miércoles, 14 de junio de 2017

Gente de verdad

Los escritores muchas veces encontramos la inspiración en lo que podría haber sido y no fue. Hurgamos en los momentos que nos fueron arrebatados, en los días en los que fuimos cobardes o, quizás, demasiado valientes. Reinventamos nuestra vida y colocamos a nuestro antojo las marionetas con las que decidimos pasar el rato, convertimos los sueños en realidad fingida y exprimimos ese pudo haber sido hasta quedarnos sin aliento. Por esta razón hay muchos lectores que, al leer lo que otros contamos, ven su historia escrita entre líneas y se llenan de esperanza. Todos tenemos un pudo haber sido, todos, sin excepción, dejamos de hacer algo o nos atrevimos con imprudencia en aquel momento. Todos soñamos ser otra persona en un momento determinado, e incluso nos imaginamos viviendo otra vida, conviviendo con aquellos que no nos eligieron o a los que echamos de nuestro lado. Todos, en algún momento, necesitamos huir de nosotros.

Elegimos cada día. Elegimos cada palabra. Elegimos ser o dejar de ser para alguien. Elegimos ver lo que queremos ver en el espejo, y le susurramos a nuestro reflejo aquello que no somos capaces de gritarle al mundo. Elegimos lo que creemos que es lo mejor, elegimos locura y cordura. Elegimos las historias que dejaremos a medias y elegimos las carreras en las que jamás nos rendiremos. Todos elegimos, todos soñamos lo que pudo haber sido. Todos somos demasiado parecidos... Y tan diferentes.

Poco he aprendido para lo mucho que he vivido, cuestión de prioridades imagino, pero si algo tengo claro es que sólo hay una cosa que nos diferencia a unos de otros, un algo casi invisible para los que no lo pueden apreciar por no entenderlo. La gente de verdad. Eso es. La gente a la que llamamos auténtica, valiente o con personalidad. Las personas honestas y reales. Gente de verdad. Esos que escriben sus ilusiones en el aire con humo, los que no miran atrás por temor a recordar más de la cuenta, los que no se quedan paralizados ante la sorpresa y se dejan arrastrar por el río en el que fluye su vida. Esos, que miran a los ojos y cuya voz apenas tiembla, que se muestran tan seguros que muchos creen que no hacen más que un papel; no es posible que viva la vida así, dicen, sólo porque ellos serían incapaces de tomar las mismas decisiones. Sólo porque ellos no son tan de verdad. La gente de verdad se despoja de etiquetas y de normas, pasa de largo cuando la rutina campa en su puerta y no se acopla al perfil que la sociedad ha dibujado para ellos. La gente de verdad se ríe y llora tanto como cualquier otro, o quizás lo haga un poco más, porque no se puede vivir intensamente sin cabalgar del cielo a los infiernos de cuando en cuando.

La gente de verdad existe, como existe la magia, y las hadas y ese largo etcétera que cada cual llama como quiere. Esos que son de verdad son los responsables de que mucho de lo que sucede, suceda, y de que algunos de los capítulos de nuestra vida se escriban con la tinta imborrable que sobrevivirá a la eternidad. Porque ellos se atreven, y su atrevimiento es tan honesto, que los demás se dejan arrastrar por su fuerza. Aunque sólo sea un instante, aunque sólo sea para saborear lo que sólo imaginaron, lo que podría haber sido si no los hubieran conocido.

Elegimos estar cerca de la gente de verdad, porque vemos en ellos mucho de lo que anhelamos y nos empujan a vivir lo que podría haber sido.

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