martes, 25 de julio de 2017

La misión

Hace un par de sábados quedé a desayunar con una amiga en uno de esos locales de Madrid en los que, nada más entrar, no sabes si pedir un café doble o que te envuelvan la butaca del fondo para regalo. Como no soy influencer no diré el nombre del lugar, no le quiero quitar el trabajo a nadie (¿por qué sale en cursiva?), por mucho intrusismo que haya en nuestros días. Después de leer la carta del menú con un diccionario en mano, para decidir qué semillas y qué raíces eran las más apropiadas para nuestro organismo, nos decidimos por dos zumos que, dicho sea de paso, estaban deliciosos. Verdes, pero deliciosos. Así se lo hice saber al camarero de sonrisa encantadora, quien me confirmó que también era su favorito. Mintió, los hombres no saben mentir con la mirada, pero fue una mentira saludable, como el zumo.
En realidad, para tratar el tema del día, no importan mucho los ingredientes de mi elección, pero como entre renglones casi siempre brindo con vino, hoy he sentido la necesidad de defender mi reputación, y confirmar de paso que se puede estar colocado sin drogas de por medio, y yo soy el mejor ejemplo. Sigan leyendo si no me creen.
           

En un momento dado las vitaminas se me subieron a la cabeza y mi lengua se aceleró-raro en mí, lo sé- las ideas fluían como si se tratara de un discurso memorizado, estaba pletórica. Fue en ese instante, allí, delante de ella, cuando mi último descubrimiento vio la luz por primera vez. Una revelación. El hallazgo de mis días. El secreto de mi alma. La misión de mi vida. Y no exagero.

Le expliqué que, después de haberme pasado una vida echando moneda en la máquina de la felicidad, con la esperanza de que en algún momento saliera el premio gordo, había entendido que el azar poco tiene que ver con nuestro estado de ánimo, sino que más bien se trata de los pasos que damos y de los caminos por los que nos desviamos. Aprender y aceptar. O viceversa. Cada decisión que tomamos nos está llevando al lugar en el que tarde o temprano estaremos. Cada persona tenemos nuestro por qué. Un para qué. 
            Una misión.
            Lo mejor de todo esto es que no os puedo contar nada de la mía. Es secreta. Qué risa, ¿eh? Llegar hasta este párrafo para acabar así... Pero hoy he querido hablaros de esto porque siento que hacerlo forma parte de mi cometido. Veo a muchas personas ordenadas y encajadas en sus perfiles y en sus vidas, ¡bravo por ellas!, pero también he observado a algún que otro disperso, de esos que van cuando quieren venir, y que vienen cuando quieren marcharse. ¿Me explico? El asunto es agotador. Lo sé. Pero como no hay mejor ejemplo que la propia experiencia, aquí vengo yo con mi palabra para oxigenar un poco a los cerebros que puedan necesitarlo.
Seguid caminando. A pesar de todo, a pesar del agotamiento, de las puertas cerradas y de los fanfarrones de medio pelo (cómo os gusta colaros en mis escritos), vosotros seguid caminando. Seguid dejando el rastro de las diminutas cagadas de vuestra vida, así no olvidaréis de dónde venís. No tengáis miedo, no dejéis ningún deseo en el umbral de la puerta, no esperéis a que el tiempo decida siempre por vosotros. Dad pasos en firme, tropezad, y tropezad, y tropezad… Hacedlo, aunque no tengáis clara vuestra meta. No os detengáis y, tan pronto estéis preparados, descubriréis que todo lo que estáis haciendo os está dirigiendo hacia ese lugar. Es algo así como poner la bandera en lo alto de la cima. 
Coronar nuestro propio mundo y conquistar nuestros sueños. 
Entonces, sólo entonces, entenderéis el sentido de vuestra vida y, creáis o no en la magia, vais a alucinar. Con o sin zumo verde.  

PD: Este artículo viene con banda sonora. Disfruten. 

             

4 comentarios:

  1. No sé cuál es tu misión, pero la misión de las revistas es dejarte un hueco en sus revistas. Me encanta cómo lo cuentas Laura. Gracias.

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  2. Tremendo el ritmo que llevas al escribir. Y tremendo final Bravo. JL

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  3. Con esa banda sonora sonando, tu escrito parecía un discurso enardecedor. Por un momento me he emocionado pensando que mi vida, en efecto, tiene sentido (no sé cuál, pero durante unos instantes lo tenía y era grandioso).

    El caso es que, la música y la lectura han terminado y el silencio y la calma han regresado. ¿Qué iba a hacer ahora? ¡Ah, sí! voy a cenar alguna cosita y a ver un nuevo capítulo de mi serie favorita.

    Se acabó la épica y regresó la normalidad.

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    Respuestas
    1. ¡Qué grande eres!
      Lo has entendido a la perfección, eso es justo lo que quería transmitir al escribirlo.
      Gracias.
      Gracias por este ratito que pierdes en leerme y en compartir.
      Feliz cena y mejor capítulo.
      Un beso grande.

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