción que despierta en nosotros todo lo que no podemos conseguir, o que es difícil de conquistar.

El amor de tu vida existe, pero no se trata de un amor único, porque se pueden vivir muchas vidas en una sola. Con el paso de los años nos acostumbramos tanto a estar junto a alguien, que decidimos que no hay mejor lugar que estar a su vera, y queremos envejecer junto a él o ella, acompañarnos durante todos los días compartidos, sean malos o buenos. Sí, ese puede ser el amor de nuestra vida. 

O podría ocurrir que, durante un instante efímero en los calendarios, nuestra rutina se viera alterada por un amor que aparece sin avisar, que nos agita con tanta energía que consigue hacer que nuestro mundo se tambalee, que nos vuelva locos, y que luego desaparezca para siempre. También ese puede ser el amor de nuestra vida. Podríamos vivir la experiencia de disfrutar de una relación asexual, en la que lo más importante es la complicidad que tenemos con una persona que se adentra en nuestra alma y nos desnuda por completo, que nos escucha y nos entiende como aseguramos que nadie lo hizo antes, y que nos empuja a convertirnos en quien siempre nos asustó ser. También podría ser él, o ella.

O que en nuestra tierna juventud conociéramos a nuestro primer amor, pero que las circunstancias nos separaran y que siempre lo recordemos porque fue el primer beso, la caricia inocente y la madurez conquistada. Sí, puede ocurrir…

Descubriríamos entonces que el amor de nuestra vida no tiene un nombre, ni un rostro definido, en realidad, se trata de varias personas que llegaron en momentos diferentes para regalarnos historias tan distintas como importantes.

No nos lamentemos cuando la despedida sea inminente, soltemos lo que ya no tiene cabida en nuestros despertares. No nos obliguemos a vivir algo por miedo a la soledad, dejemos que todo se ordene, que nuestro camino encuentre un nuevo horizonte y, llegado el momento, sabremos si queremos conocer al nuevo amor de nuestra vida, o si, por el contrario, preferimos vivir del recuerdo. Ambas opciones son buenas, siempre y cuando no nos hagan daño, porque la compañía equivocada duele tanto como la nostalgia eterna.

No existe el amor de tu vida. O sí. Cada historia escribe su propia versión.

sábado, 10 de marzo de 2018

El fruto de la guerra




Y en un día como el de hoy llega a mis manos esta imagen.
Un día como hoy, cuando se cumplen catorce años de la masacre del 11 de marzo en Madrid. El día en el que el miedo nos sacudió a los más afortunados, a los que sólo fuimos testigo de la crueldad y de la barbarie.

No sé cuántas veces he escrito acerca de esto, cuántas palabras he empapado de sangre y lágrimas, cuántas he hecho cenizas, ni cuántas he destrozado con balas de odio. No lo sé. Y hoy -o quizá fuera hace dos días-, ha llegado a mis manos una postal con esta imagen, y las mandíbulas me duelen de tanto apretarlas, y la rabia ha bloqueado a mi inspiración y no puedo dejar de mirar a este pequeño, atado a la espalda de su hermano, mientras espera su turno para entrar en el crematorio. Y muerdo mis labios como él lo hace, con una rabia tan diferente a la suya y con una impotencia tan parecida. Cuánta tristeza y cuánta resignación hay en su mirada. La miro una y otra vez y me pregunto si recordar realmente sirve para algo. Parece una pérdida de tiempo, un acto que nuestro egoísmo necesita sentir para liberarse de la culpa.
Cuánta ayuda necesito para entender esto.

Esta fotografía me ha sacudido y desmontado por dentro. La miro y vuelvo a mirarla. Le doy la vuelta como si al hacerlo el dolor pudiera desaparecer, y la impotencia se agarra a mi garganta y me levanto y camino dando vueltas, y me miro en un espejo invisible en el que no me encuentro, y de pronto me desplomo y me siento el ser más miserable del mundo. Qué hago aquí, me pregunto. Ahí afuera siguen sucediendo penas como esta y yo sigo aquí sentada, como si las letras de este folio sirvieran para cambiar algo. Maldita ingenua. No espero cambiar el mundo, la vanidad no es mi fuerte. Pero cambiar algo, un detalle pequeño, un pensamiento negativo o un vacío atrapado en el desconsuelo. Escuché que las palabras pueden ser más poderosas que las balas. ¿Será verdad? Mezclemos entonces los abecedarios y ordenemos sus letras como se nos antoje hacerlo. Escribamos ese párrafo entre todos. Seamos valientes sin escudos. 
 
Hoy ha llegado esta postal a mis manos. Y ni siquiera puedo fijar la mirada en ella más de tres segundos sin romper a llorar. Y la cabeza empieza a darme vueltas y descuento los días en mi calendario, han pasado 73 años desde entonces. ¡Setenta y tres! Y sí, sé que hubo muchas imágenes que precedieron a esta y sí, sé que la guerra es un mal inevitable para muchos y que para todos nosotros hay siempre un malo en esta película. Y también sé que mientras yo estoy aquí sentada, en algún lugar hay niños cargando a sus espaldas los cuerpos de sus hermanos muertos. ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿He de conformarme con mirar fotografías como esta y llorar de rabia y suspirar un vaya? ¿Todo se arregla pensando en la suerte que tengo y en lo afortunada que soy? ¿La solución es aceptar que la vida es así y punto?

No quiero creer que esto sea todo.
No puede creerlo.

Intento mirar esta fotografía como si fuera un hecho aislado, un momento fatal atrapado por el objetivo de una cámara desafortunada. Algo poco habitual. Y entonces una carcajada sarcástica resuena en mi cabeza, y miles de imágenes se proyectan en mi memoria. Imágenes de este tiempo que es el que me ha tocado vivir; imágenes de los cuerpos saltando de las Torres Gemelas; imágenes de niños, multitud de niños, caminando descalzos y dejando atrás una ciudad que ya sólo es fuego y cenizas; imágenes de furgones atravesando avenidas y arrollando a personas inocentes, o aniquilando cuerpos a balazo limpio… Y me quedo un rato con una imagen congelada en mi memoria, puede que la cercanía nos haga sentir el dolor de una manera más real, y que algunos lugares no nos duelan tanto sólo porque están lejos de nuestra realidad. Será otro de los mecanismos de defensa que inventa el ser humano para protegerse del dolor inhumano. Pero me crie en Alcalá de Henares, la ciudad desde la que salieron los trenes aquel maldito 11M, hoy hace catorce años. He viajado y viajo por esas vías. Me he sentado en esos vagones. Y quizá por esta razón este día duela un poquito más que los otros.

Despierto a mi indignación y vuelvo a darle vueltas a lo mismo: ¿Cuántos capítulos más le quedan por escribir al odio? ¿Cuándo dejaremos de permitir que niños como el de esta imagen sean  víctimas inocentes de la barbarie? ¿Cuándo dejaremos de permitir que nuestro ego nos arrastre a la locura?

No, no hay consuelo para los días como este. No hay palabras que llenen el vacío que otros dejaron en nuestras vidas. Sólo nos queda tener esperanza. Aunque nos cueste, es lo último que debemos perder.




Nota: Aunque la leyenda que acompaña a esta fotografía sigue siendo borrosa, la versión oficial es que esta fue tomada por el marine norteamericano Joseph Roger O'Donnell tras el bombardeo de Nagasaki, en el año 1945. El Papa Francisco I ha escogido esta imagen para denunciar el absurdo de las guerras que no cesan a pesar del paso de los años y la acompaña con el título "il fruto della guerra". El fruto de la guerra.

viernes, 9 de marzo de 2018

Eres magia

Estábamos Frida y yo aquella noche vaciando, chupito a chupito, una botella de tequila reposado, y dejamos que nuestras palabras desinhibidas, se mezclaran con el humo de nuestros cigarros. 
Sobre el escenario, iluminada por la llama de dos velas casi consumidas, la voz rota de Chavela le cantaba a un amor perdido. 
Escoge a la persona que te mire como si fueras magia, exclamó la pintora antes de dar el último trago, y su diminuto cuerpo se desmontó sobre la mesa. Y allí me dejó, ebria de emociones, sumida en un sueño coloreado por ella, con el eco de un discurso que, durante el resto de mi vida, resonaría dentro de mi cabeza. 
Elige a esa persona, resucitan hoy sus palabras en este folio falso... A esa que te mira y te atraviesa, que te desnuda el alma con el cuidado del que sabe que está desenvolviendo la fragilidad de lo hermoso. Esa persona que te acaricia sin tocarte y que te devuelve tu primer beso. Escoge a esa persona, que te observa en silencio, agazapada en su soledad y cautivada por el deseo. La que ve en ti lo que nadie más ha descubierto, ese tesoro que guardas con recelo esperando a que alguien merezca tenerlo. 
Elige esa mirada. La que te observa hechizada por el embrujo que le provoca tu presencia, la que escucha tus palabras admirada, la que ve en ti a alguien auténtico.
Esa persona existe, farfulló Frida en sueños, porque la magia nació gracias a ella. 

El camarero se acercó y, sin mediar palabra, retiró la botella vacía y, con un golpe seco, puso otra sobre la mesa. Debe conocer a Frida, pensé. Y sin esperar a que mi acompañante despertara, serví sendos chupitos, y brindé en silencio.  
Por la magia, imagino, o porque se cumplieran mis deseos.

Y canté junto a Chavela.

jueves, 8 de marzo de 2018

Mujeres


"No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas."
Mary Woolstonecraft


Nunca quise ser un hombre.
Me peleé con ellos durante mis primeros años de escuela y desde entonces los he querido y odiado a ratos iguales. 
El amor, ya saben. 
Pero nunca quise ser uno de ellos.
Y tampoco me he sentido divina ni excepcional por ser mujer. Ni poderosa, ni orgullosa, ni superior... Me gusta mi persona, sí. 
Eso es todo.

No soy feminista. Ni machista.

Y no creo que la solución esté en añadir una vocal al final de cada palabra ni en generalizar cuando hablamos de sexos. Imbéciles hay, en masculino y en femenino. Pero lo que sí sé es que tengo suerte.
Mucha. 
Tengo suerte de haber nacido en una era en la que no tengo la entrada vetada a ningún lugar por ser mujer. Gracias a otras que lucharon por ello.
Tengo suerte de poder ejercer el derecho al voto. Gracias a ellas.
Tengo suerte de poder trabajar en lo que me gusta. Y de optar al puesto que desee.
Tengo suerte de vivir en un país en el que las mujeres pueden ser madres, trabajadoras y esposas al mismo tiempo. Y pueden estudiar una carrera universitaria. Suerte de poder decidir acerca de mi vida y no vivir a merced de ningún hombre. Y de no querer ser madre y decirlo. Suerte de haber crecido en un hogar en el que la mesa se pone y se quita seas hijo o hija, en el que las faltas de respeto entre hermanos y hermanas no se permiten, y en el que los regalos llegan a todos por igual. Y cuestan más o menos lo mismo.
Sí, tengo suerte por muchas razones. 
Por eso sé que hoy esto no va por mí. 

Va por ellas. 

Por las que pelean cada día por ser tratadas con respeto. Por las que están empujadas a contraer matrimonio cuando aún no han cumplido los 14. Por las que mueren apedreadas por comportarse como a ellos no les gusta. Por las que no pueden mostrarse como son. Por las que no pueden hablar. Ni leer un libro. Por las que escalan las mismas cumbres y no obtienen los mismos premios que los hombres que también lo hacen.
Por todas las mujeres que han luchado porque hoy estemos aquí y por sobrevivir a los comentarios de  los que veían absurdas sus reivindicaciones.
No buscamos estar por encima de los hombres. Ni ser más que ellos porque sí. Sólo queremos tener el derecho de controlar nuestra vida y de aspirar a los mismos sueños que un hombre sin tener que aceptar condiciones diferentes.
Y no, no todas pueden hacerlo todavía.

Aunque a usted esto le parezca absurdo, hasta no hace mucho, en este país las mujeres ni siquiera podían meter la papeleta en una urna en la que hoy en día incluso puede ir escrito el nombre de una mujer.

Y no olvidemos que es responsabilidad de todos, y que la educación se aprende dentro de cada casa. 
Hubo un tiempo, les diré, en el que las mujeres firmaban sus obras con un Anónimo. 
Ahí lo dejo.




jueves, 22 de febrero de 2018

Para qué vivir a medias

Tengo montones de frases anotadas en papeles que me encuentro en los lugares más insospechados de mi casa. Algunas de ellas han inspirado artículos, y otras terminaron entre los párrafos de un relato o de un libro. Fueron el comienzo de aquella historia, o puede que su final. Y ayer, mientras buscaba algo que no recuerdo en uno de los cajones en los que nada encuentro, apareció una de estas frases escrita en el dorso de un recibo: Para qué vivir a medias.
No es una de mis favoritas, no siempre estoy inspirada, pero algunas palabras solamente llegan para dibujar un norte en mi horizonte cuando ando algo perdida.

Para qué vivir a medias, me pregunto ahora en voz alta. Si esto no es un ensayo y estamos jugando nuestra partida definitiva, para qué vivir a medias. Si esto no consiste en practicar y entrenarnos para lucirnos en una próxima vida.

Para qué vivir a medias, si este ahora pasará de inmediato. Mucho antes de lo que creemos. Y el aire arrastrará nuestras cenizas sin pedir permiso a nadie. De aquí saltaremos a la eternidad. Fin.

Y no existe ningún camino de vuelta al punto de partida.

Y los podría y los debería se van pudriendo en las maletas que olvidamos en un rincón oscuro de nuestra inocencia. Entre los sueños imposibles y las ilusiones decepcionadas.

Para qué vivir a medias si cada vez que el maldito mañana intenta conquistar nuestro presente nada hacemos para evitarlo. Y nos quedamos pasmados, apoltronados en nuestra inofensiva rutina e ignoramos que la vida es hoy. Retamos a nuestro futuro inmediato, que suelta una carcajada ante nuestra chulería y que termina salpicando nuestro orgullo. No te levantas, quieres hacerlo, pero casi siempre encuentras una excusa perfecta. Y así pasamos los días. Viviendo a medias. Para qué, me pregunta este trozo de papel arrugado. Para qué vivir a medias.

Para qué perder el tiempo luchando en una batalla que quizá perdamos... Para qué robar un beso. O ver pasar una sonrisa de largo. Para qué desfilar impasibles frente al atardecer y correr hacia el lugar equivocado.

Para qué huir y soltar en cualquier agujero la pasión perdida. Para qué rendirnos. Ya mañana, si eso, lo vamos viendo.

Somos cobardes, a medias. Y valientes, a medias.
Y un día nos damos cuenta de que la despedida llegó antes de la cuenta.
Para qué guardarnos las palabras que mañana, quizás, ya no recuerden sus letras. Para qué silenciar un te quiero o un hasta nunca.

Gritemos nuestra alegría y escupamos la rabia que nos contamina y nos ciega.
Hagamos lo que nos plazca.
Riamos o lloremos.
Brindemos o callemos.
Pero para qué vivir a medias si nadie, nunca, regresó para la segunda parte. Si vivimos en un tiempo de descuento que se alarga generoso. Y sabemos que hay millones de planes enterrados en el cementerio de los que se conformaron viviendo a medias.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Y Cupido colgó las alas

Cualquier día es bueno para hablar de amor, no es necesario que sea este porque el calendario nos lo diga. Pero también podemos soplar velas cuando nos dé la gana y elegimos un día al año, ¿no? Pues eso. Hoy hablemos de amor y mañana ya volvemos a la actualidad que tanto satura y aburre, dicho sea de paso.

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, se puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y con la mascarilla de pepino refrescando nuestro cutis si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Inteligentes? 
Después de este primer paso, procederemos a escoger entre los candidatos, desplazando el dedo por la pantalla y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. A la gente cada vez le preocupa menos ser auténtica, les va más ser lo que se lleva, lo que está de moda, ser muy top, o un crack o algo por el estilo... En fin. Hay mentiras para todos los gustos. 
Pero si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?

Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se aburrió de mí y colgó las alas. ¡Ahí te dejo sufridora!, me gritó desde su barco velero. (Y cruzó la bahía.)


La gente se enamora, sí. Por unas horas o por una eternidad. Que nuestra historia romántica no haya tenido final feliz no tiene nada que ver con ellos. Celebrad San Valentín por todo lo alto, si es lo que os gusta. Llenad vuestras mesas de rosas y las paredes de corazones pintados en rojo. Pero si esta celebración os parece absurda, no la celebréis. No estáis obligados. Repito: Ninguna persona, esté o no enamorada, está obligada a celebrar el 14 de febrero. Pero dejad tranquilitos a los que sí que lo celebran. Han planificado estas horas de amor desbordado con mayor o menor acierto y tienen derecho a recibir su recompensa. Gocen ustedes. 

Hay muchas formas de celebrar el amor, y para una cosa bonita que tenemos, si nosotros no disfrutamos de su fiesta, al menos dejemos que los demás lo hagan. Que esto no va sólo del amor romántico, sino de aparcar los insultos y los odios por un ratito, y que cada uno ponga un poco de corazón en lo que hace. El mundo sería "mucho más mejor" para todos. 

Amén. Y amen, sin acento. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Volver a los diecisiete


“Volver a los diecisiete
Después de vivir un siglo
Es como descifrar signos
Sin ser sabio competente
Volver a ser de repente
Tan frágil como un segundo…”

Violeta Parra

Gracias Violeta. Pero yo no volvería. Ni a los diecisiete, ni a un tiempo pasado. Aunque la vida a veces se nos complique, y nos invada la necesidad de dar pasos atrás hasta llegar al punto en el que tomamos la decisión equivocada, regresar a otro tiempo me parece una decisión tan absurda como infantil, algo así como el "yo ya no juego"  berreado por el niño que dormita en nuestro interior. Y no nos engañemos, si pudiéramos viajar al pasado todos cambiaríamos algo de lo que hicimos, porque todos cometimos errores, aunque la vida nos haya concedido tiempo para enmendarlos y para asumir las decisiones tomadas. 
Pero regresar significa poner otra vez en marcha la maquinaria del aprendizaje. Recrearnos en las lágrimas que a estas alturas ya están secas, acariciar la cicatriz invisible, colocar la misma piedra del camino… Da un poco de pereza, ¿no?
¿Te imaginas volver a los diecisiete?, le pregunté a una amiga hace unos días. 
Éramos tan frágiles y valientes, contestó. Tan apasionadas por todo, concluyó con la mirada húmeda por la nostalgia. 
No supe qué responder. Mi nostalgia no es la suya y en cuanto a mi pasión, sigue desbordándome como lo hacía entonces. Es algo así como mi piedra en el camino y la luz al final del él. Paradojas de mi vida.

En una ocasión me preguntaron en una entrevista cuál era mi mayor defecto. Mi pasión, respondí yo. ¿Y tu virtud? Mi pasión. Repetí. 
Y es que no hay nada como conocernos y dibujar el perfil de nuestra personalidad en el aire para después encajar en él sin complejos. Y me atrevería a decir que a los diecisiete no era tan apasionada como lo soy ahora. Era inconsciente. Valiente. Inconformista. Salvaje. Osada. (Cómo logré sobrevivirme es algo que nunca he sabido.) Pero se podría decir que, por aquel entonces, mi pasión era también desordenada e indefinida. Quería vivir. Quería la vida. Lo quería todo. Pero lo quería por la misma razón que el caballo sale al galope por un prado verde. Por la libertad. No había un orden en mis gestos ni en mis ilusiones, sólo quería exprimir los momentos, y casi siempre llegaba pronto. O tarde. Agotada o rendida. Aunque pocas veces arrepentida, dicho sea de paso.

Pero los años pasaron, y con ellos mi pasión se despojó de sus capas más pesadas hasta quedarse limpia de cualquier adorno. Madurar, lo llaman. Un verbo que nunca he conjugado muy bien del todo.
Los diecisiete, en definitiva, fueron divertidos. Pero no, gracias. No vuelvo a ellos.
Me quedo con las diminutas arrugas de mi mirada cansada. (Cuando no tienes diecisiete ves las cosas como quieres, no como los demás quieren que las veas). Me quedo con mis sábados por la noche en casa, qué caramba. Con unas caderas que se contonean más seguras que cuando eran firmes y delgadas. Me quedo con el "no" cuando algo no me apetece. Con el suspiro que me provoca la gente que me aburre. Y con castigarme cuando me viene en gana, y no cuando mi madre lo decida. Incluso me quedo con no llegar a fin de mes. Bueno, no, con esto no. Pero lo acepto. Lo que es, por cierto, una de las mejores lecciones de haber pasado los diecisiete años atrás: La aceptación.

Y como cantaría Violeta, me despido dando gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la marcha de mis pies cansados, con ellos anduve ciudades y charcos, playas y desiertos, montañas y llanos y la casa tuya, tu calle y tu patio…



martes, 23 de enero de 2018

Elegí Madrid


Elegí Madrid porque es una ciudad que no me vio nacer, porque aquí crecí, y porque la conozco sin haberme paseado dando vueltas sobre su mapa dibujado. 

La conocí así como se conocen las ciudades, como mi padre me enseñó a hacerlo, perdiéndome por sus rincones y descubriendo sus secretos. 
Porque en Madrid te pierdes y te encuentras. 
Porque sales a la calle sin demasiada ropa, o con ropa de más porque aunque el día sea soleado sabes que refrescará. Elegí Madrid por sus atardeceres coloreados, por sus gentes, sus aceras polvorientas, tiendas, bares, restaurantes, taxistas impacientes, deportistas, putas de Campo y Montera, soñadores, palacios y Palacios, intelectuales de pancarta. 
Por su tráfico ensordecedor, sus huevos estrellados, su asfalto eternamente agujereado, sus Farolas y kleenex en semáforos en rojo, sus tirantes calidos en verano, sus jardines de verde imposible, y su ópera enzarzuelada.

Elegí Madrid por tantas razones que un libro entero necesitaría. E intento describirlo al detalle porque quiero que conozcan el lugar en el que tantas veces he vuelto a nacer, el lugar que cada día abre sus puertas a las oportunidades infinitas. Aunque el olor, su olor, falte.
Elegí Madrid por sus rebosantes platos de tradición, por Jesús el Pobre en Semana Santa, por museos con más historia en sus muros que en las obras que cuelgan de sus paredes, por tiendas de firma y de mercadillo, por barrios tomados por grupos marginados, por las canciones de Sabinas y Urquijos (gracias poetas), por sus interminables fotos robadas, por cuentos en bares escondidos y conciertos en lugares clandestinos, casas rehabilitadas en barrios reformados, por la Movida parida en los ochenta, por la Movida que aún sigue vive.
Por luces y sombras alargadas en otoño, atascos y silencios de sirenas, vinos y minis en papeleras llenas, porros y puros, Olimpiadas que no llegan, gentes y gentuzas, el luto de Atocha, conocidos desconocidos y olvidados entre cajas borrachas.

Porque una ciudad sin sonrisa es un cementerio con vida, y Madrid siempre sonríe para dar la bienvenida al viajero que llega, al vecino que despierta o al paseante perdido.
Elegí Madrid porque es la única forma que tengo de agradecerle a este lugar todo lo que me ha regalado. Noches en vela y días perdidos. Respuestas que arrancaba al aire cuando sólo al aire le hablaba. Recuerdos que escupía al asfalto, soñando un agujero, una boca de metro o una alcantarilla. Recuerdos que no volvieran.


Porque en Madrid aprendí todo lo que soy, y espero que me quede aún mucho más por aprender, para la segunda o la tercera parte de esto que escribo. Para un folio más al menos.
En Madrid se vive cada día una vida diferente, y se nos brinda la oportunidad de tomar cualquier camino que decidamos tomar, por muy difícil que nos parezca encontrarlo. Porque sólo en Madrid el demonio se atrevería a salir de su escondite pidiendo ser perdonado.


Por todo esto elegí Madrid.



Imagen: Gran Vía de Antonio López

jueves, 11 de enero de 2018

Tu primer día

Llega un momento en el que, por la razón que sea, dejamos de ser niños. Un día en el que aburridos de lucir tantas máscaras, nos atrevemos a ser nosotros. 

Se acabó la obra. Abajo el telón.

Llega un momento en el que dejas de pensar en tonterías, y no te esfuerzas por recibir una palabra cariñosa de aquellos a los que les cuesta decirla. Dices no, cuando algo no quieres, y no tienes remordimientos de conciencia. Aprendes que, al margen de todo lo vivido, ser buena persona no significa ser imbécil. Respetas las ideas y opiniones del resto, y hablas con educación, pero cuando algo no te gusta lo evitas, y cuando alguien te hace daño, lo ignoras. Porque no, no estamos para aguantar tonterías.

Llega un momento en la vida en el que te pones por delante de cualquier prioridad, y que entiendes que, si tú no estás en ese lugar óptimo en el que mereces estar, a tu alrededor nada irá bien. Por mucho que se finja. Y te atreves a todo, dejas de presumir acerca de lo valiente que eres, y saltas al vacío. Permites que tu corazón se adapte a ti, que te siga por cualquier camino que desees caminar y te vuelves loco, porque descubres que es en la locura donde a menudo se encuentra la calma.

Llega un momento en el que das por terminada la eterna lista de propósitos y empujado por una fuerza desconocida, te pones en marcha, te los crees por fin y vas a por ellos. Porque ese día entiendes que el tiempo no espera para nadie, y que la vida fluye veloz. Agarras con fuerza el momento presente y lo zarandeas, lo disfrutas y lo exprimes, no piensas en mañana, no anhelas el ayer. Te plantas en medio de tu camino y decides que hoy empieza todo, que hoy es el primer día del resto de tu vida.


Y así empieza una nueva historia, viviendo cada día como si fuera el primero. 
Cumplir años es el mejor regalo. 


Feliz cumpleaños a mí.

domingo, 7 de enero de 2018

Cien años

La bisabuela de mis sobrinos ha cumplido 100 años.
Cien. Un siglo.
Es la primera persona centenaria -de carne y hueso- que conozco, nació en el día de Reyes y por eso su parroquia ayer la homenajeó y el mismísimo Rey Melchor, acompañado de sus dos inseparables, le entregó un ramo de flores y un presente. Si a algunos nos cuesta desprendernos de las capas bajo las que se esconde el niño que fuimos, imagino lo difícil que debe de ser desprenderse de cien años.

La bisa, como muchos la conocemos, es una mujer que siempre saluda con una sonrisa -se ha ganado el derecho a sonreír a quien le dé la gana-, por eso es sorprendente escuchar a sus allegados contar que desde que cumplió los cuarenta, ya murmuraba resignada acerca de lo poco que le quedaba de vida. A lo mejor este el secreto de la longevidad: lamentarse por lo que no vendrá y centrarse en el tiempo presente. Y así, entre suspiro y lamento, llegó a los cincuenta. Y después cumplió los sesenta. Y sumó y siguió hasta cumplir un siglo de vida que, dicho así, hace que una quiera zambullirse de cabeza en cualquier libro de historia hasta llegar al año 1918, el año de su nacimiento, en el día en el que los Reyes Magos todavía no regalaban consolas, ni ordenadores, ni teléfonos inteligentes, porque ni siquiera ellos podían imaginar lo mucho que cambiarían las cartas que recibirían con el paso del tiempo.
Un siglo de vida que visto desde la línea de meta, bien puede parecer una carrera de obstáculos. Sobrevivir a las guerras, revoluciones, hambrunas, enfermedades y demás zancadillas del destino y sus antojos le otorgan a uno la medalla de oro por derecho propio. Sin vencedores ni vencidos. Y mientras muchos observan en el espejo las arrugas de sus miradas con resignación, y llenan sus neveras de productos que alargan la vida, y esculpen sus cuerpos en el gimnasio y mezclan pastillas milagrosas en el tarro de la esperanza, otros se dedican a vivir, sin plantearse cuál es la mejor forma de hacerlo. Respiran, agradecen, y continúan. Los débiles de veras nunca se rinden, decía Benedetti.

Ayer, mientras observaba a la bisa rodeada de los familiares y amigos que acudieron a felicitarla, recordé una frase de mi última novela: todas las vidas pueden ser noveladas. Unas más que otras, añadiría hoy. Porque, aunque no trascienda nada de lo que hagamos, ni seamos portadas de periódicos, aunque no dejemos nuestra impronta en una obra de arte que nos conceda la inmortalidad, ni paseemos por la vida con una corona de laurel decorando nuestro ego, todos somos importantes. Todos tenemos una historia que contar e infinitos recuerdos en los que acurrucarnos para ser eternos en las vidas de los que nos sobreviven.
Cada cual tiene el derecho -y la obligación- de escribir los mejores capítulos de su historia, y si al llegar a la meta lo primero que decimos es ¿puedo repetir?, significará que algo hemos hecho bien.

Felicidades a todos los que siguen cumpliendo años y siguen celebrándolo con entusiasmo.


viernes, 29 de diciembre de 2017

La agenda de las ilusiones

Celebremos o no el fin de año, en algún momento todos hemos dicho adiós (murmurando o gritando) a una etapa de nuestra vida en la que abandonamos una parte de nosotros, y despertamos valientes en un nuevo año dispuestos a volver a empezar. Otra vez.
 
Empezamos.

Empecemos.

Para muchos este momento es un punto y aparte, para otros es tan solo un día más. Pero, así como soplamos un deseo al apagar las velas de nuestra tarta, también podemos hacer que este instante en el que los números de nuestros calendarios suman una cifra, marque un antes y un después, no en nuestras realidades, sino en el libro de nuestras ilusiones.
El ajetreo del día a día a veces nos impide hacer balance, así que este es un buen momento para pararnos un segundo, respirar, y pensar en todo lo acontecido. Estoy segura de que lo bueno rellenará más páginas que lo malo, pero esta maldita memoria a veces se empeña en castigarnos con los recuerdos tristes para que no volvamos a cometer los mismos errores... Algo bastante improbable, porque la piedra en el camino está para que tropecemos con ella más de una vez, aunque con los años aprendamos a caer con estilo y la caída sea cada vez menos dolorosa.

Podemos pensar en aquello que hicimos o que no hicimos, y proponernos cambiar o mejorar. Dar un paso adelante, atrevernos a ser diferentes, hablar sin miedos, decir sí, decir no, robar besos, abrazar invisibles, brindar con la tristeza, saltar al vacío, inventar colores, inventar presentes y futuros, inventar los recuerdos de los nuevos días... Y ser perseverantes para alcanzar ese sueño.

Y los sueños terminan por cumplirse.
Creer que es posible es el primer paso para conseguir que esto suceda.

Feliz despedida. Feliz comienzo. 





viernes, 15 de diciembre de 2017

Diciembre

Tiene el mes de diciembre ese aroma...
Celebremos o no los días con los que el año termina, es inevitable que cualquier día de diciembre la melancolía nos sorprenda doblando la próxima esquina. Y su presencia es más evidente con el paso de los años, cuando apretujamos las experiencias de la vida en nuestras mochilas, a veces pesadas, otras ligeras, y entre ellas disimulamos añoranzas y recuerdos, quizá inventados, que nos transportan hasta ese estado de felicidad nostálgica.
La melancolía, dicen.

Tiene el mes de diciembre los cinco sentidos -seis en algunos casos-, concentrados en cada gesto y en cada palabra, frases emborrachadas con la ayuda de los “te acuerdas” y miradas brillantes a diestro y siniestro. Las pieles más afortunadas se templan con el roce de la lana, huele a castañas, a frío y a ayer,  y la alegría se propaga por el aire entre adornos y guirnaldas. Los reencuentros se multiplican en las reuniones que terminan entre las peleas y las carcajadas de las sobremesas endulzadas más de la cuenta. Sillas vacías ocupadas sólo durante esta época, ausencias en los estómagos encogidos, brindis atrevidos e infinitos. Magia en la mirada de los niños y en la de los adultos que los observan. El sonido en bucle de una pandereta, de una melodía sin ritmo alguno y de los mensajes de felicidad escritos para estas fechas. La estrella de Oriente que se acerca, el respeto a las creencias que nos han brindado la oportunidad de compartir su Fiesta.


Diciembre tiene el encanto de los comienzos, la certeza de que la vida seguirá latiendo mañana y que los amaneceres, de momento, regresarán de nuevo. El adiós sin girar la cabeza, la despedida de los días que dolieron, recuerdos enterrados por las lecciones aprendidas, y el optimismo que siente el que renueva sus sueños. Hoy empieza todo, se dicen. Diciembre termina con la llegada del más importante de todos los “primer día del resto de tu vida”. El más cierto de todos.

Para muchos, diciembre no es más que un invento, una estampa idílica que alguien inventó en su beneficio con el único fin de arrastrarnos hasta su Reino y crearnos necesidades e inquietudes. Y la mayoría sucumbimos a su embrujo, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no dejarnos contagiar aunque sólo sea un momento? ¿Por qué no fingir felicidad hasta convencernos? ¿Por qué no dar el esquinazo a los rencores y sus consecuencias? ¿Por qué no aprender a ser mejores personas? 


Y a pesar de los insultos y de las ofensas que recibe antes y después de su regreso, diciembre sigue sin rendirse y seguirá acudiendo a su cita año tras año. Y aquel que quiera su derrota, lo mejor es que se trague el odio y que guarde silencio, que le dé la espalda y que ignore su presencia. Que deje a los felices serlo, sea o no esta una felicidad fingida, porque es la de ellos al fin y al cabo, y nadie murió por ver felices al resto. Salvo la envidia, claro.  

Tiene diciembre la excusa perfecta para rescatar al niño que un día brilló en nuestra mirada y que nos enseñó a ver la magia más allá de la realidad en la que le tocaría crecer mañana. Que ya es hoy.


 

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ni siquiera tú

A algunas personas se les llena la boca de frases hechas, creen saber qué es lo bueno para nosotros  y qué es lo que nunca debemos hacer. Ignoran que nuestra alma no siente como la suya, y que aquello que ellos harían en determinadas situaciones, nosotros jamás nos atreveríamos a hacerlo. Personas que intentan encajar dentro de unos zapatos que no les pertenecen, esforzándose para entrar en ellos, o caminando con torpeza porque les quedan grandes. Ellos no saben nada, no pueden saber lo que ni siquiera tú sabes.


Algunos no se cuestionan el porqué ni el cómo, y viven sin otra ilusión que despertar cada día, respirar y volver a despertar. Otros sienten la falta de aire por culpa de la continua inquietud acerca de su mañana o por la nostalgia de un ayer que ya no volverá. No pensar en nada se convierte en una bendición cuando la cabeza no deja de marearse dando vueltas hasta perder la cordura. Cada uno vive como sabe, como puede o como quiere. Y ni siquiera tú sabes decirme en cuál de estas vidas puedo encajar.
Ni siquiera tú, maldito y venerado espejo. Que me recuerdas las arrugas que soy incapaz de disimular, que reflejas el agotamiento de mi mirada cansada y el brillo de mis ojos emocionados. Ni siquiera tú, que llevas años mirándome cara a cara. Tú que me has visto crecer, madurar dando traspiés, y tomar decisiones con mayor o menor acierto. Ni siquiera tú, que has sido testigo de mis lágrimas y de mis sonrisas, que has escuchado mis reflexiones tan absurdas como  acertadas. Ni siquiera tú puedes afirmar conocerme.
Escucho frases atropelladas de los que dicen saberlo todo de mí, olvidan que para la gran mayoría soy una máscara que dibujé en mi rostro para encajar en sus vidas con naturalidad. Qué sabrán ellos, qué atrevida es la ignorancia… Qué querrán de mí, cuando ni siquiera tú eres capaz de pedirme nada mientras gritas que lo haga todo. Cuando ni siquiera tú, espejo inmortal, eres capaz de mostrarme el reflejo real de mi alma. Tan viva a veces, tan misteriosa otras. Y tan ausente.
Ni siquiera tú sabes qué decir, tú que eres la más honesta de todas las voces que me hablan. Ni siquiera tú.
Dime, espejito mágico, ¿cuál es la más pura de todas mis personalidades?

martes, 7 de noviembre de 2017

La normalidad

Hace unos días compartí mesa y mantel con un grupo de conocidos y, después del segundo vino, y de saltar por encima de los independentistas y de los fachas, uno de los comensales sacó el tema de siempre y empezó a hablar acerca de las relaciones:

-No es normal que una mujer joven se enamore de un hombre mayor, está claro cuál es el interés que tiene ella, afirmó. 

-¿Y el interés que tiene él?, despertó a la guerrera que hay en mí, algo tendrá la mujer joven para que él quiera estar a su lado… ¿y si hablamos de un hombre joven y una mujer mayor?, pregunté entonces, ¿eso es más normal? Ni siquiera meditó su respuesta: 

-Eso es porque el chico joven tiene un trauma o algo.

Me serví otra copa de vino y dejé que se llevaran nuestra conversación con el primer plato, pero, tan pronto nos sirvieron el segundo empezaron a hablar acerca de la maternidad subrogada. Una moda absurda y estúpida, según dijeron. Lo que llevó a otro de los comensales, ¿o era el mismo de antes?, a opinar al respecto, y cito textualmente:

-Me parece fatal que los maricones y las lesbianas adopten

Me puso el capote y entré cual Miura, lo sé: 

-Yo creo que lo importante es que el niño sea querido, repliqué, pero… 

-El niño necesita la figura de un padre y una madre, me interrumpió, vamos a dejar de hacer normales cosas que no lo son

Las respuestas se agolpaban en mi garganta, las imágenes de algunos padres que he conocido a lo largo de los años se sucedían en mi cabeza, de padres que dan lecciones de una moralidad que ni ellos respetan… Depende de la figura del padre y de la madre, contesté sin mencionar ningún caso en concreto, muchas veces ellos son el peor de los ejemplos.
En este aspecto soy yo la que se muestra contundente e inflexible, opino que algunas personas deberían pasar las mismas pruebas que pasan aquellos que están inmersos en un proceso de adopción. Con psicólogo incluido.
Su respuesta a mis réplicas fue de los más interesante: 

-Hija, qué carácter, así no vamos a casarte nunca. 

Me dejó sin palabras. Hay tal cantidad de detalles que analizar en una frase como esta, que necesitaría una novela entera para no dejarme nada en el tintero, por suerte la maestra Woolf ya pensó en ello años atrás. Yo podría haber contestado tantas cosas, podría haber dado tantas explicaciones… pero eso nos habría llevado a otros tópicos que de tan aburridos que me resultan, ni me apeteció ponerlos encima de la mesa ni tampoco me apetece mencionarlos ahora. Hay bucles de los que sólo se escapa con la boca cerrada.



Me salté el postre, pedí café, apreté las mandíbulas hasta escucharlas chirriar e hice lo mismo que hizo el resto: paseé la mirada por el techo en silencio. No es algo que me resulte fácil hacer, no creo que callarse sea siempre la mejor opción, porque lo que no se dice acaba reventándonos en las entrañas. La mayoría de las personas tenemos una opinión, y si no la compartimos delante del resto, la compartiremos detrás de ellos, y bien sabemos que lo que se dice por la espalda suele terminar clavado en nuestra retaguardia. Soy más de hablar, discutir o callar mirando a los ojos. Cada cual con sus defectos. 
La conversación se quedó en mí para terminar aquí escrita y no me inquietó más allá de la puerta del restaurante. Me he hecho una experta en soltar lastre y abandonar en el camino todo lo que no me enseñe a ser mejor, más respetuosa y más tolerante con mi entorno. Y más feliz, por encima de todo.
No soy normal. Lo acepto. Si la normalidad depende de hacer lo que hace la mayoría de la gente, y de encajar en las vidas clonadas, yo no soy normal. De hecho, creo que si me respeto por algo es por ser coherente conmigo misma y no ser lo que no quiero ser. Seguiré discutiendo cuando escuche algo que no me gusta, discutir no es pelear, aunque la vehemencia de mis palabras haga creer lo contrario a los que me rodean. Me gusta el drama, qué le voy a hacer. Aunque reconozco que muchas veces lo mejor es callar y cerrar los ojos cuando me ponen el capote delante, de nada sirve implicarse en conversaciones que acaban desgastándonos sin enseñarnos nada a cambio.

No ser normal es agotador. Una pena que uno no pueda cambiarse cuando le venga en gana. 

martes, 3 de octubre de 2017

El odio

"Ved cuan activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con qué ligereza salva obstáculos,
y qué fácil le resulta saltar sobre su presa."


El odio, Wislawa Szymborska

Pido un aplauso para mí, por favor. 

Y otro para usted… Un aplauso para todos, ¡qué caramba! Aplaudámonos los unos a los otros, un aplauso para todos nosotros que, desde el momento en el que nacemos, ya formamos parte de ese algo que llamamos humanidad. 
Hemos logrado sortear batallas en nombre de un dios, o de varios de ellos; luchado en guerras defendiendo unos colores que nos adjudicaron en un momento determinado; hemos invertido la inteligencia que nos fue regalada en inventar artilugios y razones para destruir al otro, creyendo que eso nos haría mejores, ¡ay, ignorantes! 

Hemos sobrevivido a cruzadas, a exilios y a mandatos de dudosa moralidad. Y después de esto, de cubrir prados y desiertos con la ceniza de los que tuvieron sus amaneceres contados, después de domar a animales y a personas, de nombrarnos amos y señores de lugares que no fueron creados para ser poseídos, sino disfrutados… después de todo, hemos llegado hasta aquí. 

Pero no pido un aplauso para nosotros por esto, no, yo pido un aplauso para el odio, porque hemos sido capaces de llegar hasta aquí, después de tantos siglos, de convivencias repugnantes y de recuerdos convertidos en lecciones que nunca aprendimos, con el odio vivo entre nosotros. 
Felicidades a los humanos inteligentes y racionales, enhorabuena por lograr mantener con vida lo único que podrá acabar con nosotros para siempre. Y ahora descubrimos que aquello que criticamos, aquello que recordamos con un aniversario y un llanto, y que vivieron y sufrieron nuestros ancestros, no dista mucho de la realidad que hoy vivimos… ¿No hemos aprendido nada?
Nos sentimos superiores a los demás porque la suerte nos colocó en este país en lugar de en aquel otro, insultamos y menospreciamos a los que no piensan como nosotros, escupimos al que luce un color de piel diferente y apedreamos a los que no respetan leyes que la cruel mano del hombre acomplejado grabó en piedras inmortales… Pero seguimos odiando. Y pocos se dan cuenta de que la evolución de la especie dejó de ser tal hace muchos calendarios, y ya empezamos a involucionar hace mucho tiempo, cuando después de habernos sido concedidas decenas de oportunidades, decidimos seguir caminando hacia el mismo lugar, y seguir peleando por las mismas razones, ignorando a las almas inocentes que se quedaron en el camino.
Desde este humilde rincón quisiera recordar que todos somos personas. Sois hermanos, amigos de la infancia y conocidos. Sois personas, ¡maldita sea! ¿Qué estáis haciendo? ¿Vale la pena este odio?¿En serio? Mirad a los más pequeños, y decid que esta es la lección que queréis darles. Todo por el ego y el orgullo. El absurdo orgullo y el maldito rencor. Para qué, en serio, para qué... No sois más que las marionetas de los poderosos, ¿no os dais cuenta?
No vale la pena. Lo veréis. Lo veremos todos. Ojalá no sea tarde.

Involucionar:  Dicho de un proceso biológico, político, cultural, económico, etc.retroceder (volver atrás).