domingo, 28 de mayo de 2017

Y Cupido colgó las alas

Hace unos días me quemé el dedo con una tostada. Y dicen que la primera frase de una historia es muy importante, mal empiezo. Sigo. Mientras calmaba el ardor debajo del chorro de agua fría, recordé a mi abuela. Ella siempre quemaba las tostadas. Siempre. Después rascaba con un cuchillo el pan carbonizado y lo untaba con una buena capa de mantequilla, de esa que sabía a mantequilla, ¿la recordáis? Oh, los recuerdos, que aprovechan cualquier señal para sacudir a nuestra nostalgia. Y el olor del pan quemado me ha devuelto a mi abuela. Gracias.

Al día siguiente, con la lección aprendida y la tirita puesta en el dedo, bajé a la panadería que hay debajo de casa. Esperé mi turno con la mirada clavada en los estantes en los que estaban repartidos los diferentes tipos de panes que vendían. Veinte. Los conté. En ese momento una mujer pidió una de la casa, y yo me pregunté ¿de qué casa, señora? ¿De cuál de las veinte casas aquí presentes quiere usted que le sirvan el pan?
Difícil decisión.
De vuelta a mi hogar, mientras mordisqueaba el extremo de mi barra cubierta de semillas, pensaba en lo difícil que es todo hoy en día. Si hubiera una o dos opciones entre las que elegir, nuestra vida sería más fácil. Quiero pan. Veinte tipos. Quiero una serie de televisión. Ahí tienes noventa. Quiero leer. Las treinta novedades de esta semana están sobre esa mesa… Y así con todo. Hasta con el amor, que casualmente es la razón de este escrito. 

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, se puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y con la mascarilla de pepino refrescando nuestro cutis si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Inteligentes? 
Después de este primer paso, procederemos a escoger entre los candidatos, desplazando el dedo por la pantalla, más despacio o más deprisa, y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. A la gente cada vez le preocupa menos ser auténticos, les va más ser lo que se lleva, lo que está de moda, ser muy top, o un crack o algo por el estilo... En fin. Hay mentiras para todos los gustos. 
Pero si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?

Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo, yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se aburrió de mí y colgó las alas. ¡Ahí te dejo sufridora!, me gritó desde su barco velero.


La gente se enamora, sí. Pero sólo por un rato. Unas horas en algunos casos. Y me parece bien, cada cual elige la barra de pan que más le gusta, y la mordisquea como le da la gana, pero qué queréis que os diga, por más que intente cambiar, yo sigo siendo de las de la barra de la casa… Sí, soy esa romántica a la que a veces critican los descreídos o los corazones rotos. Esa que cree en el amor.  De qué planeta me he escapado, pensaréis vosotros ahora. Touché, contesto yo.

Hoy he regresado a la panadería. He comprado una de la casa, y me he ido más feliz que nunca, porque, a pesar de todo lo vivido, sigo creyendo en el amor de la misma manera que creía cuando era una niña, y no necesito modas que me hagan creer lo contrario. Ni semillas, ni centeno, ni olivas negras, ni cebolla… nada que condimente el sabor con el que crecí. Que es el que más me gusta. El mismo que quemaba mi abuela cuando nos hacía tostadas.

¡Ay, la nostalgia!¡Ay, los aromas!

3 comentarios:

  1. Jajajaja
    Qué grande eres.

    ResponderEliminar
  2. Y ¿a que sabe el pan de la casa?, ¿donde lo compraste?.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Al pan de toda la vida... En la panadería de toda la vida.

      Eliminar